
A principio de los 80’s, en Caracas, todo el mundo hablaba de La guerra del fin del mundo. En la ciudad a la que fácilmente llegaban novedades de todas partes y las librerías eran, más bien, lugares de encuentro; gente de todas las edades disfrutaban el grueso ejemplar de tapas rojas en los vagones del metro o en parques que servían como lugares de descanso en los que no se exponía la vida.
Yo había leído “La Tía Julia y el escribidor” y “Pantaleón y las visitadoras” sin mayores emociones. De modo que tardé un poco en entrarle a La Guerra del fin del mundo. Cuando finalmente lo hice, me encontré con una novela abundantemente descriptiva, que alojaba un personaje maravilloso: El León de Natuba, uno de esos seres a quienes la literatura otorga vida propia y pone a vivir con uno para toda la vida. A pesar de eso, no sentí que La guerra fuera una gran novela. Entonces, aparté a Vargas Llosa de mis preferencias y me dediqué a explorar otros escritores que me convirtieron en fanático de lo que se escribe en español.
Años después, volví a encontrármelo. Un día, por pura casualidad, en un teatro neoyorquino vi a Norma Aleandro actuando La Señorita de Tacna y, como siempre he pensado que el teatro primero es la palabra, quedé absolutamente prendado de la belleza de aquel texto, actuado magistralmente por la Aleandro. Ese día, tuve una furiosa discusión con mi amigo German Barrios, peruano de toda peruanidad, quien opinaba que mi fascinación se la debía a la actriz y no al escritor. En realidad, fue un fifty-fifty jamás resuelto. La actuación de Norma Aleandro en esa obra, es sencillamente memorable; pero, el texto le brindó todo tipo de recursos para que así fuera. Volví pues a enamorarme de Don Mario y fui a escucharlo en una conferencia patrocinada por La Sociedad de las Américas de New York. Allí, la claridad de sus palabras, la precisión de sus advertencias sobre el incierto futuro del continente y su mundana latinoamericanidad, me recuperaron la admiración al gran escritor, que su novela mas famosa no había logrado despertar. Entonces leí Conversación en la catedral y se me despejaron las dudas. Sin embargo, compartía con mi hermano Jorge Luís, una rara sensación que me llevó a decir varias veces que “a mi Vargas Llosa no me gusta”.
Hoy me conseguí con la noticia de su premio Nóbel, y la verdad es que me alegra más allá del simple paisanismo. Me alegra por el personaje, por las cosas que ha dicho últimamente, por sus posturas políticas y porque, si bien su obra – en mi pobre y antipático juicio – no es del todo homogénea, es nuestra y es buena. Me alegra también porque nos pone de nuevo en el mapa, pero por buenas razones y me alegra (egoísta y frívolamente) porque me encantaría saber lo que opina
Vanessa Davies de eso. Yo creo que son razones suficientes. Hoy, estoy feliz por Don Mario, por lo que le queda por decir y porque será escuchado.