martes, 4 de febrero de 2014

Así se hacen los malos (II) El Hijo de Rosa

Cuando salió preñada, a los 16 años, Rosa probó por vez primera unas galletas colombianas que vendían en la bodega del barrio. Eran unas galleticas redondas, dulces, rellenas con una crema de vainilla, de marca Noel. Venían probablemente de Cúcuta y eran realmente muy baratas. Fueron su perdición, Rosa las comió por quintales durante los nueve meses que duró el segundo de sus embarazos, tanto, que recuerda algunos días en los que no lograba consumir ningún otro alimento. Su mamá, que alcahueteaba ese embarazo sin hombre, así como había alcahueteado el anterior y haría con los dos siguientes, se ocupaba de comprárselas rapiñando al diario algún dinerito que mejor uso habría tenido en verduras. Cuando parió, un enclenque varoncito a buen término, no tuvo ninguna duda a la hora de llamarlo Noel, un nombre que había visto hasta el cansancio en los envoltorios de celofán.  Posiblemente por genética paterna, el niño Noel tomó lo suyo en empezar a dar señales de crecimiento, fue un crio taciturno, más o menos melancólico y bastante malcriado. Pero, disfrutó de todas las atenciones que la pobreza “decente” de Rosa y su mamá, pudieron darle del modo ese más bien rustico que se estila en los barrios.
Morenito, demasiado flaco y tan escurridizo como una anguila, Noel creció escapándose de casa a cada minuto, sin hábitos de ningún tipo y con poquísimo interés en algún tipo de disciplina escolar. A marchas forzadas terminó la escuela primaria logrando, a  fuerza de mucha insistencia, aceptar que lo matricularan en una escuela de pobres en donde no atinó a entender ni la O por lo redondo. Literalmente.
Rosa, entre tanto, parió dos hijos mas, trabajó como una poseída, limpió casas, planchó ropa ajena e hizo todas las labores de las que echa mano la gente que no tiene otro recurso para ganar el sustento. Su mamá hacia otro tanto, el hermano mayor empezó a rebuscarse tan pronto como levantó un metro del suelo y a trancas y barrancas, aquella casa de pobres empezó a capotear necesidades que fueron cubriéndose de cualquier modo, la mayor parte de las veces, malamente. Rosa intentaba poner orden; pero, le ganaba la juventud. Había sido madre cuando en realidad tenía que haberse dedicado a ser mujer, de modo que compartía de la mejor forma que podía las aficiones de una mujer con sangre en las venas, con el intenso trabajo y el cuidado escaso de los hijos. Aun así, todos, a excepción de Noel, creían tener de alguna manera una familia de la que ocuparse. Viéndolo bien, la vida transcurría del único modo que puede transcurrir cuando tiene como escenografía un barrio que no es violento, pero tiene sus mañas.
Al cumplir 17 años, después de repetir por segunda vez el tercer año de bachillerato y obtener las peores calificaciones de la escuela, Noel y su madre decidieron sin mucha reflexión, que lo de los estudios no era para él; así que, conminado por la madre, empezó a hacer trabajos con los que ganaba un dinero que entraba a la casa sin justificaciones inútiles. Un día llegó a casa conduciendo una motocicleta, era el último de una serie de regalos inesperados que Rosa y sus hermanos recibían sin decir una palabra. Ya habían llegado celulares de última generación,  una variedad de aparaticos y hasta una pequeña computadora que la madre no sabía para que usar, junto a electrodomésticos que aparecían como por arte de magia. Cuando Rosa comenzó a darse cuenta, los apremios económicos de antes empezaron a ser menos graves. Demasiado curtida en las cosas del barrio como para no entender los mensajes que llegaban con cada regalito, se acercó tímidamente a explicaciones que nadie estaba dispuesto a darle. Alguna vez increpó a Noel más en tono de advertencia que de reprimenda, preocupada por sus constantes “eso no es cosa suya”, por madrugadas en que Noel no aparecía por casa, por amigos que entraban sin saludar mucho y permanecían escasos minutos encerrados en la habitación y por los cada vez más sagrados escondrijos de los que Noel se valía para guardar cosas que la gente “le empeñaba”. Muchos otros cabos sueltos terminaron por convencerla de que su hijo, a pesar de recordarle siempre el dulzor aquel de las galletas, andaba en malos pasos, entonces decidió enfrentarlo, para su desgracia. Noel tuvo un solo ataque de ira en su vida, pero Rosa no olvidó cada grito ni cada insulto o amenaza que salieron de su boca. Tampoco los billetes que dejó encima de la mesa antes de volverse a ir para la calle, ni el relumbrón de acero brillante de algo que se negó realmente a ver de cerca, porque se le pareció demasiado a una pistola. Esa noche, en medio del llanto convulsivo con el que se quedó sola a la salida del hijo, decidió cuidarlo aunque en ello se le fuera la vida.
Eso ha hecho, por eso Noel celebró su cumpleaños número 20 y a ella le parece que han conjurado algunos males peores. Juntos, como en el principio, Rosa y Noel se han convertido en una llave bastante difícil de vencer.  Todo el barrio lo sabe, la policía también y sólo están esperando que se les ponga a tiro. Cansados de disparos de advertencia que no han logrado ni asustar a Noel o a su madre, en  los últimos tiempos se han tomado en serio lo de ir a por todas; poco les importa - a todos - que en el procedimiento, Rosa deje huérfanos a tres hijos más.

sábado, 1 de febrero de 2014

Porque yo no

En una reciente conversación con una conocida mía, opositora de las que se autodefinen como “radicales” y toman parte activa en cuanta cosa existe con la finalidad de salir-de- esto, me vi en situación de explicar por qué ando por ahí con una flor en la mano, organizando misas y poniendo a la gente a rezar cuando – según ella – un activista como yo, debería estar, poco más o menos, construyendo las barricadas que no sirvieron para proteger la vida de los estudiantes franceses en 1832.
Para comenzar, le aclaré  a esta buena señora, lo último que quiero en esta vida es que me llamen activista. Soy un hombre convencido de la necesidad de cambio por dos razones eminentemente pragmáticas: ni cuando estaba chiquito - que podía darme el lujo - me ha gustado el comunismo y a mí, por ahora, me toca vivir aquí; por lo tanto, no quiero vivir en un país gobernado por una dictadura comunista. Dicho eso, además, me permito aclarar, para mis adentros, que a mi escaso entender, comunismo y democracia no van juntos, por lo tanto un gobierno comunista es siempre un gobierno dictatorial. Y a mí, ni una cosa ni la otra.  De modo que, aunque no soy un activista de nada, me he activado en numerosas ocasiones para intentar – Mahatma Gandhi dixit -  ser parte del cambio que quiero ver. No tengo la menor idea de si lo veré, pero me gustaría pensar que cuando ocurra, Victoria, por mencionar a alguien, podrá decir que su tío ayudo en algo.  Ahora bien, ¿qué es ese algo, que a todos nos está trayendo de cabeza en los últimos días? ¿Salir a tirar piedras? ¿Largar las suelas de mis zapatos y mi capacidad pulmonar en marchas que no llegan a ninguna parte? ¿Atrincherarme en una esquina a esperar que las fuerzas represivas del dictador me peguen un tiro? NO. Rotundamente no. Esa fue la segunda explicación que hube de darle a mi conocida.
Soy de los que sigue pensando que Henrique Capriles es una opción viable. Por ejemplo, soy de los que apoya con alegría sus reuniones con destacados miembros del régimen, incluso sus apretones de mano con el dictador heredero. Cuando la prensa empezó a reseñar tales encuentros sentí que Venezuela tenía, en el liderazgo de Capriles, una salida lenta y segura a la crisis. Por lo menos, que había alguien metiéndose por debajito en las entrañas del monstruo, para empezar poco a poco a debilitarlo. Pensé (Oh iluso de mÍ) que esa estrategia (el arte de hacer política) era el paseíllo de un hombre valiente, que se ha dejado el pellejo en las carreteras y los pueblos de esta tierra. Creía que, con el apoyo del mismo pueblo que lo había vitoreado días antes y el sustento de quienes compartían con él liderazgo opositor, Capriles nos representaba a todos cuando, armado de un mensaje de paz, conversaba con “las autoridades”.  Tuiter me convenció de lo contrario. Es decir, Tuiter me convenció de que el único venezolano que mantiene esa teoría, parezco ser yo y de verdad que volví una vez más a sentirme en la acera del frente, solo y bruto: no entendí, ni entonces ni ahora, por qué, de pronto, a los mismos venezolanos que consideraban a Henrique Capriles un Mesías les había dado por considerarlo un blanco de desprestigios varios. Mucho menos entendí lo que percibo como un abandono innecesario y dañino. Pero, entonces recordé que estamos en Venezuela, que esta situación es inédita, única e irrepetible y que de este gentilicio, amigo de hacer colas, tocar corneta y orinar en la calle, cabe esperar cualquier cosa. Incluso la destrucción de sus líderes.
Por eso, más o menos, no voy a salir mañana a la calle. Respeto muchísimo a quien decida hacerlo y espero que mucha gente lo haga. Si algo se necesita es que esas iniciativas tengan éxito, aunque sea para crearle una roncha a Alí Babá, pero creo que se trata – en general – de una estrategia equivocada en un un momento equivocado.  No soy de los que creo que estemos ni a las puertas, ni en las cercanías de un momento de transición política (al contrario, a mi me parece que este gobierno a pesar de sus errores incalificables, está cada día mas atornillado en el poder, pero esa es otra historia) creo, eso sí, que esa transición que clamamos a gritos, podría empezar a estructurarse desde un dialogo que aunque comience siendo de sordos, tendrá forma si se convierte en aguacerito blanco.
¿Es necesario alternarlo con acciones de calle? Quizás sí. Pasa que a mí me parece que en las calles de este país hay demasiado caos como para insistir en caotizarlo más y pasa, desgraciadamente, que el nuestro es un pedazo de pueblo muy refistolero al que igual le da por armar la marimorena, para justificar una matazón y un sangrero. Realmente, yo quisiera no estar aquí el día que eso pase. Mis recuerdos del 27 de febrero son sumamente dolorosos como para querer repetirlos.
Creo que ni a mi conocida, ni a nadie,  le interesa que yo salga o no mañana;  si escribo esto es porque algunas cosas me escuecen cuando me las callo. No sé porque me parece que el radicalismo de algunos líderes de oposición busca medrar en rio revuelto y no entiendo la urgencia que los venezolanos tienen en repetir una Ucrania, súbitamente admirada, a 38 grados de calor a la sombra y con un ejército de represores que tiene más de 50 años entrenándose para las más crueles exhibiciones de desprecio al otro. Pero, respeto a quien lo haga y le deseo suerte.  Yo creo que las cosas deben ir por otros derroteros y aunque ir a misa y dejar una flor olvidada en la calle, es casi un acto de cursilería, sigue siendo una forma de evitar que el caos termine de ser la única escenografía de la patria.
Posiblemente, lo que no termino de entender yo es que Venezuela no se merece, entre otras cosas, a un hombre de la estatura de Henrique Capriles Radonsky.

lunes, 27 de enero de 2014

Así se hacen los malos (I) / Yuli - Ana

Yuli – Ana (ellos insisten en escribirlo así, con guion intermedio, Dios sabe por qué) llegó al colegio con el año escolar. Venia de otro en el que perdió tanto el año de estudios como la posibilidad de ser considerada, de algún modo, persona decente: si algo exhibía su expediente de promoción era faltas de todo tipo a lo que los educadores se empeñan en llamar “buena conducta”.  Al lado de eso el prontuario no escrito, contado en detalle por la funcionaria de la LOPPNA que nos endilgó la joya: Una mamá que hace rato decidió no ocuparse más, harta de cualquier intento de humanización del personaje, un papá que acogió el bulto cumpliendo las amenazas proferidas desde el primer día y un entorno social, que ni de social ni de entorno tiene otra cosa que ofrecerle a Yuli-Ana que noches moneando poste.
Tiene 15 años de edad y un guion intermedio por todo currículo. Tiene mala fama, mal carácter y enorme desinterés. Tiene lo suyo vivido y aspecto de  no atreverse ni a rayar un plato (mucho menos a quebrarlo) tal vez, algún día, la maldad se le lee en los ojos, pero no tanto. Eso sí: no hace caso de consejos ni acepta reprimendas de nadie. De alguna manera se las ha arreglado para reinar en los  patios y el recreo, a fuerza de atreverse a llegar un poco más lejos de lo que otros llegan: Yuli-Ana cumple sus amenazas; por eso, a estas alturas tiene un boletín de calificaciones en el que no cabe un cero más y un equipo de profesores completamente cansados de tener que repetir su nombre en vano. También tiene una tía, que se ha hecho responsable de no se sabe qué y en la última gran crisis resolvió dar la cara. Por desgracia.
La última gran crisis fue un poco más de lo mismo. Finalizando el 2013, el regalo que Yuli-Ana decidió darle a algunos de sus profesores mando algunos automóviles al taller de latonería. En el ínterin, desaparecieron unos cuantos celulares,  algún par de bolsos, otras cosas sin importancia (para ella) y aparecieron, demasiado cerca de su mala fama, un par de bolsitas de esas que contienen un polvo blanco, llamado por policías de la tele “presunta cocaína” y por la gente de estos lares, todavía, perico, a secas. (Cambiando de manos y plata en el medio para más inri). De gota que colmó el vaso tuvimos bastante sin duda alguna. Por eso la sanción y el revuelo, por eso el chisme en los pasillos, por eso la suspensión y la gran rabieta del papá, expresada vía mensaje de texto con un escueto “a mí no me llamen más nunca y esa que se prepare que lo que va es a llevar coñazo”
No sabemos si los llevó. Sabemos que vino, del brazo de la tía, a exigir explicaciones la tía. Y entonces allí empezamos a perder la esperanza para el guion intermedio de la niña: La tía es funcionaria (de camisa roja y gorra con banderita, roja también) de una prefectura cercana. A medio camino entre “señora de mantenimiento” y “autoridad civil” la tía tiene - y ejerce - un puesto remunerado  en una instancia roja de poder popular.  A la tía, el prontuario de la joven la tiene completamente sin cuidado porque, para empezar, lo considera mentira (a pesar de las evidencias) y ella no tiene idea lo que va a hacer la niña en su casa en caso de ser expulsada, aunque sea por tres días, que la ley no da para más. A eso vinieron, las dos y una tercera – funcionaria también – listas para pedir tantos ojos tuertos como garanticen el final del año escolar de la señorita en problemas (permítaseme aclarar que lo de señorita lo digo por aquello del respeto, pues si acudimos al uso antiguo de la palabra….Dios mío!!) y para pedirlos, en pleno uso del poder que les confieren las leyes de la republica bolivariana a ellos: Con amenazas veladas, con una que otra ironía antioligarca, con su poquito de ustedes allá en su disciplina y nosotros aquí en el poder.
Total, que fue necesario mucho temple: Yuli-Ana fue honrosamente suspendida de todos modos (que a ella eso plim y a la madama dulce de coco) y la tía salió jurando que de esa afrenta habrán de enterarse hasta en las alturas mismas del poder omnímodo.
No terminó allí: a la afrenta recibida por la tía, la acompañante de la tía y la niña suspendida en pleno estado de gracia, siguió una especie de Juicio que, olvídate de Nuremberg. Una reunión bizarra en la que el padre (si, se dejó de SMS y apareció con el rabo entre las piernas) terminó declarándose avergonzado, redobló la amenaza y escondió el rubor producido por el mal rato; pero, se negó a sustituir a la tía como responsable de no se sabe qué y mucho menos acepto ir mas allá de un par de coñazos que, aunque no se atrevió a dárselos frente a la distinguida audiencia, sospechamos Yuli-Ana los recibió de todos modos.  La tía, mientras tanto, amenazó con llevarse a la niña para otra escuela, porque total, escuelas es lo que sobran y amenazó también, que para eso ella es perfecta, con no volver nunca más a permitir que a su sobrina la ninguneen. Unos días después (como en subtitulo de película) supimos que Yuli-Ana, el guion intermedio y todo lo raro que la acompaña, se fueron a vivir con la tía quien a su vez la sacó de la escuela y dictaminó que ya está bueno de estudios.
Yuli-Ana su guión intermedio y el resto de cosas raras que la acompañan, se ha quedado en el medio mismo de la nada y con una tía enchufada en el poder popular, que  no la cree capaz sino de rezos y sollozos. No nos extrañaría para nada que la próxima vez, el nombre de la niña esté puesto en Frontera y allí, con toda seguridad, no habrá guion intermedio ni portadillas.

miércoles, 15 de enero de 2014

Ojos que así nos ven

Los que vivimos solos conocemos la importancia que tiene un buen televisor en nuestras vidas.  Una inmensa  mayoría de las personas que viven solas, tienen un televisor en su dormitorio al que encienden tan pronto Dios echa la luz del día. Lo hacemos para tener alguna bulla que nos reduzca el ruido de la soledad y nos sirve, por retruque, para mantenernos informados. Por alguna razón que bien merece un estudio más profundo, los solitarios del televisor encendido, solemos conectarnos con programas de noticias, internacionales. No podemos -  ni aunque quisiéramos - conectarnos con noticieros locales, porque la mayoría se alimentan de la “política informativa” que se diseña “allá arriba”.
Los noticieros internacionales, en cambio, obedecen a las “políticas informativas” de sus accionistas y eso, que no es ni mejor ni peor, sirve para que uno se entere, con bastante cercanía a la realidad, de lo que estos deciden contar. Si uno es medianamente inteligente, le pone el cariz que a uno le provoca y hace que el asunto parezca información independiente. Santas pascuas.  De vez en cuando, sin embargo, se escuchan cosas que lo dejan a uno sin nada que poner, pues siempre hay alguien dispuesto a decir sin cortapisas, cómo ve el resto del mundo, esto-que-nos-está-pasando a nosotros, los venezolanos que estamos dentro.
Por ejemplo, el canal internacional de Televisión Española, día a día, se dedica con ahínco a hablar de los deseos independentistas de ciertos políticos catalanes que, capitaneados por el intransigente Artur Mas, mueren por sonarle dos trompetillas a Juan Carlos I en su nariz borbónica y votar tierrita. Es un debate de lo más interesante, del que tengo una opinión que, como a nadie interesa, no voy a explicar ahorita; lo menciono porque, hace unos días, ese debate,  le dio la oportunidad a una famosa diputada catalana de pegarnos tremendo cachetadon con la mano abierta. Estaba el parliament catalá hablando del plebiscito que quiere convocar Artur Mas para decidir si se separan de España y la cosa se puso, como siempre que hablan del tema, de lo más candente.  En medio de la fuerte discusión (que se hablan golpeado y se tuercen los ojos como el que más, pero nadie le pega a nadie, todavía) una diputada muy María Corina ella, de esas que hablan alto y ocupan espacios propios en la prensa nacional (de ellos) se levantó bravísima, con ganas de decirle cuatro cosas a Mas y terminó diciéndonoslas a nosotros – que no tenemos vela en ese entierro – Dijo la diputada (y subtitularon ellos, para vergüenza nuestra)
-          Señor presidente, esa consulta no se va a realizar, puedo asegurárselo. Esto no es Venezuela. Aquí hay un estado de derecho….
Y aplaudieron jubilosos tanto los de su bancada, como otros que a veces se las dan de independentistas…
Unos días después, me enganché en Caracol Internacional con el programa Polos Opuestos,  el que conduce Nohemí Sanín (si, la ex – candidata que anduvo de embajadora en Caracas cuando a uno lo invitaban a saraos diplomáticos) porque estaban discutiendo, ella y dos analistas de renombre, la posible destitución del alcalde socialista de Bogotá Gustavo Petro. Esa destitución, que a mí me parece peligrosísima para los pobres cachacos, puede que suceda legalmente en los próximos días; sobre eso conversaba este trío. De pronto, uno de los tres opinadores, soltó la siguiente prenda:
-          Algunos creen que la destitución de Petro podría servir para la aparición de un mesianismo político parecido al Chavismo y eso es lo que yo quiero advertir como riesgo fundamental, porque, lo peor que podría sucederle a Colombia, en este momento, seria  montarse en algo que remotamente se parezca a Venezuela.
No quedo allí; Noemí, tan paisa y tan querida, replicó casi como mantra de conjura,
-          Ah no, eso sí que no, ni lo quiera Dios…Venezuela jamás….
Y las risas de los tres, me golpearon en el medio del pecho.
No habían pasado dos días cuando un programa de chismes de farándula que transmite Azteca Televisión, comentaba los detalles del horrible asesinato de Mónica Spears. Informados hasta de la menor incidencia del espantoso delito, la guapa presentadora (con la que alguna vez compartí un café en Houston) lamentaba el suceso con aflicción verdadera – como todo el mundo – cuando fue interrumpida por  uno de sus compañeros, famoso por deslenguado  y frentero. El señor, que no es santo de mi devoción, abrió la boca para soltar esta lindura:
-          Oye, pero es que….no, qué barbaridad,  ¿qué le está pasando a los venezolanos? No manches…es que ese país se ha convertido en una guarida de delincuentes. Sales nomás a la calle y ahí, enseguida te atracan y te matan…no guey…es que no se puede ir allá ni de chiste…
Y sus compañeros, (comunicadores de prestigio y altos ratings)  unieron sus voces para validar un comentario que, desafortunadamente, tiene mucho de cierto, aunque suene horrible en mexicano.
Las tres veces pulsé el botón change de mi control remoto. Las tres veces se me instaló en el corazón un sabor amargo de cosa perdida, magnificado por el poder de la pantallita de marras. Sin nacionalismos de esos que yo no práctico: sentí una vergüenza pavorosa de pasaporte y bolivariano abatimiento. Una cosa horrible que paraliza argumentos y ganas de pelea. Una mala fama que, mejor dicho, no sirve ni para acostarse sobre ella, ni para salir corriendo.
Así es que nos ven, allá afuera.

domingo, 12 de enero de 2014

El 12 a las 12, asi fue...

Tengo que empezar por decir que me sorprendieron varias cosas: la primera, la puntualidad; graneaditas, las personas empezaron a llegar a la Plaza El Llano cuando faltaban 20 minutos para las 12, de modo que faltando 5 minutos para la hora acordada, ya habíamos logrado reunir un grupo que rondaba las 75 personas.  Suficiente gente para proponer comenzar a la hora exacta que habíamos fijado.  Esos últimos 5 minutos, debo admitir, fueron un poco frenéticos; yo quería tener una gran asistencia y eso no se logró hasta pasados esos últimos 5 minutos.  En cambote comenzó a entrar gente que venia de todas las esquinas de Mérida, todos con una o varias flores en las manos y, la mayoría, rigurosamente trajeados de negro. Personas de todas las edades y orígenes a muchos de los cuales no había visto jamás. Con ellos, los amigos de siempre y los que no dejan de ir a nada que sean convocados. La asistencia de, al menos, 200 personas fue la siguiente sorpresa maravillosa.
Tras una brevísima explicación que sentí necesario hacer para dejar muy claro que no se trataba de un acto proselitista (aunque si de un acto político, pero eso no lo dije) caminamos hasta el medio de la plaza;  fue como llegar a Mérida, la de toda la vida. La Plaza de El Llano es una de las plazas más antiguas de la ciudad, desde hace algún tiempo es como el centro alternativo y  es, además, el porche de una de las iglesias mas lindas que hay en Mérida: La Iglesia de San Miguel De El Llano (en realidad es la Iglesia de San Miguel Arcángel, pero nadie le dice así) sin duda, es una de los más bonitos espacios públicos de esta ciudad vapuleada por la ausencia de lugares para la amabilidad entre vecinos. Entonces, sucedió la magia: nos tomamos de la mano, encandilados por el sol de la Sierra, dedicando lo mejor de nuestra energía a recordar a los caídos y entender que,  desgraciadamente, estamos enfrentando una guerra cruel y sangrienta a la que hemos decidido desafiar entregándole flores a las balas.  Un poco después el espacio central de la plaza estaba cubierto por rosas, hierberas, claveles, crisantemos, calas y un largo etcétera de flores que tenían tanto un mensaje especial como, en todos los casos, un  nombre y un apellido que no han salido en la prensa.
Al romper el círculo, después de una oración que nos une a todos y fue tan espontanea como nuestra presencia allí, nos saludamos con abrazos que no buscaban disimular ojos anegados en lagrimas que no dejamos salir. Sentí que habíamos hecho del dolor, un altavoz silente. Nuestras manos levantadas dijeron lo que tenían que decir, sellaron un compromiso para futuros encuentros y emprendieron el camino hacia la paz.
Nos quitaremos el luto cuando logremos hacer que la vida le gane a la muerte.
 

viernes, 10 de enero de 2014

El 12 a las 12, una flor por cada muerto...

El país está conmocionado por los terribles crímenes que suceden día tras día, arrebatando la vida de personas que tienen mucho que ofrecer a la sociedad. Quizás la última cara de esta escalada de violencia es la de Monica Spears, una persona famosa, símbolo de aquello que a los venezolanos más enorgullece. El certamen de Miss Venezuela, un crimen que en otras lecturas podría interpretarse como una herida profunda en lo más duro de la venezolanidad. Si una miss o  un beisbolista estrella no están a salvo, quizás quiera decir que nadie está  a salvo, vista del color que vista -  si queremos hacer una rápida  y simple interpretación de lo que significa – Lo más lamentable, no obstante, es admitir que el asesinato de Miss Venezuela 2004 no es, ni por asomo, el peor de los crímenes que nos golpean: En las últimas horas, en Venezuela han asesinado por lo menos a 20 personas de los más variados orígenes, sin más razones que el odio que produce saberlos poseedores de algo que un delincuente devenido en bestia, quiere tener sin dilaciones. Profesores universitarios, amas de casa, comerciantes, estudiantes, taxistas, secretarias o albañiles, engrosan las penosas listas de paisanos que terminan su vida en las morgues del país, seguramente mucho antes del día de su destino.
Quejarse sin hacer algo efectivo, llenar las redes sociales de lamentaciones estériles o guardarnos la frustración que tanto dolor acarrea, no aportará soluciones. Elevar nuestras voces y nuestras presencias dolientes hasta donde sean escuchadas, posiblemente sí. Una propuesta ha surgido, de entre muchas, que nos parece perfecta para expresar lo que sentimos; viene de la actriz Manuelita Zelwer y esperamos sea replicada en todo el país. Se trata de un momento de luto activo, de la siguiente manera:
Reunámonos este domingo 12 de enero a las 12 del mediodía en la Plaza de El Llano, (Mérida) Hagámoslo en silencio, vestidos de negro y cada uno de nosotros lleve una flor – la que desee llevar, del color o tipo que desee – una flor por cada uno de los muertos de estos 15 años de sin sentido. Nos encontraremos en la Plaza, estaremos allí por espacio de una media hora, en silencio, sin carteles, sin consignas, sin discursos políticos. Nuestra presencia vestidos de negro y nuestra flor. Haremos una reflexión íntima y profunda, tal vez una oración y dejaremos nuestra flor en la plaza.
Algo tendrá que salir de allí.
Contamos contigo y con tu flor
El país que quieres tener, la sociedad en la que quieres vivir, depende de lo que hagas por ella. Ese país que sueñas, agradecerá tu esfuerzo.
Nos vemos el domingo 12 a las 12 en la plaza de El Llano.

miércoles, 8 de enero de 2014

¿Nadie se muere la víspera?

En la madrugada del domingo 05 de enero “Chocolate” estaba ocupándose de ultimar los detalles de cierre de la discoteca en la que trabajaba como agente de seguridad. Había sido una noche relativamente tranquila, poco usual de estas primeras noches de año nuevo; para Chocolate, sin embargo, no era otra cosa más que una de las muchas noches de su “reinado” sobre la rumba merideña. Héctor Moreno González, un moreno buenmozo al que todos llamaban Chocolate tanto por el color de su piel como por su apetecible buen ver, era uno de los personajes más queridos de la noche merideña; desde la puerta de ese antro estudiantil en el que completaba los quinces y últimos, mandaba y ordenaba sobre la calma que le gustaba imponer tanto en el antro como en la calle y más allá. Era su costumbre aguardar a que todos sus compañeros de trabajo terminaran la faena y asegurarse que salían tranquilos y bien cuidados al finalizar la jornada de fin de semana. En eso estaba la madrugada del domingo, cuando llegaron dos chamos en una moto con la intención de terminar la noche allí mismo. Con el carácter que le distinguía, Chocolate les informo que el bar estaba cerrado ya, les aconsejo irse a dormir la mona y dio vuelta para atender el llamado de uno de los bar tender. Fue su último movimiento. Dos balas tan llenas de odio como de pólvora, dejaron al negro tendido en el piso del bar. Tenía 39 años, estudiaba estadística en la ULA y era miembro de más de una organización estudiantil. Por definición, era un tipo bien chévere...
Una hora más tarde, a la salida de una fiesta en un local del centro de la ciudad, Armando  Lobo intentó negociar, con un mototaxista, el precio de una “carrerita” hasta su casa en Santa Rosa. Faltaba poco para que la madrugada helada del enero merideño diera lugar a las primeras luces del día. Armando, el mototaxista y todos los que andaban por ahí cerca, estaban un poco pasados de tragos, aunque se mantenían en pie y podían hilvanar - sin mayor esfuerzo - alguna conversación plagada de modismos y palabras incomprensibles. Alguien le pidió un cigarrillo, Armando se negó y probablemente le dijo algún par de palabrotas. Segundos después, delante de todo el que salía de la fiesta, Armando caía, abatido por tres balazos que salieron de las manos del motorizado al que él no quiso regalarle un cigarro.  Está vivo, pero, esa vida no es apuesta segura para nadie. Si sale de esta, que no es probable, no podrá volver a mover un musculo de su cuerpo. Tiene 21 años, una hija de seis meses a la que adora, una esposa de 19 que empezaba a andar con él un camino cercano a la felicidad y una carrera truncada de técnico superior en Diseño Gráfico…
Anoche, en un evento del que nadie da mayores detalles, un grupo de delincuentes detenidos en el reten Policial de Mérida, a la espera de penas mayores o reubicación carcelaria, estallaron dos granadas que les permitió escapar de sus castigos. En la carrera, un taxista de quien se conocen muy pocos detalles resultó seriamente herido. En medio de la lluvia pertinaz, la ciudad vivió una de las primeras noches de disturbios del 2014. Los delincuentes fugados amanecieron hoy en libertad. Los Merideños, un poco más preocupados por su seguridad personal…
Esta mañana, en medio del estupor más grande, la noticia nos ha dejado sin habla: Mónica Spears, Miss Venezuela 2004, actriz de telenovelas  y modelo de cierta fama, su esposo y su hija de 5 años de edad, fueron asaltados en una autopista del centro del país mientras aguardaban la llegada de una grúa que les ayudara a llegar a destino, truncado por una avería mecánica cuando regresaban de sus vacaciones navideñas. Mónica y su marido fueron asesinados en el asalto. Su hija, herida, llorando junto a los cadáveres de sus padres, fue encontrada por un conductor que transitaba la autopista, un par de horas después. El país virtual, el único que transmite algunas noticias bastante cercanas a la realidad, ardió en el dolor de  la muerte absurda de alguien con nombre, apellido, fama y una vida de prosperidad rutilante por delante...
Alguien dijo que la suya era la cara de los 25 mil venezolanos fallecidos en 2013 a manos del hampa desbordada. Yo creo que no. La bulla que ha hecho el vil asesinato de Mónica Spears y su marido en todo el país, la que ha levantado el crimen de Chocolate en la comunidad universitaria de Mérida, el dolor que, a una familia recién formada, le ha causado los tiros que recibió Armando y la angustia que a los merideños ocasiona saber que una manada de forajidos está en libertad por decisión propia, no es otra cosa que la muestra más dolorosa de una renuncia: la del gobierno a su responsabilidad cívica más importante. Han fallado en brindarnos a todos  la seguridad de saber que regresaremos vivos a casa y eso, aunque hayan algunos que quieran negarlo, es un asunto político. Ellos fallaron en su encomienda más importante. Lamentablemente, somos nosotros los que, por ahora, nos vamos ateniendo a las consecuencias. Vamos a ver hasta cuándo.

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