miércoles, 29 de abril de 2015

Esa odiada clase media

Si me tocara definirme diría, entre otras cosas, que soy un hombre clase media no muy ajeno a ciertos sueños de grandeza, Me gusta vivir bien - no me ruboriza decirlo -  después de todo, quienes me conocen no dudarían en tacharme de sifrino. Me gusta la buena mesa, la buena ropa y las cosas bonitas. Ni siquiera es mi culpa, algo debo haber traído en los genes pues, tanta necesidad de rodearme de comodidades que a la mayoría de mis congéneres no les importan, sigue siendo un misterio que no logro entender y que convertí en modo de vida, sin problema alguno. No soy el único, por suerte; tal vez porque los burros se juntan para rascarse, estoy rodeado de personas que se me parecen mucho. Todos, sin excepción, sabemos que en la Venezuela del siglo XXI cada vez es más difícil mantener ese estilo de vida: no, la permanencia de la clase media no está amenazada, la clase media venezolana está siendo abiertamente atacada con la intención clarísima de acallar algo más que su voz.
Hay una diferencia fundamental entre ser rico (rico de verdad) y ser lo que somos nosotros; los ricos podrían prescindir de trabajar si quisieran y no verían mermar sus comodidades habituales. Nosotros no. Nosotros necesitamos trabajar muy duro para mantener nuestro entorno como nos gusta tenerlo y no tenemos tiempo sino  para disfrutar de lo que logramos como premio al esfuerzo. No para presumir de ello, por cierto; sobre todo, si recordamos que, como nos pongamos a mostrarlo, todo eso que tanto nos ha costado conseguir (desde un teléfono de última generación hasta un par de zapatos, pasando por las dos o tres joyas de familia) se puede perder en un segundo y con ello, aparejada, la vida.  Usar, o vestir, las “cosas buenas” que tenemos se ha convertido en nuestra peor indiscreción. Obtenerlas, nuestra mayor proeza.  
Es posible que suene demasiado frívolo, incluso grandilocuente; quizás ese universo gigante que es nuestra clase media no vea necesario que alguien levante la voz por ellos y les defina. Aun así, me atrevo a ser uno más de los que sostiene (porque lo soy) que la clase media venezolana atraviesa uno de los momentos más peligrosos de su existencia (porque lo vivo) y con ella, el futuro del país.
¿Por qué me uno a ese coro – algunos le dirán, de plañideras -  que se empeña en sostener, a pesar de lo que profesionales mejor versados opinen, que Venezuela siglo XXI va en camino de aniquilar su clase media? Pues,  porque históricamente ningún país en el que se ha impuesto un régimen como el nuestro, ha mantenido la clase media en su lugar, por una razón extrañamente simple: la clase media es el motor que mueve el capitalismo, es el sostén principal de los grandes centros de consumo, cree en la oferta y la demanda y es apasionada del trabajo. Nosotros, la clase media, trabajamos incansablemente para costear nuestros gustos, por eso, necesitamos estabilidad para que nuestros días de 12 o 14 horas alcancen su objetivo; además, sabemos cómo se hace eso, viviendo en sociedad. Es decir, viviendo en los mejores términos posibles con quien está a nuestro alrededor.  Ninguna de esas cosas cabe en el manual revolucionario.
Ahora bien, posiblemente el problema de Venezuela, de la Venezuela de hoy, trasciende el hecho - posiblemente tonto - de admitir que tiene una clase media en camino de extinción pues, empezando por la terrible corrupción y la falta absoluta de liderazgo constructivo en que nos movemos día a día, todo lo demás no deja de ser una pequeña cuenta en nuestro rosario de tragedias. Pero, los grandes países existen y son grandes porque han sabido  darle un lugar a su clase media. Han hecho lo posible por mantenerla “contenta” satisfaciendo sus necesidades más importantes. Es decir, la posibilidad de tener una casa, un carro y algunos bienes en situación de relativa seguridad; aun mejor, le facilitan el camino (tortuoso siempre) por el que debe transitar para obtenerlo. El progreso, y me perdonan los profundísimos intelectuales que estudian estas cosas muy sabiamente, se basa en eso y en nada más: usted le hace fácil la vida  la clase media y está se multiplicará en beneficio de su comunidad, pues sencillamente a nadie, absolutamente nadie, le gusta vivir mal.
Hasta aquí, muy bien; pero, ¿saben ustedes cuantos años de salario mínimo acumulado necesita un venezolano para comprar un automóvil nuevo?: (en el caso muy improbable de que lo consiga a “precio justo”)  27 años, según todos los cálculos. No voy a escribir aquí lo que ese mismo venezolano necesita trabajar para comprar una casa medianamente decente.  Esas cifras pueden rebatirse fácilmente argumentando que no se llama clase media a nadie que viva con un sueldo mínimo, sobre todo con el sueldo mínimo miserable que se gana en este país en este momento. Y de ser así, estoy de acuerdo. Pero es a partir de un sueldo que se gane trabajando, como un profesional construye una vida que lo lleva a subir niveles de vida. Y he dicho, recalcando, TRABAJANDO. No de otra forma. Pero, resulta que ahora trabajar – formalmente - comienza a ser una actividad de la que los venezolanos van a prescindir por obra de un gobierno, que además de no querer que sus habitantes vivan con comodidad, tampoco los quiere cultos, esforzados y exitosos.
Cabe suponer, entonces, que la medida del éxito en la Venezuela del siglo XXI, se mide por cuantos rollos de papel higiénico lograste colocar en el mercado negro esta semana o cuantas latas de atún lograste obtener en el último saqueo a un camión que transportaba mercancía.
No hay duda – ninguna - de que la falla más importante de las llamadas revoluciones comunistas es la creación del hombre nuevo.  Nadie lo ha logrado. Punto.

jueves, 23 de abril de 2015

Vivir para contarlo

Apurado por llegar a su trabajo a tiempo, Manuel tuvo el primer gran disgusto del día cuando, en la puerta del edificio donde ha vivido toda la vida, se enfrentó a un desperfecto mecánico que suponía solventado en la última visita al taller un par de días antes. Luego de una rápida cuenta, supo que encender el viejo Fiat que cuida - con su vida - para evitar la buseta, era en ese momento tarea imposible. Algo que desconocía por completo, iba a impedírselo irremediablemente (y-eso-que-le-pagué-una-bola-de real-al-mecánico-hace-dos-días, masculló entre maldiciones Manuel). Estacionado como mejor pudo al borde de la acera, sacó de su bolsillo el teléfono para pedir auxilio. Un par de segundos después vio como, de la cola que comenzaba a formarse en el supermercado vecino, se desprendió a toda velocidad un muchacho que no llegaba a tener 17 años. Manuel miró como corría desaforado en su dirección e intentó esconder el teléfono, cuando un manotazo lo dejó anonadado. El aparato que momentos antes tenía en su oreja, estaba ahora en manos del zagaletón de la cola. Entonces, tomó la más imprudente decisión de su vida: salió tras el ladrón en un arranque de impulsividad funesta. Le dio alcance, hubo un forcejeo (no muy profesional, todo hay que decirlo) y en un empujón, Manuel cayó al piso, inconsciente. Poco después, casi a las 8 y 30 de la mañana, atendido por un buen samaritano que lo vio todo desde su auto, Manuel ingresaba a la emergencia de un hospital cercano, en donde lo único que pudieron hacer fue ayudarlo a aceptar el golpe. Vivió para contarlo, no se sabe cómo, y hoy se recupera de las múltiples fracturas en los huesos de su cara e intenta, sin éxito, superar el nudo en la garganta, cada vez más parecido a un llanto de muerte.
A sus 19 años, David ha recibido entrenamiento de sobreviviente de guerra. Sus padres, víctimas honrosas de varios escarceos con el hampa, sencillamente no le dejan vida advirtiéndolo de cuanta cosa hay que hacer para preservar la vida. Los bienes, esas cosas superfluas y casi prestadas sin las que cualquier muchacho de 19 años se niega a respirar, son lo menos importante en ese hogar llevado por dos comerciantes esforzados y exitosos, que no se resignan a negarle a su único hijo, inteligente y aventajado estudiante de medicina, ninguno de los últimos gadgets con los que él sueña. Lo hacen con la condición explicita e inviolable de que no puede, por ninguna razón, hacer alarde de ello. David ha cumplido con obediente diligencia las recomendaciones paternas y la vida lo tenía a salvo de un mal rato hasta el lunes pasado. Saliendo de una oficina pública ubicada en las cercanías de la merideña Plaza de Las Heroínas, David se despistó unos minutos guardando el teléfono en su escondite preferido (casi dentro de su piel) cuando se le acercó una pareja muy joven y de buen aspecto, que llevaban un niño en la mano, a preguntarle una dirección, suficientemente distante como para ser difícil de conocer. David quiso ayudarlos y mientras guardaba el teléfono y ajustaba sus anteojos Rayban para responder, sintió la fría dureza del metal en un costado. La chica con quien intentaba entenderse blandía amenazante una filosa navaja. El hombre daba claras instrucciones: entréganos el teléfono, los lentes y la plata que lleves encima. David tuvo un fatal ataque de nervios que demoró un poco su intención de darles lo que pedían. La mujer enterró la navaja tan profunda como pudo mirándolo a los ojos. David se desmayó, los bandidos agarraron la cartera, los lentes y el teléfono y se perdieron entre la multitud que transita a esa hora por la zona. Un taxista que presenció el hecho levantó a David del piso y lo llevó al Hospital, donde un amigo de su padre casualmente cumplía guardia en emergencia. Estuvo grave un par de días, pero vivió para contarlo. Esta mañana sus padres han puesto en venta absolutamente todo lo que tienen; a David le espera la vida en algún lugar de Europa.
Fiel a su costumbre, Doña Margot sale diariamente a caminar por su urbanización a primerísima hora de la mañana. Dice que lo hace porque si y porque es la única forma de mantenerse ágil y lúcida a los 86 años. El resto del día, lo dedica a sus cosas de vieja, aunque se niegue a cuidar nietos y nadie le haya visto jamás una cana. Ya no conduce, pues se lo han prohibido los hijos, ni cocina pues se lo ha prohibido ella misma. Le sigue gustando la buena ropa, la peluquería, las buenas conversas con las pocas amigas que no han cometido la indiscreción de morirse y, en sus ocasos, ha descubierto lo entretenida que puede ser una misa. Doña Margot espera tener una muerte apacible hermoseándose en una salud de hierro a la que no vence ninguna de las terribles verdades del siglo XXI, capoteadas por cuatro hijos prósperos y buenos que se ocupan hasta del más pequeño de sus caprichos. El lunes, salió a caminar con el corazón estrujado de quien sabe que va a sucederle algo. Hizo sus cuatro vueltas de siempre, negándose a la compañía del ama de llaves que la cuida con celo de hermana,  por no darle paso al presentimiento. De regreso a su casa, en el momento en que metía la llave en la cerradura, tres muchachitos que tienen, quizás, la edad de sus nietos, salieron a su encuentro desde las frondosas cayenas del frente. El discreto grito de la anciana fue ahogado por la mano ruda de uno de los asaltantes, los otros dos violentaron la puerta y lograron llevarla hasta el salón de la casa; el ama de llaves y un jardinero que cobraba su jornada del día anterior fueron obligados a convertirse en victimas. Amarrados (más bien envueltos) con las cortinas brocadas que adornan la estancia desde tiempos de Matusalén, vieron como las tres sabandijas hicieron caída y mesa limpia con los pocos tesoros que Doña Margot conservaba. Una hora después los delincuentes escaparon con el botín, asustados por la llegada providencial del hijo de una vecina, urgido de un favor impostergable. Soltó los amarres que mantenían a los tres viejos cautivos, en el momento exacto en que Doña Margot mostraba síntomas de un ataque cardiaco. Desde el lunes está en terapia intensiva y, aunque su vida ya no corre peligro, nadie ha logrado escuchar de nuevo su acento gocho y cerrero ni su  risa de abuela. Esta mañana su hijo me ha dicho que posiblemente no la vuelvan a escuchar jamás.
Es lo que trae un lunes de abril en la Venezuela del siglo XXI. Lo llamamos vida, por ironía, quizás.

viernes, 17 de abril de 2015

Mi cupo...

No sé bien a qué hora exacta se produjo la noticia que tiene a toda Venezuela en estado de postración; pero, yo me enteré como a las once de la mañana, minutos más minutos menos, gracias al escándalo que se armó en todos los artilugios de comunicación del siglo XXI - todavía no se si para bien o para mal estoy, quizás excesivamente, conectado a los acontecimientos diarios por medio de cuanto chismógrafo existe - Si bien al principio la información era bastante confusa, los detalles más aviesos del nuevo esquema cambiario destinado a quienes esperan viajar al exterior, empezaron a tener claridad de mala noticia, poco antes del mediodía del pasado viernes 10 de abril. Llegado el momento de almorzar, la mayoría de las personas que conozco estaban de malas pulgas cambiarias.
No es para menos, reducir sin aviso el monto de un “privilegio” que la mayoría de los venezolanos considera un derecho derivado de la conciencia de vivir en una sociedad petrolera – rentista, fallida en enseñar a su gente a ganarse el pan con el sudor de su frente es, ni más ni menos, la peor de las muchas malas nuevas en las que el régimen es pródigo. De pronto, el "dinerito extra" que una infinidad de personas reciben como producto de las más inverosímiles transacciones (ilícitas en su esencia) con divisas baratas, se esfumaba de un presupuesto doméstico bastante apaleado ya por las circunstancias. Y las intenciones, realizables o no, de disfrutar unas merecidas vacaciones en algún paradisiaco lugar del "extranjero" (Si, para los venezolanos de hoy, paradisiaco incluye Miami) por lo menos se ponían en cuarentena. ¿Por qué? Pues porque este gobierno perverso nos hizo creer a la mayoría de los venezolanos (sorry, pero I me absolvo) que la fuente de la que manaban dólares, a un precio ridículamente barato, no iba a secarse jamás a pesar de la desmedida ambición corrupta de cualquier bicho de uña cercano tangencialmente al poder. No era cierto. Como tampoco ha sido cierto nunca el 90% de las promesas o de los inventos populistas acuñados por el difunto y perpetuados por sus secuaces. Le dimos tanto palo a la piñata que la secamos inmisericorde entre todos. Y, claro está, tendremos que llorar estas y otras penurias.
Es altamente probable que la inmensa mayoría de los que me leen utilicen y hayan utilizado siempre sus dólares de viajero, para viajar. Además, para viajar en plan disfrute de vacaciones. También lo es que pertenezcan a ese raro grupo de paisanos que al empezar el año fiscal que les corresponde, liquiden sus dólares de Internet comprando una Gift Card de Amazon (¿Amazon sabrá qué – alto -  porcentaje de su negocio tiene que agradecérselo a los venezolanos?) por lo tanto es posible que se molesten cuando sostengo que una buena razón para justificar esta nueva tropelía del desgobierno, puede hallarse en el enjambre de inmorales coterráneos que utiliza “su cupo” para conseguirse de cualquier manera ilícita, un buen rebusque. Sin embargo, no es la única ni la más válida de las razones: el desgobierno limitó el otorgamiento de dólares para viajeros, porque no tiene dólares que otorgar. Eso está más claro que el agua (que hace años no sale clara de las tuberías, por cierto) y además porque el régimen tiene una desesperada necesidad de controlar nuestros pasos, entre otras cosas. Seguramente también, porque en alguna de esas mentes podridas que se instalan en las cercanías del poder ejercido desde la tumba, alguien debe haber pensado que esa es una buena forma de embromarle la vida a la clase media. Júntelo todo y tendrá la justificación a la mano. Pero, eso no es lo que importa. Voy más allá y ruego me perdonen: Si hemos repetido hasta el cansancio que la única limitación para ir de viaje, debe ser la capacidad económica del viajero; ¿de dónde sacamos los venezolanos que “el cupo CADIVI” es la pócima mágica del que quiere viajar? Se me antoja una respuesta: de la perversa manía gobiernera de hacernos creer todo lo que es falso y de nuestra escasa capacidad para discernir lo que es falso-falso de lo que es probablemente un poco cierto. Por ejemplo: falso-falso es que, con una economía como la que tenemos, pueda existir un dólar a 12 bolívares o algo así. Mucho más falso es que ese dólar de embuste, sea un derecho. ¿Un derecho de que tipo? Yo se que sueno a gobiernero y eso me aterroriza, pero viajar (un lujo ciertamente superfluo) debe valer lo que vale: es decir, lo que cada quien puede permitirse de acuerdo a sus ingresos.  Lo que sucede es que el problema - que hemos reducido a la frívola bagatela de un siniestro “cupo” de dólares al que se supone debemos tener acceso los venezolanos - es en realidad que nuestra economía (la del país, no la de nuestros bolsillos) no está como para vacaciones.
El asunto no es disponer de la limosna de unos dólares a precio ridículo, cuya presencia es bastante virtual pues la mayoría de las veces dependen de que la tarjeta de crédito “pase” en el hotel, restaurant o tienda. El asunto es que estamos viviendo “de chiripa” y eso se nota, sobretodo, en nuestra capacidad  para sacarnos este desastre de encima metiéndonos en un teatro del primer mundo: sin boletos aéreos, sin facilidades para tramitar documentos de viaje, sin aeropuertos relativamente cómodos, sin la seguridad de que al pasar por el mostrador de migración no nos darán una sorpresa desagradable; pero, sobre todo, sin saber si amaneceremos vivos en la fecha escrita para aterrizar en Paris, Miami o Roma, ¿Cómo puede ser que el problema sea conseguir una tarjeta de crédito de la Banca Pública con la cual tramitar unos dólares que no existen?
Francamente, si “los camaradas” han tenido éxito en algo, sin duda su logro mayor es habernos convertido en este pueblo de borregos hipnotizados dispuestos a creerse lo bueno, (que es poquísimo) lo  malo y lo peor, saltando de rumor en rumor para fabricarnos derechos que no existen y peligros que no son los que son y luego,  saltarnos a la torera todas las normas y leyes que ellos mismos se inventan.
Por cierto, valga una anécdota para ilustrar “eso” en lo que nos hemos convertido: Alrededor de las tres de la tarde del mismos viernes fatídico, un ex alumno de 18 años de edad, líder de la juventud de un conocido partido de oposición y gente “de muy buen ser” me llamó para ofrecerme las tarjetas de cualquier banco público que yo escogiera por la módica suma de 60 mil bolívares. Según él, disponía de 30 otorgamientos de tarjeta que le habían sido asignados para la venta y a esa hora (apenas 3 o 4 horas después del anuncio de las medidas) tan solo tenía dos, uno de los cuales pensaba vendérmelo a mí, para su desconsuelo.
De verdad, ¿es posible que sigamos convertidos en un bululú de gente con las manos en la cabeza por la-barbaridad-que-nos-hicieron-con-CADIVI (o como sea que se llame bolivarianamente) pero paguemos por una tarjeta de crédito a un muchachito que no sabe alimentarse solo, o es que algún día de estos, por milagro divino, vamos a empezar a comportarnos como gente grande?

lunes, 9 de marzo de 2015

La mala hora

Ha sucedido del mismo modo en que una noche de sueños se torna insoportable por una pesadilla. Para nada de lo que estamos viviendo habíamos sido preparados: de pronto, sin advertencia previa,  los más horribles presagios se hicieron realidad, con cruces. Venezuela es, hoy día, un vasto territorio en guerra. Un vasto lodazal hecho de sangre.
Ya no importa saber quién es el culpable; la obviedad ha hecho innecesario establecer responsabilidades. Las víctimas; es decir, todos, estamos demasiado ocupados en restañar  las  heridas, cuando la suerte quiere que tengamos fuerzas para eso. Lo único que nos importa es evitar formar parte de una estadística. Cada salida de casa, a cualquier hora del día y de la noche requiere una estrategia de sobrevivencia, un adecuado plan para enfrentar el gran imponderable: ¿Cuándo me tocará a mí? Aunque encomendarse a Dios nunca está de más, hacerlo tomando toda clase de precauciones es tarea cotidiana e indispensable del venezolano del siglo XXI. El miedo, esa cosa paralizadora de la que todos hemos abjurado alguna vez, gana con las horas mayores espacios. Somos paranoicos de nosotros mismos y, aun cuando sonreímos anunciando estar muy bien, la verdad es que estamos - vivimos - cercados por una violencia inenarrable.
Lo más probable (no sé de estadísticas) es que un altísimo porcentaje de nosotros haya tenido que "dialogar" alguna vez en estos últimos años con el hierro frio y poco amistoso de una pistola. Lo más probable (sigo negándome a comprender estadísticas) es que todos los habitantes de esta tierra de gracia, tengan en su haber la cicatriz de una ráfaga que, vestida de asquerosa codicia, marcó de dolor la vida propia o la de algún afecto. Las balas que pueblan la patria del siglo XXI, han alcanzado - en el único ejercicio de perfecta democracia que conocemos - a todos los que, incluso, tienen la absurda manía de creerse a salvo; se entiende, esas son  balas disparadas, sin mayor razón, por las manos casi vírgenes de niños que nunca han jugado con algo que les enseñe piedad. Son balas, a veces, disparadas por quienes tienen el deber de cuidarnos; son balas disparadas por quien da la orden y paga al dedo que aprieta el gatillo. En el ex país, no hace falta que tengas un objeto codiciable para recibir un tiro. En ocasiones, con tener 14 años y no estar de acuerdo, basta.
La sangre del venezolano de hoy se licua con lágrimas. En Venezuela, los hombres si lloran. Lo hacen con arrechera y lo hacen, de todos modos, para no reventar de dolor.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Llego la hora, ¿de qué?

Recientemente escuché a un analista político decir que era muy difícil gobernar un país habitado por 30 y pico de millones de politólogos. Esa afirmación me gustó, aunque me gustaría mucho más si cambiáramos el verbo gobernar (una acción que desconocemos en los años actuales) por vivir; una acción más parecida a lo que hacemos los venezolanos del siglo XXI aunque no a plenitud, ni mucho menos. Vivimos más bien a trancas y barrancas y con el credo en la boca, ensartados en una tarea incomprensible a la que llamo politificar. Todo tiene que ver con esto-que-nos-está-pasando. Fieles cultores de esa especie de destino atávico que nos pone a salvo de cualquier responsabilidad, solemos repetir consejas y frases hechas, para justificar la espera colectiva por el "líder" que ponga freno a la rodada; incluso, quienes con su voto contribuyeron la vez primera a instalar al difunto en las alturas, hoy, evidenciado un error que ya era obvio en 1999, esgrimen excusas baladíes para escurrir un bulto que pesa toneladas de culpa.
Esto-que-nos-está-pasando, sin embargo, ya está claro: la luz de los acontecimientos de los últimos días - y lo que nos falta por ver - parece que comienza a arrojar las primeras muestras de acuerdo, si no en el fondo, al menos, sin duda alguna, en las formas. Conceptualmente, digamos, hay una voz colectiva que se oye cada vez con más frecuencia: Dictadura, decimos al unísono los que vivimos diariamente el desasosiego de un miedo que nos impide ahondar en la comprensión de esa palabra malsonante tras la cual se esconden todos los horrores de este mundo. Trujillo, en la remota República Dominicana de los años 40 y 50 se fue a la tumba (de una manera muy sangrienta por cierto) después de haber diseñado numerosos accidentes de tráfico a la medida de sus opositores. Stroessner, en el rural Paraguay de mediados del siglo XX, calló la voz y la vida de los pocos que se atrevieron a hablarle duro, hasta terminar - en el exilio -  con sus propios huesos carcomidos por un cáncer tan aplaudido, como muchas veces negado. Videla, ese general que se hizo con Argentina un sayo, logró hacer desaparecer sin rastro a tanta gente incómoda, que no pasa un día del siglo XXI sin que alguna madre o abuela sureña salga a buscar una pista que la lleve a sus entrañas. Pinochet, aquel mal nacido hijo de un Chile desvastado por el comunismo inútil, dejó para la historia un legado tan oscuro que recordarlo, aun tangencialmente, es tarea que espeluzna y degrada la condición humana. En común tienen un título incomodo, desgraciado, irritante, no para quien lo lleva, sino para quien lo admite: dictadores. Hombres que creyendose predestinados se encubrieron en el poder para onanizar su egolatria. Tienen en comun también su escaso nivel de tolerancia, está usted con ellos o es usted un enemigo que no merece ni el aire que respira. Ponen a disposición de tal intolerancia prácticas oprobiosas como carceles en donde se maltratan cuerpos para ver si se pueden quebrar conciencias o, directamente, muertes accidentales cuyo claro mensaje casi siempre exhibe acuso de recibo y, al lado de tales horrores, el imperio del miedo, eso que algunos de nuestros analistas de peluqueria también llaman sicoterror tal vez porque la palabra se parece mucho a una mazmorra.
Definitivamente no es fácil vivir en medio de tales "circunstancias" pero, mucho menos lo es si, para hacerlo, tenemos que sortear todo tipo de diagnósticos. Vivimos, y eso ya es mucho decir, analizando nuestras desgracias, cuantiosas a no dudarlo, esperando posiblemente que la repetición perversa de todo lo que nos aqueja sirva de conjuro para salir de esto. Sabemos lo que nos sucede. Lo vivimos a diario. Repetimos soluciones que otro tendrá que poner en práctica y tenemos la certeza absoluta de que el otro chapalea en sus equivocaciones.
Pero, ¿qué hacemos nosotros para poner el estropicio a nuestras espaldas? Hace algunos años, en una visita a amigos en Bogotá comenté a uno de mis anfitriones lo mucho que la ciudad había cambiado. Victima por muchos años de las más terribles atrocidades, Santa Fe de Bogotá representó uno de los periodos más atroces de la historia reciente latinoamericana, vivir en esa hermosa capital significaba exponerse diariamente a volar por los aires despedazado por los efectos de un atentado terrorista o pasar algunos meses a la sombra en manos de profesionales del secuestro. Visitar Bogotá no era una opción y el mundo lo comprendió al conocer una de las mayores diásporas del siglo XX. Parecía que un día cualquiera la capital de Colombia se convertiría en pueblo fantasma. Poco a poco la ciudad (y con ella otras, emblemáticas del mal vivir y el desasosiego, como Medellín por ejemplo) comenzaron a limpiar su faz. Por supuesto que fue difícil, es más, por supuesto que la ciudad necesitó enfrentar terribles dolores en ese proceso de cambio; pero, hoy, a pesar de los pesares, la cara que exhibe es fascinante. Aun cuando sigamos pensando que sus políticos y sus dirigentes son "más de lo mismo" (mal endémico del continente) tenemos que admitir que Santa Fe de Bogotá es una ciudad repleta de bondades. Haciendo esa reflexión con mi amigo Juan Camilo, un escritor más bogotano que el ajiaco, él se aventuró una teoría que diariamente resuena en mis oídos
-          "Yo creo, me dijo mientras caminábamos por La Candelaria, que los bogotanos nos hartamos de tanta desgracia y cada uno, desde su trinchera, decidió vivir bien; a los golpes recibidos, poco a poco comenzamos a responder haciendo de esta ciudad el lugar en el que queríamos vivir"
No sé si Juan Camilo tiene razón o no pues dicho de ese modo suena demasiado sencillo, cualidad que no suelen tener situaciones tan tremendas como el infortunio que afrontamos nosotros; pero, darle por lo menos el beneficio de la duda, a mí personalmente me parece posible. ¿Qué estás haciendo tú para responder a los golpes haciendo de tu ciudad el lugar en el que quieres vivir? ¿Has pensado que realmente, el país, ese lugar más o menos idílico que significa patria entre otras cosas, empieza en el portal de tu edificio? ¿Qué has hecho, además de quejarte amargamente, para construir el futuro?
Estemos claros en algo: podemos lograr un cambio en las estructuras políticas que nos han sumido en este caos, eso no es imposible; pero, eso no es otra cosa que un intento, posiblemente cuesta arriba de comenzar a pensar el futuro. La cotidianidad no va a mejorar, por arte de magia, el día que logremos reinstaurar la democracia; es más, cuidado y empeora.
De modo que aquí estoy, apesadumbrado, lleno de miedos, imposibilitado de ver más allá de mi postigo, proponiendo formalmente que comencemos a alternar espacios. Es muy bueno tener la valentía de alzarle la voz al régimen, convertirse en arte y parte de un proceso electoral o dejar la vanidad en casa para ponerte unas horas bajo el sol a sostener una pancarta; pero, si después de hacerlo orinamos en la avenida porque nos estamos cayendo a palos en la puerta de un edificio cualquiera, no estamos haciendo nada por esa cosa inasible que todos llaman "mi patria".
Yo estoy seguro que se puede. Es solo cuestión de intentarlo: el día que comprendamos que una ciudad limpia, bonita, con habitantes que son amables y se respetan entre sí y con espacios donde lo que vale es la gratificación de los sentidos y la buena conversación, comprenderemos también que no somos una recua de ganado y habremos comenzado a recuperar, verdaderamente, la dignidad perdida. Créanmelo, a un pueblo que se sostenga sobre las piernas de su propia dignidad, no hay dictador ni reyezuelo que lo doblegue.

domingo, 15 de febrero de 2015

Mi otra primera vez

Tengo que confesar que a pesar de mis cabellos blancos, me encanta (y me llevo bien con) la tecnología. Me gustan los aparaticos que hacen la vida fácil, sobre todo los que sirven para mantenernos tanto informados como comunicados. Soy fanático de Internet al punto de no entender como habíamos vivido "felices" antes de la aparición de lo que considero el mejor invento de mi tiempo.
Tal vez por esa razón es que me atreví a debutar en el universo de las colas. Alguien me informó que en una nueva tienda estaban vendiendo tablets a excelente precio. En realidad no necesito una; pero, la idea de actualizar mis gadgets es tan atractiva, que sucumbí a la opción de pasar la mañana del asueto de viernes de feria, haciendo la cola para adquirir una. En este momento, perfecto mediodía merideño, estoy cumpliendo con el modus vivendi del venezolano del siglo XXI: la compra controlada.
En clara contradicción con toda la lógica de mercado que impera desde que el hombre es hombre, comprar, en esta tierra de gracia, se ha convertido en una perfecta odisea: no se  va de compras por el placer de buscar alguna cosa que quieres tener,  por el mero gusto de tener, sino que aprovechas, a trochas y mochas, la oportunidad que a modo dádiva te ofrece el omnipotente estado, dueño de casi todo lo que el ciudadano de a pie anhela poseer.
Cierto que dicho de esa forma estoy haciendo una antipática apología del consumo, cosa que muy probablemente está lo más reñido con mi crecimiento espiritual y el ascenso a los cielos; pero, yo no puedo fácilmente desprenderme del hábito pitiyanqui de comprar lo que quiera, cuando quiera, en los vericuetos divertidos de la oferta y la demanda. Seguro estoy, además, que tan mala costumbre la comparte un inmenso número de compatriotas. Quizás por ellos hablo.
Empezó, hace relativamente poco tiempo, como un rumor inofensivo comentado en familia, "está haciéndose difícil conseguir tal o cual cosa" comenzamos pues, a sustituir primero los ingredientes de nuestra comida para, poco a poco, cambiar también el menú diario. La repentina escasez de azúcar, por ejemplo, se suple con papelón (que además es más sano, nos consolamos) y la inexplicable ausencia de otras cosas, nos dio excusas para una creatividad insospechada. Hasta que la oscuridad se adueño de los anaqueles. No es solo la inexistencia de insumos tan básicos como el papel higiénico, es que el cerco del no hay, se instaló en nuestra cotidianidad de consumidores penantes. Un dolor de cabeza se resuelve con técnicas chamánicas pues no se pueden comprar analgésicos y algunos muy lamentables casos de enfermedades graves (cuya suerte habría sido muy otra) se han resuelto en la funeraria, debido a la imposibilidad de obtener el tratamiento adecuado. Situaciones menos extremas se convierten en temas de vida o muerte y tras cada producto que no llega a las tiendas, un inmenso mercado negro acaba nuestras menguadas economías.
La respuesta, entonces, ha sido apretar la tuerca de los controles, con la vana esperanza, supongo, de convencernos a abandonar la compra. El nuevo comerciante venezolano ya no tiene como meta vender sus mercancías. Pretende mantenerlas en algún depósito oculto hasta que la cuerda de sus controladores reviente por el delgado lado de los precios, o se "esfuerza" en lograr una distribución “equitativa” de su escasa mercadería para no meterse en líos con el gigante que parece vigilarlo en todas las esquinas de su tienda. Al hacerlo, traslada al cliente las normas absurdas que se le imponen junto a precios ridículos y márgenes de ganancia que no permiten ni el pago del alquiler del local. Por ejemplo: durante la hora larga que he permanecido en esta cola, cuatro empleados de la tienda, en cuatro oportunidades distintas, han salido a recordarnos las dificultades que probablemente encontremos para comprar la tablet (regulada a un precio estúpidamente barato). De tales dificultades - muchas y muy variadas - una en particular me llama poderosamente la atención: no está permitido pagar el importe del aparato en efectivo. Una norma que en realidad es una medida en contra de los empleados de la tienda y que ellos aceptan sin darse cuenta de lo que realmente significa: El dueño, (o quien quiera que cumpla sus funciones, pues ya sabemos que en esta nueva Venezuela, los dueños verdaderos de una tienda que se permita vender electrodomésticos  a precios de risa, no son nunca los que aparentan, sino los que son) simplemente piensa que sus empleados lo van a robar, los empleados aceptan ser tratados como ladrones y todos felices. Hace mucho rato que la honestidad dejo de ser una virtud que se defiende; en el fondo, todos sabemos que puestos en el trance de hacerlo, seguramente dispondremos de lo ajeno para completar nuestras arcas. Fuera de esa vistosa nimiedad, la antipatía, el mal trato, la seguridad odiosa de que el poder más pequeño de todos reside en las manos del vendedor y, lo peor, la incertidumbre de no saber si, en el último minuto, alguna disposición surgida de la nada te impedirá comprar lo que en otras circunstancias solo sería un trámite de menos de 10 minutos, redondea mi odisea mañanera.
Permanezco estoicamente en una fila llena de muchachos clase media alta que visten zapatos Clark y hablan de lo mucho que a sus padres les ha costado comprar una camioneta de alta gama (tres de ellos comparan las comisiones pagadas al distribuidor del vehículo por excelencia del venezolano siglo XXI y, la verdad, es que me parecen cantidades tan inverosímiles que agradezco a Dios por mi desvencijado Tempra del siglo pasado) Sin embargo, la aparente frivolidad del momento puede compararse a las colas de amas de casa despeinadas y sudorosas en procura de pañales para sus hijos o un par de kilos de detergente. El único interés es conseguir el producto que el estado omnipotente pone en sus manos a precios de ganga. Hoy es una tablet, mañana  una lavadora, quizás después un automóvil.  La urgencia de comprar mantiene un país entero ocupado en sus penurias, calculando las ganancias que se derivan de su mendicidad.
La Harina PAN y la margarina que hace meses se convirtió en artículo de lujo o moneda de trueque mendicante, aparecerá mañana en otra cola y será bendita. Entre tanto, terminaremos de olvidar los tiempos en que las cosas estaban allí, en el anaquel de la tienda, para que fueran compradas por quien pudiera pagarlas, resabios malditos de un capitalismo imperial que hoy se conoce como guerra económica y no tiene mayor asidero que la ignorancia resignada de un gentilicio que vive con la mano extendida y se conoce, en las altas esferas, como el hombre nuevo del siglo XXI. Salud, pues.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Ellos, los tremendistas...

Por más que uno haga serios intentos por evitar ser consumido, en su tiempo y energías, por esta vorágine peligrosa que conocemos como gobierno bolivariano (sea lo que sea lo que implique tal concepto) en Venezuela, es totalmente imposible darle la espalda al viacrucis e intentar normalidades parecidas a lo que conocíamos por vida hace apenas 16 años (complicada, está bien, pero con temas de conversación mucho más amenos, no me dirá usted que no)
Desde que Dios echa la luz del día - agradezco no refutarme esa afirmación dado que, tal como vamos, aquí la luz de cada amanecer tiene obligatoriamente que ser obra de algún Dios - cualquier venezolano de los de aquí,  tiene como tarea primordial prepararse para vivir lo que las siguientes horas pueda depararle. Aclaro que con lo anterior no estoy refiriéndome a la posibilidad (certera) de pasar el susto de su vida a manos de un malandro, o abrir la alacena para descubrir que "el mejor desayuno del mundo" (arepas con queso frito y mantequilla)  se ha convertido en galletas con café cerrero, gracias al milagro económico del desabastecimiento socialista; no, eso ya se convirtió en parte del así somos, viene adosado al gentilicio. Estoy haciendo alusión cuando digo prepararse, a descubrir, redes sociales mediante, la nueva declaración efectista de alguno de nuestros jerarcas. Es increíble. Cierto que decir babosadas es una obligación de todo político que se precie, sea de nuestro bando o no; pero, el tremendismo que los rojos de nuestro patio insisten en cultivar, tendría que ser objeto de estudio.
Frases abiertamente erradas, equivocaciones de juicio, pifias conceptuales, tropezones geográficos, redundancias, insultos y expresiones descalificadoras, han sido - y son - el léxico instituido por el difunto para convencernos de lo poco que valemos como sociedad y lo mucho que necesitamos la mano redentora de sus ungidos. Peligrosamente, a todas esas expresiones nos hemos ido acostumbrando y, de todas, hemos hecho infinidad de chistes que, inconscientemente, nos han persuadido de que somos majunches, escuálidos, hijos de papá y mamá (bueno, eso literalmente sí que lo somos) padecemos alguna tara genética y/o peor aún, necesitamos odiarnos entre nosotros para resurgir desde el odio o algo así. Ya ese daño está hecho. Algún día (ojalá pase algo que los borre de pronto) restituiremos la perdida convivencia. Lo que no se si podremos superar son las explicaciones que insisten en darle a esta crisis que se agiganta con las horas, o las ideas brillantes expresadas por los voceros del régimen para sacarnos de abajo.
Si para nuestra desgracia ya son históricas expresiones tales como "las colas en los supermercados se deben a que el venezolano tiene mayor poder adquisitivo" (o las variadas versiones que nos convierten en muertos de hambre recuperados por las bondades del comunismo)  la tranquilidad que produce saber que tales expresiones no son otra cosa que pataletas de ahogado, empieza a desvanecerse ante cada nueva arremetida.
Ha sucedido en un sinfín de ocasiones. Es como si "gobernar" en el transcurrir del siglo XXI en estas latitudes fuera, única y exclusivamente, un desafortunado ejercicio dialéctico. Nos han amenazado, nos han regañado, nos han modificado nuestra manera de conocer las cosas, nos han prometido una inmensa cantidad de felicidades inútiles y, lo más grave, nos han inventado las soluciones más disparatadas para los gravísimos problemas de nuestra cotidianidad. Un día cualquiera aseguran, a los cuatro vientos, sin mover un musculo de la cara, que si no hay pasajes aéreos es porque las líneas aéreas han desviado intencionalmente los vuelos regulares para atender la demanda generada, por ejemplo, por el último mundial de futbol y, con el mismo gesto, aseguran vociferantes que no son verdad las largas colas que se forman delante de cualquier expendio de alimentos del país, para, más tarde, anunciar que nuestros problemas se resuelven dejando a los niños sin escuela, para convertirlos en pequeños campesinos a cargo de la producción de lo que comemos. Lo sueltan, mas a siniestra que a diestra, y siguen tan lisos, excavando en la mina particular en que han convertido esta tierra, sin que gesto alguno delate remordimiento de conciencia.
Ellos sueltan su sarta de disparates, de los que pocas veces llegan a realizar uno en concreto, y nosotros escuchamos dándoles, mal que nos pese, el completo derecho a hacerlo; después de todo, si usted no está en una cola o en algún sitio público, (la televisión no cuenta, es de ellos) se supone que cada venezolano puede expresar su opinión. Es decir, cada venezolano, ellos incluidos, puede decir misa, si tiene quien se la oiga; pues bien, con ese dicho castizo tan propio de mis tías merideñas, nosotros nos instalamos en el centro del problema; resulta, para nuestro pesar, que ellos tienen quien se las oiga: ni más ni menos que TODOS los venezolanos, quienes los adversan y los poquitos que los apoyan. Con semejante auditorio, tener un verbo efectista (materia en la que son aventajados) es no solo fácil, también muy conveniente. Sería bueno hacer, por pocos instantes, el ejercicio de no escucharlos o por lo menos, de darles la espalda y no repetir con tanta intensidad cada palabra desafortunada que sale de sus bocas; como la famosa frase aquella, de contenido religioso que no pienso repetir aquí, porque nos convirtió a todos en majaderos reproductores de un mensaje sin ningún sentido, posiblemente dicho con la marcada intención de disfrazar la vacuidad de un momento en el que el país nacional, exigía cuentas claras y chocolate espeso.
Yo estoy seguro que se puede hablar de otra cosa. Que nuestras cenas y encuentros con amigos no tienen, obligatoriamente, que ser ocasiones para repetir una vez y otra las anécdotas no siempre ciertas que ilustran los desaguisados de los camaradas. No solo estoy seguro, creo que es menester hacerlo para empezar a acostumbrarnos. De no hacerlo, corremos el riesgo de no saber que hablaremos el día (no muy lejano, esperamos) en que por fin se acabe esto-que-nos-está-pasando.

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