jueves, 12 de noviembre de 2015

Noticias ¿urgentes?

Lo más fácil es suponer que nosotros, realmente, queremos que pase algo. Algo, alguna cosa que nos sacuda, algún 11 de septiembre tropical, alguna gran hecatombe.  Algo que nos lleve al límite, que nos obligue a replantearnos la vida o al menos a intentar recomenzarla. Algo. Yo no sé qué. Pero, algo.
Tiene que ser eso. Tiene que ser esa, la razón detrás de la proliferación de noticias, exageradas, adornadas, increíbles,  cuyo único fin es anunciar a gritos una de estas dos cosas: la caída estrepitosa del capo de los ojos lindos y / o la del señor que dice ser el que lleva las riendas del gobierno. Aun más atractiva que esta última, la caída de ojitos lindos, es sin duda alguna, aquello con lo que estamos más empecinados.  De él, nefasto personaje de estos años bolivarianos, suponemos tal cantidad de cosas que presagiar su caída, es lo que más sencillo vemos. En alguna parte de nuestro inconsciente reposa el convencimiento de que, todo lo que tenemos años repitiendo sobre ese señor ha de confirmarse y entonces, él, cumplirá la penitencia que le sea impuesta y nosotros, otra vez, bailaremos un derrumbe. ¿Es eso el algo que está a punto de suceder? Yo creo que no, pero hablaremos de eso otro día. Hoy me provoca centrarme en “las noticias”.
Yo creo que es culpa de Telemundo, más específicamente de una insólita señora a quien llaman la Dra. Polo, mezcla de Señorita Laura y Nancy Grace, que conduce uno de esos reality shows parecido al que originó a Primero Justicia. El programa de la Dra. Polo, por cierto, estuvo hace poco encabezando uno de los famosos titulares “bomba” a los que nos hemos hechos tan afectos debido a que, en una de sus emisiones, probablemente participó uno de los incontables “testaferros” del régimen, quien en un desliz (cosas de novatos, bueno sea decirlo) se le salió una asombrosa confesión mil millonaria de la que nos hicimos inmediato eco, gracias a la inefabilidad de las redes sociales, sin las cuales estar informado, en Venezuela,  sería imposible. Existiendo, como existe,  un cerco impenetrable frente a la prensa más o menos libre de la que disfrutamos durante toda nuestra vida, viviríamos en Narnia, de no ser porque a un buen grupo de gringos enemigos se les ocurrió la genial idea de conectarnos aun mas, gracias a ese fenómeno extraordinario de comunicación instantánea. Fenómeno que, por cierto, ha sido utilizado de muchas maneras por quienes han necesitado servirse de su eficacia. Se dice, y es el ejemplo más socorrido de la historia, que sin Twitter, la primavera árabe habría marchitado sus intentos antes de dar a luz resultados tan esperanzadores como lo que dio.
En estos lares, sin embargo, todavía no llegamos a tanto. Hasta ahora, las redes solo nos han servido para propagar rumores, la mayoría de las veces sin fundamento alguno, y para relatar noticias, que transferimos de red en red, sin constatar ni verificar, pensando que con ello hacemos labor de patria. Tenemos años en eso, no estoy diciendo nada que sea particularmente llamativo; lo que sucede es que en los últimos tiempos (errores gramaticales incluidos) los llamados “bombazos” bien podrían tratarse del último desnudo de Diosa Canales, cosa que dicho sea de paso, ya seguramente no impresiona a nadie.  Me ha dado por pensar que existe una plantilla de diseño, creada seguramente por los herederos de GRAVEUCA, en la que a todo color, letras casi siempre rojas y amarillas, se anuncia el descalabro del momento: es decir, el descubrimiento – cierto o no – de alguna nueva tropelía, que esta vez sí, pondrá en aprietos insalvables a los camaradas, provocando su derrumbe. Los vemos todos los días, sobre todo en Facebook. Están perfectamente diseñados para causar asombro, o por lo menos para no pasar desapercibidos. Hablan de (en este orden de importancia) fraude electoral, narco tráfico e historias, más o menos verosímiles, de corrupción ligada a alguna forma de inmoralidad. Cada cierto tiempo, las declaraciones desafortunadas de algún  jerarca de segunda, ponen un matiz distractivo en el que, la guinda del postre la pone siempre un error de léxico del señor que dice llevar las riendas del gobierno. Punto. A eso se ha reducido nuestro tour de force informativo. Diariamente y con entusiasmo, leemos, copiamos, compartimos y comentamos cualquiera de esos recuadritos francamente odiosos que presagian a full color un fin que nunca llega. A veces, como ha sucedido en los últimos días, la emoción de estar al borde de un desastre natural, hace que nos apropiemos de imágenes ajenas para ilustrar los daños catastróficos causados por una sucesión de temblores, que apenas tumbaron un par de metros de la vieja tapia del viejo cementerio de Chiguará en Mérida; así, de noticia en noticia hacemos camino para que en cualquier momento – lo más pronto posible - suceda algo que nos saque de  la modorra producida por un mal sueño que lleva ya 17 años.
Lo cierto, no obstante, es que – lamentablemente - ni siquiera hoy, día en que una noticia realmente estremecedora (tan mala como buena, según se mire) parece abrirle un interesante capitulo a esta historia, somos capaces de contener la manía de repetir -  exagerando - todo lo que nos llega a alguno de los quinientos grupos Whatsapp a que pertenecemos, sin movernos del sofá, soltar el Smartphone y hacer efectivamente algo que haga que a nosotros todos, nos pase algo. Algo bueno, es menester decirlo.  Es cierto que lo más fácil es querer que un evento, de cualquier naturaleza, nos zarandee; lo que no terminamos de entender es que, para lograrlo, tendríamos que poner el mayor de nuestros esfuerzos, abandonar el celu, aparcar un poco el buen humor del venezolano, parar de repetir todas esas chorradas que hablan - con musiquita de fondo - de lo bello que es todo lo que agarra el ojo, desde el sofá en que repetimos la ultima frivolidad del día,  y paremos de preguntar ¿hasta cuándo, Dios mío? cada vez que un nuevo zarpazo nos agrede; pues, entre otras cosas, ya Dios mío se ocupó – desde Cuba - de hacernos el milagrito hace exactamente dos años y ocho meses.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Hablemos de humillaciones...

Su salud, deteriorada por la insidia de la enfermedad que se ceba en la vejez, había empezado a presagiar el final. Sabíamos, porque todos cargamos con la desafortunada experiencia de la despedida, que al último suspiro no le faltaba demasiado tiempo para materializarse. Aun así, la familia, con sus hijos a la cabeza, echaba por tierra el mito de la preparación. Es mentira, nadie se prepara para dejar de ver a su madre para siempre. Por eso, la lucha contra la enfermedad no conoce cansancios. Somos así y probablemente estemos equivocados, está inscrito en nuestro ADN: No nos dejamos arrebatar los nuestros, sin plantarle cara al infortunio con intención de doblarle la mano, cuando el infortunio nos lo permite.
Antes de la enfermedad, Tía Josefa era una mujer de muchos quilates. Divertida, ocurrente, empeñada. Adeca, como muy pocas; católica inquebrantable, buenamoza y entrañable amiga. De las de antes. Tía Josefa, por encima del estrecho vinculo consanguíneo que la unía a mi madre, fue su amiga incondicional. Su compañera de muchas penas y su pana de miles de alegrías. La casa de Tía Josefa era la casa de nuestras Nocheviejas y era, también, la casa de muchas tardes de domingo conversado, de muchas celebraciones improvisadas y de muchas Paraduras de Niño. Tía Josefa tenía manos prodigiosas, ojos expresivos, buen gusto y una risa grande que resonaba sus pasos. Tenía, asimismo, el genio atravesado de las mujeres de mi familia; pero, lo exhibía poco. Prefería reír nuestros cuentos y escuchar alborozada los chistes de mi madre.
Después, fue vejez y desazones y, aunque poco vivimos sus pesares, los de afuera sabíamos de ellos pues encontrábamos mecanismos para no forzarnos a romper el pudor con que las mujeres andinas protegen las miserias de la mala hora. También, y como no, porque para muchos de nosotros, se trataba de revivir un dolor de los que no se repiten. Sin estarlo, estuvimos cerca en una periferia amorosa, hasta que llegó el momento de su destino en esta Venezuela que golpea y fustiga a su gente de bien. En este país desalmado de humillaciones.
La Tía se puso mala, muy mala, en algún momento de la noche del miércoles pasado. Incapaz de identificar por sí misma la índole de sus dolencias, mi tía recibió una primera evaluación médica cuyos resultados fueron muy preocupantes. Sus hijos, entonces, decidieron lo que cualquier persona normal decide ante ese trance: llevarla a una clínica. Nadie pensó en lo mucho que eso tiene de viacrucis. Contratada la ambulancia y preparado el auxilio médico, Josefa fue trasladada a la clínica de siempre, la que escogemos los merideños por simple descarte. Allí se dictaminó que, sin más demora, la enferma requería terapia intensiva, una facilidad que, aunque existente, se encontraba impedida de recibirla. Fue entonces transferida a otra clínica y de esa a otra, y de esa, también, a otra. No era un problema de dinero. Era un problema de carencias, de camas llenas, de medicinas que no nos despacharon, de insumos que se terminaron hace semanas. Era un problema de esto-que-nos-está-pasando.
Pasadas las horas - y sin solución en el horizonte - a una de mis primas le recomendaron acudir al hospital público, debido básicamente a que allí se cuenta con una unidad de cuidados intensivos que ha sido reinaugurada varias veces, con gran fanfarria. Allá llegaron, con su madre moribunda, mis primos. Allá fueron recibidos por el país en emergencia y una funcionaria en plan de proteger el legado.
A mi tía no pasaron de darle engañifas de vida y un peloteo hospitalario que reconocía la urgencia de cuidados intensivos; pero, no terminaba de proceder en consecuencia. Es probable que esos minutos perdidos en burocracia (¿o fueron horas?) hayan sido determinantes. No lo sé. Lo cierto es que en algún momento de la madrugada la funcionaria de bata blanca, seguramente egresada de alguna universidad venezolana, informó a los hijos de mi tía - aquí entre nos - que el ingreso a la Unidad de Cuidados Intensivos sería mucho más expedito si mediaba "una palanca chavista". Si, así, tal cual.
Nadie de la familia podía parir en ese momento (y quizás tampoco más tarde) una palanca del color que la funcionaria de bata blanca exigía. Mi tía, en un pasillo adyacente a la UCI, languidecía mientras se intentaban diligencias vanas.
Casi al amanecer y sin que un poquito de pudor acompañara su tránsito, en ese pasillo en el que habían ido a parar sus huesos, Tía Josefa murió.
Puedo jurar, entonces, que el llanto inconsolable que acompañó a mis primos en las horas siguientes, sin duda, tuvo tanto que ver con el dolor de la perdida como con verificar, con hechos, cuanto nos odian aquellos que están puestos allí para cuidarnos.

miércoles, 14 de octubre de 2015

La feria de los espejitos


Antes de las siete de la mañana mi teléfono se encontraba lleno de fotografías: los taxis de la ciudad, cumpliendo con lo anunciado un par de días antes, habían obstruido todos los accesos de la ciudad. Por algún motivo, que aun nadie ha osado explicar,  tampoco prestaba servicio alguno de los servicios "alternativos" de transporte público. Moverse dentro de Mérida, ayer en la mañana, era casi una tarea imposible. Los bancos, las panaderías, los abastos, los comercios en general, o estaban cerrados o hacían gala de una lentitud impresionante, debido a la ausencia de empleados impedidos de asistir a cumplir con sus obligaciones por no disponer de medios para ello. Muchos merideños decidimos estacionar nuestros autos y salvar, a pie, la distancia que nos separara de las cosas impostergables. De alguna manera, la ciudad era un caos. Un caos muy particular, muy con ese estilo bonachón que cada vez es más propio de esto-que-nos-está-pasando. Resignados, convencidos de que hace falta, resueltos a resolver como sea y con el chiste - desafortunado - a flor de labios, los merideños enfrentamos una jornada más de protesta, con el estoicismo que nos distingue.
¿Qué sucedió en Mérida el 13 de octubre? Muy sencillo: cansados de los robos, de la dificultad para conseguir repuestos; cansados de un largo etcétera;  pero, sobre todo, cansados  de la ausencia de respuestas, los taxistas salieron a la calle, no a trabajar, como es su diaria costumbre. No. Salieron a reclamar el derecho que tienen a vivir en paz. Un derecho que, por cierto, es universal y debería tener la misma importancia para usted que me lee, para el taxista que vive en la casa del lado y para mí, que me quejo. Lo hicieron en silencio, sin violencia, sin consignas, a cara lavada, vistiendo el uniforme diario que los identifica. Salieron, de ellos mismos, a ejercer un derecho, el de la protesta, para exigir un derecho: el de trabajar y vivir en paz. Se apostaron en todas las esquinas que permiten el libre tránsito de una ciudad en la que "libre tránsito" es una mala palabra y colapsaron el pueblo, completamente.
Quizás porque yo estoy rodeado de personas no muy complacientes con el oficialismo, a medida que avanzaba la mañana solo escuchaba voces de aplauso y expresiones de satisfacción. El "trancazo" estaba teniendo éxito. Por ahí circuló el rumor de que los estudiantes de la ULA se unirían y también otros gremios que, por suerte, no llegaron a complicar la cosa. Unos cuantos desadaptados, de esos que se cuelan hasta en una visita papal, quemaron unos cauchos y, por supuesto, twitter reventó de infundios.
Resulta que todo el mundo tiene un amigo taxista, de modo que todo el mundo tuvo información privilegiada a lo largo de la mañana. Alguna se viralizó. La más importante solicitud de los atrincherados era que el gobernador del estado los recibiera para establecer una mesa de diálogo que buscara resolver sus más afanosos problemas; mesa que, por cierto, se estuvo anunciando desde las 9 30 am y se dio -con cierta formalidad - al final de la jornada. Entonces, vimos como una vez más, un colectivo en apariencia aguerrido, claudicaba ante la feria de los espejitos: a las dos de la tarde, terminó una acción de protesta que, como ejemplo de demostración de fuerza de la sociedad civil organizada, fue excelentemente producida y llevada a cabo. De verdad, impresionaba esa sensación de éxito y de “resteo” con el país,  hasta que nos enteramos de los resultados: la famosa mesa de operaciones se había instalado y, por supuesto, el gobernador del estado había ofrecido a los taxistas,  ni más ni menos,  que el cielo y la tierra: casas, autos, talleres mecánicos solo para taxistas, repuestos, proveedurías, misiones y el largo etcétera que suelen ofrecer ellos cuando, cual marido descubierto en falta, se ven forzados a hacer las paces. En concreto, 10 taxis que han sido robados en las últimas semanas serán restablecidos, de manera gratuita, en los próximos días, gracias a unos vehículos que están guardados en alguna parte de Mérida (hay fotos) y que nadie sabe que hacen allí, cuando hay un mogote de personas desesperadas por comprar un auto nuevo, aunque sea chino. Listo. Eso resolvió el problema. Una ciudad entera colapsó su vida con agrado,  para que diez choferes de taxi recuperaran, mediante un acto aberrante de populismo, los vehículos que les han robado y que - Dios no lo quiera -  seguramente les volverán a robar en algunos meses. Punto. El régimen, minutos antes en la picota, logró ponerlos a su lado (esperemos que no en votos) gracias a promesas que todos sabemos vanas. No hay manera de construir casas para los taxistas, no hay manera de adecuar el “parque automotor” de los taxistas, no hay manera de conseguir repuestos automotrices a buen precio para ellos. Pero, hay más, si descubren el modo de lograr tales objetivos (entre los cuales figura un disparate tal como crear un taller mecánico de última tecnología, que les preste servicio solo a los taxistas de manera cooperativa) entonces, una vez mas, el gobierno estará cometiendo un imperdonable acto de discriminación, en complicidad con quienes en la mañana de ayer recibieron el apoyo  y el aplauso de una ciudad entera. Una ciudad que los mantiene y a quienes ellos voltearon su espalda al obtener SUS reivindicaciones.  Por todo lo demás, que los asaltos y la precariedad nos ataque a nosotros, los que casi nunca requerimos el auxilio de un taxi.
Había salido sin mi auto pues imaginaba que transitar en esta ciudad difícil, era tarea imposible. Para regresar a mi casa abordé un taxi; su chofer regresaba del “trancón” decepcionado (siempre me toca a mí) Entre otras cosas me contó que los diez carros ofrecidos, en su opinión - basada en hechos sucedidos anteriormente - seguramente irán a parar manos de los esposos, novios o arrebiates de las empleadas de la gobernación. Dijo otras cosas, pero prefiero no repetirlas para evitar que el desespero cunda, me basta con decir que ese chofer estaba de acuerdo conmigo en todas las cosas que he mencionado, siendo arte y parte.
Entré a mi casa, me asomé a la terraza para ver a aquel taxista alejarse bajando la  montaña. No pude evitar recordar aquel viejo verso que aprendí en mi infancia, “nos dieron a libar hiel y veneno, veneno y hiel en recompensa damos”. Entonces, me desilusionó horrores la famosa  #TrancaenMerida…

domingo, 27 de septiembre de 2015

Daniel, o lo que no se debe vivir a los 12 años

Como a la mayoría de los niños de su edad, a Daniel "le gusta el rio, jugar al futbol y estar ausente". Le gusta su abuela también. Mucho. Esa es la razón por la que mantiene, a pesar de los pesares, una línea permanentemente abierta con este pedazo de sol en el que abue y él se enseñan mutuamente a ser adultos. A lo mejor también por el futbol, qué aquí puede jugar a cualquier hora, Daniel hace maletas todos los años para aprovechar el verano, escapando de los rigores climáticos escandinavos. Para todos, es ganancia. Cada vez está más cerca el día en que, con una mochila al hombro, los veranos de Daniel sirvan para mandarle emoticones de amor a su abuela desde los rincones más exóticos del mundo.
La madre de Daniel vive en un pueblo de Suecia desde hace un montón de años, entregada a una orgiástica sucesión de estudios y especializaciones que la ponen cada vez más lejos del regreso a esto. Abue, no solo lo sabe, la apoya con el corazón arrugado de saberse cabeza de una familia skype compuesta por tres: ella, la hija brillante (a quien salir tiene) y el nieto bañado de virtudes. Ni modo. Lo único innegociable, es su placer a ejercer de abuela, a tiempo completo, por lo menos una vez al año, llueve truene o relampaguee.
La familia extendida de Daniel somos nosotros, una red vasta y variopinta de amigos a quienes Daniel saluda con cariño y por su nombre cada vez que nos visita, pues su abuela (una mujer gregaria y maravillosa a quien veo como mi familia) nos regala su alegría por la llegada del nieto, haciéndonos vivir cada uno de los días que Daniel pasa entre nosotros, como el gran evento que es. Esta vez, por ejemplo, hicimos con Daniel una Primera Comunión sin prosopopeyas de pueblo, que celebramos con arepas de pernil y una caimanera y vivimos,  también, minuto a minuto, su epopeya, que es normal en estos tiempos de guerra y que, a pesar del final feliz, nos dejó un regusto ocre y produjo un susto horrible, al otro lado del océano, a una mamá que nunca imaginó el inmerecido mal rato al que sometieron a su niño cuando regresaba a casa y al cole.
Resulta que Daniel nació en Suecia. Sus padres, los dos, son venezolanos. Daniel es sueco en Suecia, pero su vida es venezolana fuera y dentro de Venezuela, aunque haya renunciado a tener papeles venezolanos debido a la ineficiencia de nuestro servicio exterior y le toque enfrentar la frontera armado de un pasaporte sueco en el que abundan sellos y visados convenientemente bolivarianos.
Aun cuando un ciudadano sueco no necesita visa para entrar a Venezuela, Daniel, por sacarle jugo a los días con los suyos, necesitó extender el permiso de estadía en Venezuela que le otorgaron el día de su llegada; ese trámite lo hizo su abuela en el momento indicado, pagando lo que tenía que pagar y consignando todas las fotocopias que debía consignar en un proceso que, por cierto, dejó al niño indocumentado por tres semanas. A pesar de lo difícil que puede ser poner en vocablos oficiales el "me quiero (y puedo) quedar con mi abue un par de semanas más e ir unos días con mi papá para la playa porque me provoca hartarme de empanadas de cazón y recoger chipichipis" las autoridades comprendieron la "justificación de motivos" y otorgaron una prórroga que se vence en Noviembre.
Daniel intentó salir mucho antes; es más Daniel escasamente utilizó un par de semanas de la prórroga (si, las dos de Margarita y las empanadas) a tiempo se fue para el aeropuerto a agarrar un avión que lo devolviera a Suecia, vía Madrid, donde lo esperaba su madre. Ahí, se les acabó a todos el cuatro en el corazón: Cuando en inmigración vieron que el chamo tenia aquí más de tres meses, le exigieron un permiso apostillado, firmado por su mamá que autorizara su regreso a casa, aun cuando ese trámite de salida sucedía en presencia del papá, quien tiene la doble nacionalidad sueca/venezolana y ninguna intención de hacerle daño a su hijo.
No hubo manera. Ese jueves, Daniel perdió el vuelo de Conviasa que lo llevaría a Madrid, la madre, el dinero que había presupuestado para recibirlo en Barajas y  emprender vuelo (low cost) a Estocolmo y todos, ella la primera por supuesto, los nervios y la paciencia. La razón, absurda, era de simpleza burocrática: si el niño (venezolano de origen) había extendido su tiempo en Venezuela, los permisos firmados por la madre en embajadas escandinavas QUE NO TENIAN FECHA DE VENCIMIENTO, ya no eran válidos. De ahí se agarraron los intransigentes oficiales de la puerta de salida de nuestra gran frontera cinética para amargarle la vida a Daniel, presa de un ataque de pánico idéntico al de un culpable que no ha cometido delito.
Así comenzó el viacrucis. La embajada Venezolana en Madrid negó el permiso porque el niño es sueco. La Embajada Sueca se interesó, pero exigió una "nota formal" de la Embajada Venezolana, la embajada Venezolana se negó a emitir la nota y le cerró - literalmente - la puerta en la nariz a la madre desesperada. El Consulado Venezolano evitó toda participación en el asunto "porque el niño es sueco" y las cosas se empezaron a complicar sin remedio. Entre tanto, todos los días Daniel y su papá bajaban a Maiquetía para diligencias cada vez más desoladoras. Era como hablar con una pared. Pasados seis días los counters de emigración se mantenían cerrados a cal y canto, ahora porque, además, desconocían la prórroga que el SAIME había otorgado.
Y se hizo el viernes. Daniel y su padre llegaron como todos los días a las puertas de salida con su súplica de una semana, cuando se enteraron que Marco Coello había logrado salir de Venezuela en el vuelo regular de una aerolínea comercial. La oficial de turno les auguró mayores calamidades y el mundo se le puso chiquitico a Daniel; pero, en esa conversación salió a relucir un nombre, el de un comandante en cuyas manos ella ponía la salida del niño, dispuesto (gracias a Coello) a una guardia inusual el lunes.
Fue el más angustioso de todos los fines de semana que Daniel ha vivido en sus doce años de vida; sin embargo, el lunes amaneció resuelto a volver a abrazar a su mamá (con esperanzas en huelga en la casa de una amiga en Madrid). Llegaron a Maiquetía, Daniel y su papá buscaron al comandante, este los escuchó, agarró a Daniel de la mano y - sin ni siquiera sellarle el pasaporte - le entregó un boarding pass para el vuelo de Conviasa de ese día. El niño apenas si tuvo tiempo para medio abrazar a su padre, a las dos de la tarde lo metieron - solo - en un salón de Conviasa y allí estuvo inmóvil hasta que una azafata lo sentó en el avión a las 5 y 30 de la tarde.
Cuando despertó, Daniel estaba engomado a su mamá en el aeropuerto de Barajas. Tratando de explicar la aventura de la última semana, llegó a la conclusión de que si era por entender, él no había entendido nada e hizo una pregunta que todos nosotros estamos haciéndonos (inútilmente) desde el mismo momento en que supimos del final - feliz - de su odisea:
-          "Si era tan difícil que yo saliera de Venezuela porque estaba en riesgo mi seguridad personal y todo eso, ¿Cómo fue que un militar lo logró sin consultarlo con nadie ni revisar ninguno de mis papeles?"....

lunes, 21 de septiembre de 2015

Y esto, ¿qué fue?

En general, los aeropuertos son unos lugares horribles. Unos espacios hostiles en los que es imposible hacer un poco de humanidad.  Fríos, hechos para que uno recuerde la inseguridad de vivir de paso en cualquier lugar del mundo, me producen espanto. A pesar de ser un viajero empedernido,  pasar por un  aeropuerto es una cosa que no logro superar, si  los aguanto, es solo por la feliz expectativa que me produce salir de viaje; pero, los obviaría, si pudiera.
No estoy refiriéndome a ningún aeropuerto en particular.  Aunque entre los peores del mundo figure el de Maiquetía (un sitio que sencillamente aborrezco) yo me he sentido igual de mal en el aeropuerto Kennedy que en el Charles de Gaulle o  Lidosta. Una vez, estuve tan turbado al aterrizar en el aeropuerto de Frankfurt, que entré tres veces al país y necesité ayuda policial para comprender lo que seguía a continuación. Sin embargo, creo que pocas cosas igualan lo que me produce pasar por un aeropuerto venezolano de provincia; la razón he de nombrarla como si fuera, yo,  un discípulo iluminado: La ley de la atracción. Si para alguien existe ese enunciado de calamidades, no hay duda que,  para mí, parece haber sido creada. Mis anécdotas aeroportuarias llenarían páginas y páginas de cuentos maniáticos. No obstante, pocas pueden que igualen la confusión que todavía resuena en mi cerebro, después que hace unas tres semanas, tuve que pasarme una tarde en la terminal del Aeropuerto “Juan Pablo Pérez Alfonzo” que sirve a la ¿ciudad? de El Vigía. (Por cierto, no puedo ni empezar  a imaginar lo que sentirá el alma del conspicuo Dr. Pérez Alfonzo al enterarse de que semejante cosa lleva su nombre) No, no pienso aburrirlos desgranando los horrores de ese lugar, convertido en mercadillo de ordinarieces por obra y gracia de lo mismo que tiene al país – todo - en ese ayayay. No. Voy a narrarles una conversación y sus circunstancias, con la sana intención de que alguien me ayude a encontrarle explicación a semejante locura:
Llegué muy temprano al aeropuerto, porque quería evitarme que algunas de las cosas insólitas que me suceden a mí y solo a mí, arruinaran mi salida a Caracas para lo que significó (oh pobreza de bolsillo) mis cortas y muy agradables vacaciones de Agosto. Cumplidos los trámites de registro, consignación de equipaje y pago de impuesto - cosas que suelo hacer con automatismo de robot y cara de pocos amigos - decidí instalarme en el restaurante con la intención de hacer un poco más llevadera la espera. Resulta que,  poco antes, una amiga me había encargado escribirle un par de cuartillas sobre el problema fronterizo venezolano, (entonces “en pleno desarrollo”)  para remitirlas a un medio independiente con el que ella trabaja en Londres;  ergo, las cuartillas en cuestión debían ser escritas en Inglés. No había adelantado ni el título y consideré ese, el momento apropiado para cumplir el encargo. Me senté en una mesa, abrí mi tablet y coloqué a un lado el teléfono también abierto, en el que había archivado algunos artículos que me servirían de consulta. Empecé a escribir abstrayéndome de toda distracción (debo dar gracias al altísimo, pues yo para escribir y leer lo único que necesito es tener los ojos abiertos) consultando cada cierto tiempo los archivos de mi teléfono y  avanzando en mi borrador, sin notar la presencia de personas o el intenso tráfico del incómodo aeropuerto en esa época del año. Creo que habían pasado dos horas cuando, de pronto, más por molestia visual que por otra cosa, me di cuenta que dos trabajadores del Instituto de Aeropuertos (eso decía la identificación que más tarde pude leer en el bolsillo de sus camisas) rodeaban mi mesa  como dos moscardones empeñados en molestar,  pero,  con poca intención – eso creí al principio – de enterrar la ponzoña. Pasaban muy cerca de mi mesa, caminaban en círculo y volvían a retirarse,  sin otra cosa que aumentarme la angustia producida por mi aeropuertofobia.
Unos quince minutos de esa danza y la voz clarísima de uno de los esmerados funcionarios interrumpió mi trabajo:
-          Buenas tardes, profesor, (eso es normal, no sé por qué, a mi todo el mundo me dice profesor)
-          Buenas tardes, dígame…
-          ¿Trabajandito?
-          Aprovechando el tiempo
-          Está dándose duro con la escritura… ¿no?
-          Si…un poco…
-          ¿y…qué tanto escribe?
-          ¿Quiere ver?
-          No…no se preocupe (miran de soslayo la pantalla de la tablet y descubren algo que les cambia la expresión simpática de la cara)
-          Ahhh…pero es que eso no es español… ¿verdad?
-          No…no es español
-          Y usted… ¿Por qué escribe en inglés? …¿para que no lo entiendan?
-          No…escribo en inglés…porque tengo una novia en Estados Unidos (mentir, a veces,  se me da muy bien)
-          ¿Y usted se buscó una novia gringa habiendo tanta mujer aquí?
-          Pues si…
-          ¿Me muestra su pasaporte? 
-          No lo tengo aquí
-          Pero… ¿y usted no va a viajar?
-          Si….pero para Caracas….
-          Raro eso ¿no?... (se dicen el uno al otro con cara de quien descubre la guarida del Chapo Guzmán)…muéstreme la cédula, entonces, pues…
 
(En pleno modo aeropuerto, saco mi cédula de identidad y se las entrego)
(En pleno modo funcionarios públicos / autoridades, revisan la cédula como si ese papelito tuviera alguna revelación encriptada)
-          Ahh…bueno…tenga cuidado con la vista, no se le echen a perder los ojos con la escribidera…buen viaje….
 
El par de gorilas, rigurosamente vestidos de rojo, se alejaron tal como habían venido. Yo cerré mi tablet. Cerré mi teléfono, pagué mi cuenta (517 bolívares por un batido de fresas y un pastel rancio de higos) y caminé despacio, con el corazón amotinado en el esófago,  hasta la sala de espera. Allí busque el rincón más escondido que pude hallar entre la muchedumbre que esperaba la salida de dos vuelos simultáneos a Maiquetía y me fundí en el anonimato.
Hasta el día de hoy intento encontrarle significado al celo de los trabajadores del Instituto Autónomo de Aeropuertos destacados en El Vigía;  pero, las aproximaciones conseguidas, en conversaciones con amigos y ratos largos de reflexión, son tan aterradoras,  que he preferido recordarlo como una más de las cosas que le suceden al Pato Lucas y a mi. Después de todo, estaba en un aeropuerto de Venezuela, el país de los asombros enmudecedores.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Y gritaron sobre su tumba...

Ayer murió Doña Yolanda. Combatió los horrores de la enfermedad por largo tiempo, hasta que ayer, en su casa de toda la vida, ajustó sus últimas cuentas con el de arriba y cerró sus ojos para siempre. Correspondería, aquí, decir que lo hizo tranquila y rodeada de los suyos, cosa que es cierta; solo que el paso a la eternidad ocurrió en esta Venezuela de casualidades asombrosas.
A media mañana empezaron a aparecer las señales del día fijado. Doña Yolanda respondía muy débilmente a las artes de supervivencia con las que habían logrado engañar la muerte en los últimos meses; a la casa de El Cafetal, empezaron a llegar hijos y nietos dispuestos a enfrentar la despedida, algunos de los amigos de toda la vida también. 85 años de vivir entre nosotros no se borran de un plumazo; por lo menos, no sin que ello implique ritos a los que somos tan afectos los andinos. Puede ser que el reloj marcara las 2 y 15 de la tarde, puede haber sido poco después, o antes, no es ese momento de certezas. En algún instante cercano a la primera hora de la tarde, Doña Yolanda murió.
El Cafetal, esa urbanización caraqueña inventada por el Banco Obrero en los años de Leoni, tiene particularidades entrañables, la más notoria: es un barrio clase media-media en cuyas quintas – remozadas con lo mejor de la estética adeca -  aun reside una mayoría de quienes allí se mudaron por vez primera,  con fe en el futuro. Doña Yolanda y su marido, vinieron de Mérida para engrosar esas filas y allí, en su casa grata y bien montada de la Avenida El Limón, vieron crecer a sus hijos y darle forma a la vida. Sortearon dificultades y celebraron lo que hay que celebrar. Vivieron pues, sin mayores cuentos que contar, hasta ayer un poco después de las 2 de la tarde.
Cuenta una hija que la primera detonación la agarró en el momento en que empezaba a asimilar la despedida con dolor de certeza. Que todavía estaba tibio el cuerpo de su madre, cuando escucharon algo parecido a una ráfaga de disparos que provenían del amplio patio de la residencia. Dice también que,  demasiado aturdidos por el estupor de esos primeros minutos de duelo, no captaron en su exactitud el significado de esos ruidos que alteraban las oraciones del buen morir entonadas en la habitación materna. Fue unos minutos más tarde, cuando salió de ese cuarto a enfrentar la vida, que pudo darse cuenta,  más o menos, de lo acontecido a su alrededor. Estaba en el teléfono notificando a la agencia de servicios funerarios la mala hora, cuando, provenientes del patio y con armas en la mano, la abordaron los malandros.
-          Dame lo de valor y quédate quieta (no habría estado de mas un “dame lo de valor y te acompaño en la pena”,  pero, todavía,  nadie había abierto el pesamario)
Entonces ella reaccionó con desgano. Era más importante la funeraria. No respondió. Los malandros, sorprendidos con su renuencia – involuntaria, por demás -  le dieron “un chance” para que, parsimoniosamente, terminara la llamada. A su lado, escucharon todo, entendiendo las circunstancias.  Ella se atreve a decir que le pareció que en algún momento los tipos bajaron la mirada, guardaron las armas y se descubrieron la cabeza; pero puede ser que eso lo haya inventado su memoria de Clemente de la Cerda. Lo que si vio, lo que si no es invento alguno, fue la retirada de los delincuentes, su esfumarse en el cerro que bordea por detrás a la Avenida El Limón,  en el momento justo en que sonó el timbre de la casa.
Uno de los hermanos acudió a la puerta. Eran los correctos empleados de la Funeraria prestos a cumplir con el deber. En un lado de la cama, los atuendos apropiados esperaban su turno para convertirse en mortaja. Los hijos, uno a uno, besaron a la madre por última vez y empezaron a salir de la habitación, cuando fueron sorprendidos por una nueva ráfaga de disparos y un contingente de policía militar en la puerta de la casa, abierta de par en par, como acostumbramos hacer los andinos cuando empezamos la preparación de un luto. Los deudos, aturdidos, corrieron de regreso a la habitación como pensando que el cuerpo exánime de la madre iba a protegerlos. Fue en ese momento  cuando escucharon a los policías ordenar a la funeraria retirarse de inmediato - tan vacios como habían llegado – y a gritos - llenar la casa de pisadas y ruido de botas para perseguir, a tiros, la carrera que, hacia el cerro, habían emprendido los asaltantes. Lo siguiente es confusión y  Venezuela. Desde algún lugar indescifrable,  los malandros respondieron con disparos a los disparos de los tombos y estos,  decidieron revisar la amplia casa en búsqueda de algo que no se les había perdido. Nadie supo exactamente el tiempo que tomó el procedimiento. Los amigos nos enteramos, porque junto a la mala noticia difundida minutos antes por la inmediatez de Whatsapp, empezamos a recibir reportes del increíble suceso. Un mensaje final  resumió el lance:

-          No sabemos nada mas, estamos con mamá en su cuarto encerrados, esperando que acaben los tiros, después avisamos…

Después fue,  más o menos,  las 7 de la tarde. El carro fúnebre regresó a la casa cuando los militares (¿policías?, da lo mismo)  habían partido con el fracaso en las manos y sin señal de condolencia. Los trámites en la congestionada funeraria,  se reiniciaron bajo el amparo de un silencio inexplicable que nadie se atrevía a romper y que duró varias horas.
Mañana entierran a Doña Yolanda.
Pasado mañana, la vida de todos, incluso la de los hijos de Doña Yolanda, tendrá que seguir andando. Al menos, dijo por whatsapp un conocido, habrá bastante de que hablar en el velorio.

lunes, 24 de agosto de 2015

Circunstancias de frontera....

Morelia vive hace algunos años en Miami. Un día se cansó de tanto padecimiento y vendió todo lo que tenia, inscribió a su hija en una escuela de verano y se consagró a buscarse la vida en el mismo lugar en que miles de venezolanos se dedican a otro tanto. Parte de su familia todavía no sabe si seguirla, por lo que Morelia (muy) de cuando en  cuando, viene a pasarse unos días en el país que desconoce. En esas estaba cuando se armó la trifulca en San Antonio del Táchira. Morelia, como la mayoría de los andinos que todavía pueden permitirse un viajecito,  opina que es bastante más fácil entrar y salir de Venezuela a través de Colombia. Tiene toda la razón: Mérida, por ejemplo, está a tres horas y media de Cúcuta, desde donde un vuelo para Bogotá cuesta alrededor de 60 dólares y es muy fácil de conseguir. Entre una y otra cosa, salir de viaje por Colombia, es muchísimo más cómodo, sobre todo cuando se piensa en lo que se ha convertido Maiquetía. Eso es exactamente lo que ella hizo. Voló de Miami hasta Bogotá, de allí conecto con Cúcuta, donde su hermano la esperaba para traerla hasta Mérida por carretera.  Vino por tres semanas.
Alberto y Sarita se casaron después de 16 meses de un noviazgo fulminante cuando apenas habían cumplido 25 años de edad los dos. Tuvieron una boda muy sencilla, la que pudieron pagarse con parte de sus menguados ahorros,  y decidieron buscar fortuna en algún lugar que no fuera Mérida. Alberto, un vendedor excepcional, contaba con el apoyo de un tío suyo, próspero comerciante radicado en San Cristóbal, la capital del estado Táchira, quien solo necesitó calentarle la oreja por un ratico; allá  fueron a dar el par de recién casados, cuando aun todo era lunas y mieles. No fue difícil, a pesar de los pesares; pero, San Cristóbal no era la ciudad que a ambos los convencía de un futuro feliz. El mismo Alberto no sabe explicar bien porque, pero un buen día descubrió San Antonio del Táchira, un pueblo fronterizo en el que vivir es una odisea complicada.  Tal vez encandilado por el reto, convenció a Sarita y mudó el hogar, aumentado con la llegada de Alberto Enrique, el primogénito por quien ambos chorrean babas. Al poco de haberse instalado, una simple regla de tres le dio la solución a sus problemas: Vivir en San Antonio, haciendo la mayor parte de sus gastos en bolívares, pero trabajar en Cúcuta y Bucaramanga distribuyendo equipos médicos, vendidos y pagados en pesos colombianos.  San Antonio, de este lado del puente Simón Bolívar, alcanza para ser dormitorio y patio de fin de semana; Cúcuta, de aquel lado del mismo puente, es curtidero doméstico del día a día. Sarita, entusiasmada con el ventajoso cambio de la moneda colombiana, consiguió trabajo como secretaria de un sonado médico colombiano y el niño se pasa el día en la excelente guardería de una zona muy bacana de Cúcuta; pero, la casa de la familia, la compraron y la pusieron bonita en San Antonio del Táchira, tierra venezolana, porque ellos son de aquí. De lunes a viernes salen antes de las 7 de la mañana y regresan pasadas las 6 de la tarde. En el ínterin, han aprendido a sortear el trapicheo entre ambas ciudades y con esa obsesión enfermiza que le proporciona a Alberto haber nacido bajo el signo Virgo, tienen los más importantes problemas resueltos. Saben cómo abastecerse de gasolina y obtienen buen provecho – legal – de su condición de habitantes de un pueblo de frontera. Jamás habían pensado cambiar de modo de vida.
Magdalena tiene años tratando de tener un hijo. Ninguna de las “formas tradicionales” le ha dado resultado. Pensando que su reloj biológico está a punto de impedir el éxito de su empeño, hace algún tiempo que Magdalena acudió a la fertilización asistida. Empezó por pesados viajes a Caracas, estresantes por sus tribulaciones para conseguir un boleto aéreo cada vez que le tocaba y por sus paranoias – muy gochas – a la hora de moverse en una ciudad hostil, considerada una de las diez más peligrosas del mundo. Además, los tratamientos resultaban cada vez más caros y más complicados. Hacerse una simple prueba de sangre, exigía rondar varios laboratorios en busca de aquel que pudiera ofrecerle todos los resultados en un solo reporte. La última vez que se sometió al “asunto” (como gusta llamarlo) fue asaltada un par de veces y su especialista le advirtió que empezaban a mermar las condiciones para seguir intentándolo, debido a carencias de muchos tipos. Magdalena regresó a Mérida muy desalentada, hasta que se enteró de un médico milagroso ubicado en Cúcuta. Allá se fue, la primera vez manejando su propio automóvil, sorteando las dificultades para surtirse de gasolina y con el corazón llenecito de fe.  El médico aceptó convertirla en su paciente y (para hacer el cuento corto) desde hace unos 8 meses los viajes entre Cúcuta y Mérida son cada vez más frecuentes para la esperanzada futura madre.  La semana pasada, Magdalena cumplió un nuevo ciclo de preparación, cuyos resultados eran más prometedores que de costumbre. El miércoles, su doctor la mando a “rezarle a los santos” y prepararse para el implante de los embriones. Fijaron cita para el viernes a media mañana y Magdalena, feliz, se fue a Ureña a casa de unas piadosas monjitas a descansar y preparase para el gran día.
El viernes, las cosas en la frontera se pusieron, literalmente,  color de hormiga; todos sabemos – o creemos saber – porque; ante el peligro de una asonada – inminente - muchos habitantes de la frontera empezaron a medir las horas con cautela. En Mérida, Morelia buscaba noticias con angustia, hasta que finalmente pudo confirmar que el vuelo de regreso a su hogar partiría sin ella. Todas las gestiones realizadas para permitirle atravesar – aunque fuera caminando – el puente fronterizo y llegar a tiempo al aeropuerto, para tomar el avión de regreso a Miami, fueron infructuosas. Morelia perdió el vuelo y, entre horas de máxima preocupación, terminó endeudándose con una buena cantidad de dólares para poder finalmente tomar un vuelo a Miami saliendo de Barquisimeto con escala en Curazao, cuatro días después de lo previsto.
Magdalena salió del hospicio con las bendiciones de sus monjitas protectoras y se encontró con un gran alboroto en la entrada del puente. A pesar de que el cierre no había sido decretado, un par de Guardias Nacionales le impidieron el paso. Las horas transcurrieron en medio de una enorme confusión. Finalmente, en algún momento del día, se hizo efectiva la medida de cierre de las fronteras. Los embriones que Magdalena iba a recibir ese día y que pudieron haber crecido en su vientre convirtiéndola en madre, se perdieron para siempre. Ella no solo perdió una oportunidad única de realizar su maternidad, también una importante suma de dinero. Está en su casa de Mérida cumpliendo con un duelo al que no puede adjudicarle responsables, aunque los tenga clarísimos. Las cosas no están como para atreverse a volver a Cúcuta, ni siquiera cuando todo se normalice, si es que para ella algo vuelve a ser normal alguna vez.
Sarita estaba con su marido almorzando en un restaurante de Cúcuta cuando escucharon la noticia. Se llenaron de pánico: Alberto Enrique, por una de las primeras veces en su vida, estaba en San Antonio a cargo de una vecina cuyo hijo de la misma edad, mantiene la mejor amistad con su bebe de tres años. Pensando que se resolvería pronto, Sarita llamó a la vecina y esta le dio razones para mantener la calma; pero, empezaron a amontonarse las horas y el otro lado lucía cada vez más distante. El domingo, desesperada por rescatar a su hijo, Sarita tomo un avión desde Cúcuta hasta Bogotá, en Bogotá pagó carísimo un vuelo hasta Caracas y en Caracas, después de sufrir todo el maltrato que pudo soportar, logró pagar (bajo la mesa) una comisión, equivalente en bolívares al precio del boleto, para volar hasta Mérida. Allí, contrató un taxi casi tan caro como el boleto Bogotá Caracas, para llegar a San Antonio del Táchira. Después de 26 horas de haber salido de Cúcuta, Sarita pudo volver a darle un tetero a su bebé. Mientras tanto, Alberto está cerrando la negociación para alquilar una casita en el lado más lejano de la frontera con Venezuela del Norte de Santander y Sarita está pensando en volver a hacer el largo recorrido de regreso a Colombia. Ambos tienen muy claro que para ellos  se acabó Venezuela.
Estas tres historias, auténticas, las conocí durante el fin de semana que lleva el conflicto Colombo Venezolano, de cuyas causas se ha hablado hasta la saciedad. Supongo que, las que no he sabido, se cuentan por miles.  Como las que pueden contar los mil doce colombianos deportados de Venezuela en las últimas horas. Cómo las que pueden contar los cientos de venezolanos atrapados en una frontera que (siempre tuvo sus bemoles, es verdad) pero, cubría de soluciones LEGALES, la vida - y el fracaso de otros - mucho más allá del pedacito de tierra y desconsuelo que nosotros, los gochos de bien, conocemos como San Antonio del Táchira. Mucho, muchísimo más.

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