miércoles, 5 de agosto de 2015

Ni tanto que quemen al santo...

 
In my village in Zimbabwe, surrounded by wildlife conservation areas, no lion has ever been beloved, or granted an affectionate nickname. They are objects of terror.
Goodwell Nzou (Zimbabwe) is a doctoral student in molecular and cellular biosciences at Wake Forest University.

Mi casa de Houston estaba ubicada en un tranquilo – césped manicureado – conjunto residencial cerrado, compuesto por unos 40 townhomes en los que habitaban, principalmente, parejas jóvenes empezando su andadura por la vida. Aunque nunca los conocí íntimamente (cercanamente o de ninguna forma, tampoco) mis vecinos eran la más variada representación de eso que se llama la clase media norteamericana: un par de buenos automóviles en sus garajes, una decente hipoteca en sus bancos, una casa tranquilita y bien montada, uno o dos niños en edad casi escolar (rubiecitos y lindos como salidos de aquella canción de Rubén Blades) y una señora mexicana que llegaba en las mañanas a ocuparse de mantener la mesa en su santo lugar, y se iba en la tardecita con la satisfacción en el rostro de algunos pesos en el bolsillo. Sus vidas, la de mis vecinos, transcurrían plácidamente puertas adentro, en una ciudad demasiado caliente para que sea de otro modo y, si acaso, un leve ladrido de mascotas bien entrenadas era todo lo que interrumpía ese idílico paraíso en el que estaban prohibidas un montón de actividades perturbadoras de la paz vecinal.
Mi hora de comenzar el día solía ser un poco más tarde que el resto de la humanidad, por lo que paseaba las calles de mi urbanización, la mayoría de las veces, un rato después que los abnegados madres y padres del barrio lo hacían. Día tras día, mi primera impresión de las mañanas, me la daba un grupo parlanchín y simpático de Lupitas caminando bajo ese solazo inclemente de Houston al mando de cochecitos infantiles – último modelo – en el que retozaban fascinados los rubiecitos que les dejaban a cargo. Formaban un grupo muy divertido que hablaban un delicioso spanglish y saludaban con alborozo el paso de mi automóvil. A mi regreso, casi siempre cerca de las 6 o 7 de la tarde, ese panorama de Lupitas, se transformaba en Kathleens and Marys, aun trajeadas de oficina (no hay nada más feo que un taller del rack de remates de Saks Fifth Avenue combinado con sneakers, por cierto) corriendo con idéntico alborozo tras TODO el muestrario de la existencia canina de este mundo, a los que limpiaban sus desperdicios, enseñaban lo poco que puede enseñárseles y carantoñeaban con alegrías dignas de mejor causa. Los rubiecitos divinos, perfectamente alimentados y atendidos por Lupita y sus tamales, nunca formaban parte de ese panorama. Seguramente ya habían recibido su dosis de amor maternal y estaban adentro (como debe ser) lo que pasa es que poquísimas veces los vi en otras manos que no fueran las de su Lupita de turno.
Un día, mi vecindario se estremeció por una tragedia pavorosa. Una de las Lupitas, una que yo había comenzado a “cortejar” para que me incluyera en su lista de compradores de tamales de elote (los hacia exquisitos) dejó la puerta de servicio abierta, permitiendo el escape a toda carrera de Cookie, una Pomerania espantosamente escandalosa que vivía en mi lado de la calle. La desgracia hizo que Cookie se tropezara de frente con un automovilista foráneo que pasaba por el camino y resultara tan mal herida, que fue necesario ponerla a dormir. Creo que esa fue la única vez que vi a mis vecinos congregarse en las áreas comunes del complejo residencial. Su objetivo: responsabilizar a Lupita (me permito aclarar que no es un nombre ficticio, Lupita se llama Lupita) de la absurda muerte de Cookie. Desde mi porche los vi increparla, amenazarla e incluso llegué a escuchar a una china insoportable que vivía a mi lado, sugerir que llamaran a “la migra” para dar cabida al consabido argumento de que seguramente Lupita era ilegal. La muerte accidental de Cookie, dio al traste - a gritos comunitarios - con el trabajo, las referencias y la esperanza de futuro mejor de la mujer mexicana que daba la vida por el niño parido por la “mamá” de Cookie.
Han pasado algunos años de ese día que no he podido olvidar. He vivido incidentes parecidos ante los que levanto una ceja tolerante; hasta que al Doctor Walter Palmer, se le ocurre, en ejercicio legitimo de su derecho a tener mucha plata bien ganada, gastarse 50 mil dólares en irse de cacería a Zimbabwe y tropezarse, para su desgracia, con un león (posiblemente) protegido por la Universidad de Oxford al que le metió un par de plomazos para después posar orgulloso frente a su trofeo de caza (igualito como William Phelps posa junto a sus medallas de natación) Pobrecito imbécil, ese gesto egocéntrico de macho rico, le costó su vida. Si en este momento hay un hombre odiado en Norteamérica, ninguno lo es más que Dr. Palmer. Ninguno,  y eso que imbéciles los hay de todo tipo y alguno podría incluso sentarse a imbecilizar la misma silla que cubrió de gloria a Abraham Lincoln.  La foto de Dr. Palmer al lado del león, le ha dado la vuelta al mundo varias veces disparando tales arranques de odio, que el pobre hombre ha tenido que cerrar su consulta odontológica y desaparecer de la vista pública. Supongo que en este momento, ser hijo o hermano de Walter Palmer es la peor cosa que puede sucederle a norteamericano alguno.
Entre tanto, en Zimbabwe, el 39% de los niños que tienen la suerte de nacer sanos mueren porque no tienen alimento que llevarse a la boca. En Zimbabwe, con frecuencia, un adolescente que logra sobrevivir a su hambruna, muere convertido en alimento de leones. En Zimbabwe, un ciudadano normal vive con menos de 150 dólares al mes. En Zimbabwe un dictador horroroso llamado Robert Mugabe, amasa una fortuna personal que sobrepasa los 150 millones de dólares y ejerce la más sangrienta represión que se conozca, mientras celebra - asando elefantes bebé – banquetes a todo trapo para cantarse las mañanitas.  En Zimbabwe, como bien lo escribe Goodwell Nzou en el New YorkTimes, la vida es extraordinariamente difícil y un león es objeto de terror.
Eso no quiere decir que haya que exterminarlos todos, como seguramente algún destemplado pensará que estoy sugiriendo, tampoco quiere decir que haya que darle rueda libre a los placeres mediáticos de los millonarios cazadores norteamericanos (o de cualquier nacionalidad) que pagan cifras astronómicas por dispararle tanto a leones como a jirafas y/o pequeños animales herbívoros. No. Después de todo, cazar es un acto violento que no tiene mayor recompensa que el ego inflamado del que dispara; pero, ni tanto que quemen el santo, ni tanto que no lo alumbren. Si van a arruinarle la vida a Walter Palmer por haber matado un león cuyo estrellato existía solo en la vida de un puñado de norteamericanos desocupados, hagan el mismo escándalo para ver si ponemos un freno, entre todos, al hambre terrible que padecen los niños de Zimbabwe y de una buena parte de África.
Yo se que una vida es una vida y vale mucho. Pero la de Goodwell Nzou, por ejemplo, un estudiante Zimbabwense de doctorado en la Universidad de Wake Forest, que perdió su pierna por la mordedura de una serpiente cuando era pobre y jovencito en su villa natal africana, (una serpiente, reino animal, como Cecil) quizá sea un poquito más vida que la de una manada de leones africanos y de eso, nadie ha dicho nada. Perdon, sí:  Jimmy Kimmel (hablando de imbéciles) pidió en su show de TV que se haga una donación al Wildlife Conservation Research Unit de la Universidad de Oxford, en Norteamérica for God´s sake!!
Lamentamos mucho la muerte de Cecil, está bien lo entiendo; pero me hubiera gustado más que cada tweet incendiario pidiendo la cabeza de Dr. Palmer estuviese acompañado de mil, pidiendo la de Mugabe y que, los niños de Zimbabwe, victimas de horrores mucho más graves que un cazador furtivo, recibieran la misma atención que el dentista; pero, ni modo, ellos no tienen la “suerte” de mis preciosos rubiecitos de Houston y sus amadas Lupitas, ni mamás que se ven divinas recogiendo la caca de sus perros en los jardines de sus casas clase media…

viernes, 24 de julio de 2015

Burda de panas....

Hace rato que vengo mirando con especial deleite la “regularización” de las relaciones entre el horrible-colonialista-traidor-gusano-imperio-norteamericano y el sufrido-pueblo-cubano-que-tantas-penurias-padece. A medida que han ido emergiendo noticias, me he dedicado con celo a escudriñar detalles de este acercamiento, al que estudiosos con mayores herramientas – y mas inteligencia – han dado todo tipo de explicaciones volteándolo al derecho y al revés en todos sus ángulos. Ni duda cabe de que es un hecho histórico: dos países vecinos, que se empeñaron en mantener un enconado enfrentamiento desigual, parecen estar dispuestos a enterrar sus hachas, no en el lomo de cada uno, como se pensó siempre que sucedería sino en el lomo de algunos de sus aliados para poder comenzar a bailar, tomaditos de la mano, unas cuantas alegrías.
Estuve en La Habana, por aquello de que hay realidades que uno tiene que vivir antes de que cambien (o antes de que sea demasiado tarde en la vida de uno) hace unos cuatro años. El cuento de ese viaje y todo lo que significó en mi vida, está contado en este mismo blog con bastante detalle. Fue un viaje lleno de sentimientos – y de sentimentalidad – en el que, entre otras cosas, me di perfecta cuenta de la perversidad inútil de un régimen que solo ha servido para arruinarle la vida a miles de personas que nunca conocieron la vida en libertad; pasaron de la dictadura de un sátrapa, a la dictadura de otro, aun peor, pues basó su satrapía en mentiras y ofertas vanas.  Más de cincuenta años justificando errores y horrores injustificables, han servido para que el mundo conozca, al dedillo, las iniquidades de un gobierno pródigo en brindarle al mundo entero una de las más extensas y nutridas diásporas de las que se tenga noticia. Para poco más. Se calcula que en el mundo viven, diseminados, tantos cubanos como los que habitan en la isla, retenidos en contra de su voluntad por los obstáculos casi insalvables, que pone el régimen, a la posibilidad de buscarse la vida fuera de sus fronteras. Obstáculos que, además, son responsables directos de la muerte en alta mar de una buena cantidad de quienes intentan burlarlas. Quizás, no estoy seguro de que haya consenso sobre eso, esa es la cara más triste de lo que significa el régimen cubano. No la única, pero a mi modo de ver, la peor. Pues bien, eso podría ser parte del pasado: con la reanudación de relaciones diplomáticas, es lógico suponer que la diáspora pasara a tener envoltura legal; una de las primeras cosas que países amigos deben garantizar a sus ciudadanos, es el libre tránsito entre sus fronteras. Continuaran las restricciones, como no, pero tendrán forzosamente que suavizarse. Y lo harán. Para desgracia de aliados importantes, como nosotros, por ejemplo.
Hay una particularidad llamativa del pueblo cubano (y ruego se me perdone la generalización, costumbre ingrata de nuestro acervo) una particularidad que, sin ninguna duda, se las ha instilado el régimen de sacrificio en que ellos han vivido estos últimos 50 y pico años: a los cubanos, la permanente escasez los ha obligado a verdaderos extremos. Dos generaciones levantadas a fuerza de pedir, de tracalear, de “luchar”, de esperar que se concrete una promesa que nunca es cierta, es apenas lógico que haya endurecido la faz risueña que, aun hoy, exhiben. Aun cuando hay honrosas excepciones (tengo la suerte inmensa de conocerlas y lo agradezco) una buena cantidad de cubanos de a pie, necesitan hacer saber sus penurias y no se arredran ante la posibilidad de conseguir  “una mano que los ayude a salir de eso”  en el fondo, me atrevo a especular, ninguna mano era tan esperada como la que ahora reciben: la todopoderosa mano del imperio al que tanto aborrecieron en sus consignas. Ninguna otra.
Es por eso que la normalización de sus relaciones tendría que ser visto con cuidado por quienes se creyeron, erróneamente, dueños de una parte de esa verdad inexplicable que no pasa de ser un marco teórico: el comunismo. Sobre todo si se tiene en cuenta que para Estados Unidos de América, pocas palabras son tan malas palabras como esa. He ahí, entonces la inteligente jugada del gobierno norteamericano: en lugar de atacar directamente los países que impulsan la instalación del comunismo como régimen de oprobios en el continente americano, poco a poco minan las “convicciones” de la gran teta comunista de los que chupan ideología (a falta absoluta de otras cosas) países como Nicaragua, Bolivia o Venezuela.  País este último, al que más pronto se le notaran los efectos de la repentina orfandad de pensamiento.
Un pequeño detalle ha revolucionado las redes sociales venezolanas en estas últimas horas: ahora, los venezolanos que deseen visitar La Habana, deberán solicitar ante ese gobierno, una visa de turismo; trámite que hasta hace poco era innecesario – pero que estuvo en vigor durante muchos años - . Es posible que esta disposición, que frenará el intercambio turístico entre ambos países, se deba a múltiples razones (económicas, sobre todo) pero, TAMBIEN, es posible que sea la respuesta del gobierno cubano a lo que pueda ser una exigencia del gobierno norteamericano: “desvenezolanizar” la vida de los cubanos; para, de ese modo, serruchar la dependencia que el régimen recién instalado del país petrolero, tiene en el antiguo y siniestro régimen de la isla. Es una tontería casi innecesaria de ser tomada en cuenta, pero es una tontería muy diciente: el gobierno de Cuba, tendrá ahora la potestad “oficial” de escoger los venezolanos que pueden y no pueden entrar a su territorio; mientras siguen gozando indiscriminadamente del dinero que TODOS los venezolanos, afectos o no a su suerte, depositan en su alcancía. A esta medida, seguirán algunas más, hasta que por orden del gobierno Norteamericano, los desafortunados convenios que rigen la relación dañina y escandalosa entre Venezuela y Cuba, sean derogados, con el respectivo daño a nuestra economía. El régimen cubano en ese momento, tendrá amarrado por la cabeza al gobierno norteamericano y por lo tanto podrá prescindir cómodamente de su mantenedor oficial latinoamericano. Ya no le hará falta seguir exprimiéndolo. Lo habrá dejado seco y maltrecho por atender los requiebros de un sustituto afectivo mucho más taimado y mucho más dañino, pero con un montón más de espejitos.
Será entonces cuando entendamos la verdadera cara de las negociaciones políticas: la cara de la traición. La misma cara que el gobierno cubano le ha mostrado al mundo desde que el mundo aplaudió emocionado el ascenso de los barbudos. La misma cara que algunos ilusos venezolanos han insistido en aceptar como la de hermanos, sin recordar que en el inicio, estuvo Caín que fue hermano de Abel.

viernes, 17 de julio de 2015

Corcheas disonantes

No todos los objetos  viven historias similares. A lo mejor, dependiendo del sitio en que se encuentren, a una muñeca de trapo le tocará vivir una vida completamente distinta a la de una licuadora. O a la de un piano, por ejemplo. A la de un piano que haya tenido la mala suerte de nacer para salones principescos y ha terminado sus días en el Aula Magna de la Universidad sin dolientes de una lluviosa ciudad tercermundista con pretensiones de culta. Un maltratado piano de cola que ha dado de sí sus mejores notas y hoy sirve para desafinar conciertos, muy a pesar suyo, afinando los chismes que cuentan, al detalle, la historia de cómo el país, desvencijado, ha logrado colar sus mediocridades hasta aquellos lugares que algunos ilusos considerábamos tan sagrados, como esa familia de instrumentos musicales que, sin ton ni son, estuvieron intentando hacerle honor a la palabra orquesta hasta el día que, un francés  “de la nada”,  apareció para hermanarlos en agrupación con propósito y mucho de mejor son:  La Orquesta Sinfónica de Mérida.
Los escuché por primera vez hace algunos años, recién llegado a mi casa con el mal habito de la música culta y la nostalgia de los conciertos dominicales (o sabatinos o de cualquier día de la semana) y francamente me parecía que no sonaban a nada conocido, que su repertorio no era interesante y que el desgano, si acaso algo, era la máxima energía que los movía. Dejé de escucharlos. Me parecía inútil perder un par de horas en salas prácticamente vacías, atendiendo un grupo de músicos que si tenían algo, tenían una gran falta de ángel; hasta que un día de hace no tanto tiempo, un amigo logró convencerme de acompañarlo a escuchar el concierto que dirigía un hombre diminuto, mal encarado, imposiblemente delgado y con nombre de musiú.  Sonaron bastante bien - no llegaron a la excelencia de otras agrupaciones que he tenido la suerte de escuchar, en Caracas, por ejemplo – pero,  sonaron muchísimo  mejor de lo que guardaba en mis recuerdos.  Ese día, entonces, un aire de optimismo esperanzado hizo que decidiera volver a convertirme en escuchador ansioso  – aunque mis amigos digan que es imposible – de sus prodigios musicales “cultos”. Discretamente, casi siempre solo, me dejaba caer en alguno de los pocos auditorios merideños,  cerraba los ojos y me dejaba llevar por la melodía de una orquesta que cada vez sonaba mas a orquesta. A orquesta que se preocupaba por sonidos afinados y repertorios curiosos, de buen gusto.
Hace un par de años (¿o fueron tres?, no se con exactitud) me enteré que mi amigo Armando Holzer, venía a dirigir la ambiciosa producción de una de mis operas favoritas – original en eso no soy para nada – Carmen, la historia de la tabaquera y el torero, que Bizet decidió musicalizar con tan buen tino; y, la verdad, me quedé de una pieza. Ópera en el pueblo, en medio del caos indescriptible, era mucho más de lo que podía esperar. No voy a contar la historia de ese montaje del que tanto se ha hablado, no viene a cuento, voy a hablar de la suerte de tener, para esa ocasión, a un director de orquesta que, por lo menos, era osado, además de buen director. Antipático, raro y mal encarado, cierto. Pero, exigente, responsable, conocedor de su oficio y ambicioso. Tal vez muy ambicioso en el empecinamiento de convertir esa orquesta de pueblo en una buena orquesta de ciudad. Lleno de planes (de los que alguna vez tuve la suerte de enterarme, porque uno siempre se entera de todo lo que acontece en la meseta, como bien dijera un buen amigo mío hace poco) y dispuesto a enfrentar algunos obstáculos para permanecer haciendo lo suyo en la ciudad que, entre otras cosas, le había regalado el amor de la madurez, ese que se vive con toda la seriedad del mundo, porque quizás es el ultimo. Si, Christophe Talmont, el maestro del que no soy amigo, se estaba dejando el resto, su resto, para lograr un trabajo musical que fuera más allá de la batuta y el escaño de director.
El detalle es que el maestro Talmont no sabía que, en el país del siglo XXI, incluso dirigir una orquesta hasta arrancarle sonoridades precisas, por más que sea tarea conocida, se enfrenta irremediablemente - y en desventaja - a los fantasmas de nuestra mediocridad, a la manía de no tomarnos en serio, a la pena de irrespetar lo que somos, cuando decidimos por ejemplo, ser músicos o teatreros o cualquiera de esas profesiones que hacen a los demás replicarnos dos veces, Si, esta bien, ¿Pero, y en que trabajas tu? Nos irrespetamos y no importa, igual nos pagan por ello un sueldo que no sirve para nada y obliga a buscar mucho tigre necesitado de quien lo mate, sin contar otros desaguisados burocráticos que vienen en forma de delegaturas y juntas directivas, negadas a entender otra manera de hacer las cosas distintas al fluxecito gris y el collar de perlas.
A eso se enfrentó el Maestro Talmont cuando, dispuesto a celebrar el aniversario de su orquesta, se encontró - entre otras cosas - con un piano desafinado sin remedio, un peloteo y un “mañana vemos” que mantenía en vilo la intervención de un ejecutante destacado, con prosapia de familia en lo que a hacer buena música se refiere. Es verdad, un concierto no se suspende; pero un piano se mantiene afinado y a punto; sobre todo si se trata de un Stenway de cola que entra y sale a un salón de actos donde hoy se hacen monólogos de humor, mañana se entregan diplomas y pasado se toca a Tchaicovsky. Es verdad, un concierto no se suspende; pero, la responsabilidad de un director de orquesta es hacer que su ensamble suene a gloria; o por ahí cerca. Eso fue lo que la junta directiva de nuestra golpeada orquesta no consiguió entender en el momento de echar a la calle al mejor director musical que esa orquesta ha tenido en estos últimos años, para volver a dejarla, (Andres Eloy dixit) como “capilla sin santo”.
Será que es verdad, entonces, que una orquesta suena como se le dirige, me ha dicho recientemente un querido amigo músico; al que quiero permitirme agregarle que, también es verdad, que las instituciones de un país suenan - y actúan - cual fiel reflejo de cómo se dirige a un país, sobre todo, cuando no se le dirige nada.

martes, 30 de junio de 2015

Eso, pana...normal...


Ayer volví a mis andanzas de profe. Llamado para un encuentro con un grupo de jóvenes como los que hasta Diciembre habían sido mis estudiantes regulares, tuve la oportunidad de pasar un rato escudriñando un tema que usualmente me viene como anillo al dedo: ¿Qué les pasa a ellos, como jóvenes? Es decir, más o menos, ¿en qué andan pensando nuestros muchachos cuando les toca enfrentar la vida? esa misma vida cuesta arriba que nos toca enfrentar a todos, pero que ya a nosotros, hombres de cabellos blancos y cada vez menos fe, nos ha sacado callos. Mi tarea era bien sencilla: utilizando algunas herramientas didácticas, tenía que averiguar, por lo menos, qué cosa les indigna a nuestros muchachos y ponerlo por escrito. Lo hice. Solo que creo que al hacerlo, cometí el pecado capital de asumirlos participes de esto-que-nos-está-pasando.
Pocas cosas son tan aterradoras como sentarse en medio de un grupo de chamos menores de 20 años a tratar de contarles un país desleído. Pocas cosas tan difíciles en esta vida, como tratar de hacerle ver a un adolescente los  mismos obstáculos que uno encuentra en el camino de su propia vida. No se logra con los hijos – el que tiene la dicha o la desgracia de tenerlos – es mucho menos probable lograrlo con quienes están en la vida de uno por razones estrictamente circunstanciales. Es cierto que los adolescentes son unas cosas muy raras, a quienes uno  nunca entiende ni el tono de voz con el que responden los buenos días de cada día; pero, también lo es, o debería serlo, que en el fragor de tratar de establecer una convivencia sana, uno pudiera entender por lo menos, sus motivaciones, uno pudiera lograr, de algún modo, establecer una comunicación relativamente efectiva. Pues bien, lo que yo viví ayer, ni se parece remotamente, ni es esperanzador. Es la confirmación de que este contenedor que los acoge, olímpicamente pasa de ellos como de un mal necesario que algún día se arreglará solo. Lo que yo viví ayer, es la ratificación de que, en los tiempos que corren, el milagro de Fátima es imposible de reeditarse (si es que alguien cree que ese milagro resolverá cosa alguna): Si a los chamos de hoy se les aparece La Santísima Virgen, van a apartarla a un lado pensando que esa luz blanca (dicen que la Virgen se aparece siempre rodeada de una luz blanquísima) es producto de algún nuevo invento químico que se hará viral muy pronto, explicándolo todo.
Lo digo con absoluto convencimiento. Sorprende muchísimo que nuestras universidades estén habitadas por muchachos que de vez en cuando salen a “tirar piedras”, debe ser que esa característica rebelde se inocula en los pasillos de la facultad o la venden en los cafetines. Yo me atrevo a asegurar, sin temores, que el paso de nuestros muchachos por bachillerato, lo único que no logra es despertarles consciencias. Ni de rebeldía ni de ningún tipo. Tampoco logra prepararlos para emprender ningún camino en la vida, pero eso es, literalmente, harina de otro costal. Mi experiencia de ayer con un grupo de 40 muchachos entre 15 y 19 años de edad, me ha dejado agotado y sin recursos para sembrar optimismo en nadie. O sea, normal.
Hace poco una amiga muy querida, preguntaba si cuando un muchacho de hoy dice que algo es normal (una palabra muletilla del nuevo léxico estudiantil) en realidad le está dando a esa palabrita el significado que tiene, el que usted y yo conocemos gracias al DRAE.  Ahora creo finalmente tener la respuesta: si, pero, no.  Si, pues para ellos normal es normal; no, pues para usted es un disparate.   Para mis estudiantes de ayer, todo lo que nos escandaliza hoy día, es normal. La muerte de los estudiantes apostados en trincheras  el año pasado, es normal. Los robos de sus celulares, es normal. Las colas de los supermercados, es normal. La violencia urbana que hoy cuenta por decenas de miles las víctimas del hampa común, es normal. Vivir con miedo, es normal (total, aunque uno viva con miedo nunca pasa nada, dijo una de las niñas que a los 16 años es madre de una cría de dos). Vivir el desasosiego, es normal. Punto. Puede ser que reconozcan que es un fastidio; de hecho, lo reconocen como “requisito académico” – estaban obligados a llenar un formulario que mostrase resultados – pero en la verdad de sus mentes empezándose a formar, “este desastre es normal”. Punto.
Es entonces cuando el tema más álgido de estos tiempos empieza a asomar en la discusión: ¿Podemos hacer algo por cambiar esta realidad que nos atormenta? Muy para mi sorpresa, podemos, por supuesto; pero, ni por asomo la vía se parece a la que, usted y yo, tenemos más o menos trazada: ni  uno de los jóvenes nuevos votantes de ese grupo está dispuesto a inscribirse en el REP, mucho menos ha pensado, ni de lejos, perder su tiempo en votar. Solo dos de ellos piensa que la universidad (De Los Andes) tiene un futuro concreto que ofrecerles. A ninguno le preocupa que el proceso de ingreso a esa universidad esté siendo objeto de tanto escrutinio (hubo quien confesó – no sé si será una bravuconada – tener el negocio listo para traspasar el cupo del que es beneficiario por “asignación territorial” y ganarse unas lucas) mientras que la mayoría de los varones piensan que sería estupendo entrar a la GNB o estudiar para Policía, y así cometer delitos con entera legalidad.
Lo más seguro, dijo uno de los participantes con voz de líder, es que cuando ustedes los viejos salgan a votar ahora en diciembre, les hagan tremendo fraude y entonces se arme la grande y eso si va a ser de pinga, profe….aquí lo que hay que hacer es una tremenda guerra. Normal” y entonces sus ojos púberes se convirtieron en pantallas de Hollywood con proyección en 3D y sonido sensorround.  “Total, la guerra es normal, no es así profe, normal,  y además qué, si yo ahorita no puedo irme de aquí. Normal”
Tras  los aplausos que siguieron a esa intervención,  apareció la verdad que se me rebelaba en esa algarabía ruidosa: esos jóvenes, de extracción social muy baja, si tienen alguna frustración, es la de saber que no podrán emigrar dentro de poco (como todos sus pares de mayor nivel social sueñan hacer o están haciendo) de todo lo demás, es decir del país, a ellos les queda un mapa que saben delinear con ojos cerrados y un desapego que saben contar con crudeza desesperanzadora. El resto, es normal; incluso la mea culpa de sus profesores y la vida atropellada de sus padres. Pero, eso, además de normal, es tema de desvelos que no me provoca desgranar ahorita. Normal.

sábado, 27 de junio de 2015

Casémonos, mi bien, en este mundo...

 
“No hay unión más profunda que la del matrimonio, pues encarna los más altos ideales de amor, fidelidad, devoción, sacrificio y familia. Al formar una unión marital, dos personas se convierten en algo más grande de lo que eran previamente. Tal como demuestran los solicitantes en estos casos sometidos a la corte, el matrimonio encarna un amor que puede sobrevivir incluso más allá de la muerte. Sería una incomprensión decir que estos hombres y mujeres irrespetan la idea del matrimonio. Ellos han hecho sus peticiones, porque la respetan, y la respetan de manera tan profunda,  que ansían encontrar la plenitud de lo que significa para ellos mismos. Su esperanza es la de no ser condenados a vivir en soledad, excluidos de una de las instituciones más antiguas de la civilización. Piden igual dignidad ante los ojos de la ley.
La Constitución les otorga ese derecho.
Así queda ordenado.”
Ese párrafo, convertido en cuestión de minutos, en el más famoso – y quizás uno de los más hermosos –  textos jurídicos emanados de Tribunal alguno, en los últimos años, resume de manera casi poética, el triunfo más importante que en materia de derechos civiles ha conquistado un país, en este planeta convulsionado del siglo XXI. Con esa magnífica declaración de principios, la Corte Suprema de Justicia de Los Estados Unidos de América,  anuló la potestad que tenían algunos estados de la unión americana, de prohibir el matrimonio entre personas del mismo sexo; al hacerlo, abrió las puertas para que los norteamericanos que lo deseen, realmente, puedan casarse con quien les dé la gana. El dictamen, que en segundos le dio la vuelta al mundo, ha sido visto como un triunfo exclusivo de la comunidad Gay norteamericana; pero, reveló, como nunca antes lo había hecho una de sus acciones domesticas, que el gobierno de los Estados Unidos realmente rige al mundo. La apertura de ese país en particular, (Basado en un dictamen que rescata para la historia la validez – desprestigiada -  del amor diciendo algo tan simple como “Tal como demuestran los solicitantes en estos casos sometidos a la corte, el matrimonio encarna un amor que puede sobrevivir incluso más allá de la muerte”) después que, por ejemplo, una inmensa mayoría de los países miembros de la Comunidad Europea, ya habían otorgado ese derecho a sus ciudadanos, ha servido como sello de aprobación necesario para que el mundo entero revise sus niveles de tolerancia y eche a andar hacia el futuro. Nunca como ayer, el poder inmenso de las políticas norteamericanas ha quedado tan indudablemente registrado en el mundo. Los símbolos de tal poder y la inmediatez de las redes sociales, lo han dejado claro: detrás de Estados Unidos, se forma la cola. Delante, se para la inmensa suerte – y la tozudez -  de un hombre: Barack Obama. El primer presidente negro de los Estados Unidos de América. El Campeón de los Derechos Civiles de los homosexuales y los excluidos, el hombre que, discretamente y sin vacilar, ha cruzado un océano infectado de tiburones para decir algunas cosas importantes sobre la suerte de los condenados a vivir en soledad su aislamiento. Solo falta que logre una enmienda migratoria que haga realidad el sueño de millones y pasará a la historia como el merecedor de un premio Nobel que, todavía hoy, a muchos nos parece un despropósito;  aunque no dependa de su gestión el dictamen de la corte, ni sea él quien haya llevado el país más poderoso del mundo a fajarse duro a favor de la libertad. Mal que les pese a muchos.
Sin embargo, el dictamen de la corte (admito que se me saltan las lágrimas cada vez que leo aquello de “Sería una incomprensión decir que estos hombres y mujeres irrespetan la idea del matrimonio. Ellos han hecho sus peticiones, porque la respetan, y la respetan de manera tan profunda que ansían encontrar la plenitud de lo que significa para ellos mismos”) no puede - no debe - ser visto como un triunfo excepcional de la comunidad GAY; un grupo humano que posiblemente cuente por el 10% de la población mundial, según muchos estudios, objeto de todo tipo de vejaciones – y de algunos privilegios desprendidos, paradójicamente, de  tales vejaciones – No, el dictamen de la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos, autorizando el matrimonio igualitario en todos los Estados de la Unión Americana, tiene que ser visto como un triunfo de la humanidad entera; por eso, posiblemente, levantará tanta roncha. Tiene que ser visto como en su momento se vio el fin de las discriminaciones basadas en el color de la piel, o como se ha visto la inclusión de niños con dificultades especiales en los programas de aprendizaje tenidos por “normales”. Tiene que verse como un paso, muy necesario, hacia el momento en que no haga falta explicar cómo y porque una persona decide amar a otra, (a otra, no a una específicamente asignada) aunque sea por unos minutos. Tal vez, ese sea el gran logro de una sentencia que en el fondo, aunque se adorne como quiera adornarse, tiene mucho de absolutoria. Ahora pueden casarse: Salgan del clóset, por favor.
Confieso que me emocioné muchísimo cuando me enteré. Pensé en amigos que están preparando sus bodas y en otros que se atrevieron a dar el paso y pensé mucho en los años que llevo oponiéndome al matrimonio como institución. Entonces leí el párrafo que se ha hecho viral en segundos. Leí sus muchas interpretaciones, sus muchas traducciones al español, hechas de manera apresurada por amigos que necesitaban gritarlo al mundo y me conmovió enormemente el concienzudo escoger de palabras que apelan al más simple de los actos de amor del ser humano. Lo leí, repito, hasta entender cabalmente lo que dice y me detuve en sus palabras finales: “Su esperanza es la de no ser condenados a vivir en soledad, excluidos de una de las instituciones más antiguas de la civilización. Piden igual dignidad ante los ojos de la ley” Dignidad, caramba…! Dignidad !
Comprendí que los magistrados se referían a la esperanza de personas. Personas como yo, como usted que hace el favor de leerme; personas. Y en ese momento,  como si de una epifanía se tratase, entendí el verdadero significado del dictamen: El arco iris no es exclusiva pertenencia de quienes han decidido amar de manera distinta. La inclusión no se limita a la comunidad LGBT del norte. La Corte Suprema de Los Estados Unidos de América, le dijo al mundo (en un apretado teje-maneje muy parecido a decidir por penaltis) que, a pesar de lo mucho que muchos lo adversan, es verdad que para ellos, primero es la gente.
Y entonces yo sentí que ayer, el mundo amaneció siendo un poquito más ancho y un poquito menos ajeno. A pesar de todo.

domingo, 14 de junio de 2015

Entre María Isabel y Caitlyn, Mérida...

Una noche de mi juventud la vi por primera vez, salió a mi encuentro en la esquina de la Catedral yendo hacia la casa de Las Golondras para empezar a subir por la Avenida 4 de entonces. Vestía de verde, un recatado traje de amplias hombreras en el más definitivo tono de la esmeralda, llevaba zapatillas de alto tacón de intenso tono carrubio y un discreto bolsito de los que en esa época llamaban sobres, apretado en su mano izquierda, contra el muslo (¿o era la derecha?...no lo sé, es imposible ser tan exacto) su estatura, aumentada por el efecto stilletto y sus ademanes, excesivamente femeninos, revelaron tímidamente una verdad incómoda: posiblemente era esa la primera vez en mi vida que caminaba detrás de una "transfor". No lo sabia seguro, pero comencé a intuirlo cuando sus ojos, inmensamente negros y hermosos debajo del espeso maquillaje,  se encontraron con los míos. Ella caminaba midiendo calculadamente sus pasos sinuosos. Yo la seguía, más por inventar una historia que por saberla. Yo, quizás tendría 17 años, ella podía tenerlos todos. O ninguno. Yo era un adolescente precoz y curioso. Ella, una mujer de mundo, a pesar de Mérida
En la esquina del Edif. Valero, apoyada en la vidriera de la Zapatería Rex, me enfrentó. Su voz, de matices roncos y pesados,  me pidió un cigarrillo, de los que llevaba en el bolsillo de mi camisa. Lo saqué, se lo di y lo encendí. Ella notó el temblor de mis manos y empezó a parir una sonrisa que pronto convirtió en carcajada. Se rompió el hielo, un rato más tarde eran las 4 de la mañana y nosotros continuábamos hablando y fumándonos nuestras cuitas, sentados en el pretil de una jardinera de la Plazoleta del Carmen.
Esa madrugada, María Isabel dejó salir, una a una, las secuencias del guión que acompañaba su vida: nacida biológicamente varón, siempre había sentido sus atributos masculinos un accesorio de incómoda presencia. Criada por una madre de inmenso corazón y cartera más bien vacía, había tenido que enfrentar la popularidad de una hermana bella y los vericuetos de una clase a la que su madre servía, para sacar adelante la familia. Por tener, María Isabel tenía la frustración de saberse certera en las equivocaciones que poblaban su andrógina existencia y muchas artes para disimularlas. Era una mujer. Una mujer muy guapa, para su desgracia, a la que hacían falta dosis diarias de hormonas para ejercer femineidades y le sobraba un decente pedazo de carne que había convertido en estorbo.
Esa fue la única vez que le hablé. Aunque me hubiese gustado ser su amigo (tengo tendencia a adoptar descastados) Mérida pudo más. Era realmente una desgracia ser un niño bien que ansia portarse mal, pero le faltan cojones. No obstante, esa no fue la última vez que la vi, a partir de esa noche, María Isabel y su fútil mala fama se hicieron parte del inventario de postigos abiertos de esta ciudad de todos, que castiga. María Isabel y sus mitos, María Isabel y sus atuendos correctos, María Isabel y sus largas caminatas, María Isabel y su transformación, poblaron de cuentos la ciudad que despertaba escandalizada a la arremetida de La Casita de Las Rosas. Quizás no sea un título que tenga rigor histórico, pero siempre diré que María Isabel fue la primera persona públicamente transgénero de Mérida; aunque para mí y en homenaje a aquella madrugada de cigarrillos compartidos, siempre haya sido una mujer de fascinante historia.
Un día, pasados los años de Las Rosas, enterrada la frivolidad de aquellas noches en las que mis amigos celebraban mis habilidades para enrolar tabacos perfectos, sentado en el Old Town Tabern de la calle 27 en Manhattan,  con amigos del terruño, pregunté por María Isabel. Si mal no recuerdo, un matrimonio convenientemente feliz la había convertido en ama de casa alejándola de la av. 4 de mi juventud. Nunca más supe de ella. Nunca más la vi. Nunca más estuvo en el inventario de mis cuitas. Pero, siempre, aquella noche de mi juventud se asomaba para contarme necesarias tolerancias.
El zarpazo me arañó los ojos hace algunos días; frente a la estantería de una anodina librería, María Isabel pasaba las páginas de una revista colombiana de chismes, que exhibía con profusión sensacionalista el photoshop de Bruce Jenner "Llámenme Caitlyn". Habían transcurrido muchos años desde una vez que, oh casualidad, también vestida de verde, María Isabel apuraba tramites de embarque en el mostrador de un aeropuerto patrio. Ese día, otra vez,  mi arrogancia y yo estábamos detrás de ella en la fila. Ella con el gesto frio y antipático con que se defiende del mundo, yo con la curiosidad del primer día. Muchas maromas después, vi su cédula, ese pedacito de papel plastificado que en este pueblo de errores certifica lo que somos. Dos apellidos iguales (los mismos de su progenie) y el nombre clarísimo: María Isabel. Era ella, en el anonimato de una fila de aeropuerto sin miradas que escruten nada más que a la hembra,  nos volvimos a ver, sin saludarnos, como siempre; como en la estantería de la librería a la que entré a no poder comprar nada y maravillarme con la sorpresa: así como a mí, a María Isabel le han caído los años. Aun puede adivinarse cierta guapura pasada, aunque la mujer de entonces ahora sea una señora malhumorada que viste mocasines planos y pantalón de kaki, mientras mira con sorna las fotos de Caitlyn Jenner.
Ella también tuvo la oportunidad de lucir trajes de gran gala y excederse en el maquillaje. Ella también estuvo en el ojo del huracán que daba vueltas alrededor del pueblo de postigos abiertos cerrado a la modernidad por montañas asfixiantes. Ella también dejó de pronunciar un nombre de varón, para pedir que la llamaran María Isabel, el nombre con el que todos la hemos conocido desde que su valentía estremeció las cimientes de una Mérida que hoy ve sus madrugadas pobladas de transvestidas prostitutas. María Isabel espantó los horrores con los que convivió en la escuela primaria, respondiendo a lista por un nombre que nunca le perteneció. María Isabel lo supo siempre, a pesar de Catedrales e imposibles parentescos políticos con la rancia aristocracia de una ciudad rancia, Sergio no permitió a la mujer que lo habitaba todo, dormirse en una espera aletargada. Sergio la hizo realidad cuando eso parecía un imposible despropósito.
A Sergio lo impulsó su necesidad de comprender la mentira que por vida le había dado el destino. Tal vez por eso su rostro, ese día que la vi hojear las páginas de una revista que más tarde no llevó consigo, decía tantas cosas que su voz ronca y amanerada prefirieron callar. María Isabel no ha sido nunca protagonista de un mediodía merideño. Tal vez, lo fue del italiano que la desposó y la convirtió en viuda; poco más. Nunca ha tenido más reality show que su vida privadísima. María Isabel no es mejor ni peor que Caitlyn; solo que ese día en la librería, cuando nuestros ojos volvieron a encontrarse después de 37 años, ella supo que yo sabía lo que ella estaba pensando. Por eso, las fotos de Caitlyn me han parecido un embuste photoshopeado. Detrás de la sombrilla negra, los zapatos planos y el cabello recogido de María Isabel me pareció ver una verdad, muy irónica por cierto, que no he logrado conseguir en el glasé de las hojas que ella estudiaba con desgano. No es una verdad mejor o peor. Una más mía, solo eso.

martes, 9 de junio de 2015

Si es por sembrar, sembremos fama...


Como sucede con más frecuencia de la que nos gustaría aceptar, nuevamente la intervención del hombre nuevo ha reventado los índices de audiencia de todas las redes comunicacionales de las que, los inconformes del siglo XXI, nos valemos para dejar salir el vapor de nuestra desgracia. Esta vez, una jovencísima candidata a diputada "de ellos" hace gala de toda la buenamozura de sus implantes estéticos para mandarnos, literalmente, a sembrar Acetaminofen, después de tomarnos un guarapito de papelón, como infalible medida para combatir la escasez abrumadora tanto del analgésico como del café. Lo hizo, seguramente por error, mientras se dirigía a un - no muy nutrido, todo hay que decirlo - auditorio en lo que, presumo, era un acto proselitista. Alguien lo grabó (alguien "de ellos" valga acotar) y lo puso a circular dentro de la inefable autopista de la información. En segundos, el video, viralizado, se había convertido en un MEGA HIT.
Más allá de toda consideración, baladí, sobre el contenido de la desafortunada alocución de esta pobre muchacha inexperta, encandilada por su obligación de postrarse "rodilla en tierra" para escalar una cuesta que de otro modo no podría ni empezar a andar, el video de pocos segundos de duración (es llamativa la cantidad de faux pas que pueden cometerse en minuto y medio) refleja, una vez más, una verdad que debería apabullarnos puesto que  enciende alarmas de muchos decibeles: el nivel de formación de nuestros jóvenes es verdaderamente un horror. Y no lo digo por el hecho obvio de que una pastilla analgésica no crece en un árbol; me refiero, más bien, a un pensamiento que, por lo menos a mí, algunas veces me causa insomnio: cuanto hemos fallado, los que alguna vez hemos tenido la oportunidad de enseñar, en convencer a nuestros muchachos de una verdad inmensa porque siendo sencilla es de las mejores enseñanzas que dejarse pueda: la mejor palabra es la que no se dice; o, como mínimo, es la que se piensa antes de ser dicha aunque la ocasión exija inmolarse.
La recomendación de la joven estrella mediática, (dueña, además de un cabello apropiadamente queratinizado, de credenciales "académicas" de doctora en educación) se pasea también por una revisión aun más preocupante: lo crea usted o no, es la oposición, somos nosotros, los indignados, quienes hemos convertido a esa innecesaria jovencita en una súper estrella. Peor aún, somos nosotros, sus adversarios, quienes hemos dado pie a las más absurdas y enconadas defensas de su dislate. Resulta que ahora, gracias a nosotros, el Acetaminofen de tan difícil alcance es una planta llamada boldo, ampliamente conocida en los andes venezolanos, por cierto, y supremamente peligrosa si se consume a lo loco; es decir, a lo venezolano. He llegado a leer - redes sociales mediante - un ensayo, de carácter convenientemente cuasi científico, en el que la matica de marras, podría conseguirle una medalla a la niña que nos mandó a cultivarla. El motivo: todos los "memes" y todas las burlas que hemos puesto a correr, quienes nos creemos incapaces de tan desmedidos errores y lo pregonamos sin misericordia a lo largo y ancho del infinito mundo virtual.
Sembrar Acetaminofen, después de todo, ya no parece tanto un despropósito, aunque estoy seguro que su cosecha correrá idéntica suerte a los gallineros verticales, las toallas sanitarias reusables o los planes de desarme. La efímera - y paradójicamente sustantiva -  fama de la agraciada representante de la mujer venezolana del siglo XXI,  dará pie a nuevos episodios (siempre sucede: quien mete la pata una vez, lo volverá a hacer, seguro, amparado en nosotros, su auditorio cautivo) y la legión de opositores de sofá y teclado, perderemos nuevamente la oportunidad de aprender una lección que sigue siendo lamentablemente esquiva: el perverso efecto boomerang de las comunicaciones globalizadas por la inmediatez de un smartphone, resumido - magistralmente - hace 500 años por el ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha cuando dijo a su acompañante,
-Ladran los perros, Sancho, es señal de que avanzamos...

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