lunes, 13 de junio de 2016

Madrugada de odio

Quienes más me conocen, opinan que soy nocturno-fóbico; en cierto modo es verdad. Fue tanto lo que salí de noche en la juventud que comienza a ser lejana que, hoy día, he optado por  encerrarme en casa para no exponerme a las rudezas de una noche que no entiendo. Eso, sin embargo, no quiere decir que desconozco la nocturnidad o que no estoy al día en las opciones que ofrece el underground rumbero de mis ciudades. Yo, si es por estar al día, estoy al día con todo. Incluso - o sobre todo - con las nostalgias de sitios idos con mis memorias intactas. Los “bares de ambiente", por ejemplo.
Reflejos de las sociedades y ciudades que los alojan, los “bares de ambiente” existen desde que la moderna humanidad acuñó la mala costumbre de dividirse en parcelas, relegando cada una a un espacio en teoría exclusivo: los bares de solteros (para que los casados no profanen su auto impuesta santidad) los bares de parejas (para que los solteros ídem) los bares para ejecutivos exitosos, los que acogen la bohemia, los preferidos por los jóvenes (en donde tener 32 años es delito imperdonable) los de los tukis, los de los ricos, aquellos a los que van los negros,  aquellos a los que van los blancos (y bonitos) los de los pobres o los de los maricos. Quizás pensando que, así, cada uno en su sitio, evitará cometer el crimen de acercarse a una parte de la humanidad que, aunque existe, ni se nota, ni se toma en cuenta porque siendo la otredad, se diferencia de mi y no puede ser determinada.
No hay responsabilidad definitiva. Las tribus sociales - y sus templos - posiblemente nacen por generación espontanea. Las maldades que engendran, quizás también. Lo que si puede y debe señalarse de manera clara e inequívoca es que, afortunadamente, hay un  error de concepto; muy para suerte de lo poco bueno que le queda a la humanidad, las tribus sociales están llenas de transgresores y de aquellos que permiten - y aplauden - la transgresión.
Hace mucho tiempo que no frecuento bares gay (ni de otro tipo) por decisión propia - lo dicho, ya no soy hombre de bares - pero, en mi querida Mérida, por ejemplo, un tour por la nocturnidad probablemente termina, aun sin uno quererlo, en un sitio ruidoso y extraño al que toda la ciudad conoce como La Maricoteca (en realidad figura bajo el chistoso nombre de ENIGMA) pues, entre otras cosas, es el único rumbeadero que permanece abierto hasta las tantas. Siendo un lugar mayoritariamente frecuentado por miembros (uniformados, valga decirse) de lo que ahora llaman la Comunidad LGBT, a ENIGMA entra (y sale) todo bicho de uña. Después de muchos meses sin caer por allí, estuve un rato hace un par de meses en ocasión de la celebración de un espectáculo; llegué pasadas las dos de la madrugada y me dediqué a mirar los toros desde la barrera ya que, entre otras manías de viejo, casi no consumo alcohol. Si, es cierto, en la pista de baile se agitaban los cuerpos sudorosos de hombres de todo tipo y descripción; pero, el espacio era democráticamente compartido por toda clase de gente: muchachas que se divertían en compañía de amigos, cuasi adolescentes tímidos a la caza del requiebro de esas muchachas, machos desprejuiciados apurando todo el cocuy del semestre, maestros de escuela, conspicuos intelectuales, turistas alemanes mal bañados y en chancletas,  buscando cerveza fría, artistas, hippies, mal pensantes, cometas y suicidas (cantaría Amaury). Sometido a un test de exclusividad, esa noche (estoy seguro que todas las otras también) ENIGMA habría salido muy mal parado como sitio de ambiente,  aunque con honores relumbrantes que lo catalogan como santuario de nuestra escasa tolerancia; quizás,  porque lo mejor de ese tipo de lugares es que nadie-se-mete-con-nadie y el que lo hace se-atiene-a-las-consecuencias.
ENIGMA en Mérida, IMPACT en París,  COPA´S en Caracas, SPLASH en New York o PULSE en Orlando, pretender que un sitio de ambiente es reducto exclusivo de inmorales y desviados, es muestra de una estupidez tan grande y bochornosa, como la de practicar una religión que te obliga a odiar al prójimo más de lo que odias tu maldita vida. Eso va a descubrirse cuando empiecen a saberse las historias de las 49 víctimas del atentado terrorista de la discoteca PULSE en Orlando, Florida.
Quizás esa sea una de las principales razones por las que, en particular, este crimen espantoso deba ser repudiado por toda la gente de bien del mundo: fue cometido en contra de la humanidad y fue cometido en nombre de un odio irracional que apuntó al lado equivocado. No es ni más triste ni más horrible que otro. Tan solo más cuantioso, si es que la estadística importa. No es peor que Cerezal, más fuerte que Columbine o más grave que Bataclan. No es - como algunos malditos descerebrados insisten en decir vía hashtag - menos delito que otro, porque se trató de matar gays. A la gente de bien - una mayoría, por fortuna - tiene que dolerle en su propia carne, cada bala disparada en cualquier parte del mundo, así esa bala se aloje en la humanidad de quienes creemos se la merece.
El sábado, en PULSE, murieron 49 personas inocentes. Ninguna otra consideración tiene lugar. Ni el hecho - a favor o en contra - de que hayan sido o no homosexuales.
La humanidad se divide en buenos y malos. Cualquier otra etiqueta es tan dañina como la absurda manía de no querer ejercer control sobre el armamento libre que rueda por el mundo. Si los malos necesitan un freno, que empiece alguien a ponérselo. Los buenos, que somos más, lo pedimos a gritos, a ver si dejamos de encerrarnos en sótanos y ponernos etiquetas de colores.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Dos horas de un día...


Salgo de la panadería mal humorado: Un litro de jugo, un paquete pequeño de pan integral, un refresco y una palmera suman la escandalosa cifra de 2.400 bolívares. Los pago pensando que tendré que empezar a suprimir algunos placeres (la palmera tostadita de Panadería Mallorca, por ejemplo) y pongo la bolsita en el asiento "del copiloto". Allí también he puesto, hace un ratico, una bolsa de lona que contiene toallas y sabanas, limpias gracias a esa especie de cooperativa de servicios con la que mis hermanos y yo enfrentamos la crisis. Voy a mi casa; en el camino hago la ya tradicional exploración de farmacias, buscando algunas medicinas: un antihipertensivo para mi hermano, un oxigenante cerebral para mi tía, otro para la madre de un amigo indispensable, la crema que mantiene a raya mi eczema y analgésicos que no contengan cierta sustancia a la que soy alérgico. Una, dos, tres, cuatro farmacias (de las que sé que son buenas) y poco éxito. El eczema seguirá respondiendo a la sábila y mi hermano, mejor será que cuide su dieta. No hay Diovan. Mi tía y la madre de mi amigo corren con mejor suerte. Un nuevo tarjetazo, un nuevo suspiro contenido, una bolsita más que toma sitio junto a mí en el auto. El reproductor hace mucho que se dañó y repararlo cuesta varios sueldos, no hay música en mi auto, no escucho imposiciones de DJ de radio. Liszt tendrá que esperar. Cerca de mi casa, un motorizado en sus prisas golpea el espejo lateral de mi viejo Tempra y reacciono con susto; no, no quiere robarme, solo desea comerse la calle. Como todos. El semáforo cambia a rojo, me detengo; tras de mí un desagradable rugir de mil cornetas me anuncian que varios choferes ansiosos están en ese momento - de bombillo rojo -  recordando sin cariño a la santa mujer que fue mi madre. A mi lado, una mujer desconocida baja el vidrio para anunciarme, a gritos, que siete médicos han decidido declararse en huelga de hambre "ahora si nos fregamos, profe" (ya me acostumbré, así me llaman) Por un segundo pienso en la inutilidad de una huelga de hambre ante la jauría que nos lleva al precipicio. El semáforo cambia a verde y el segundo más corto de la venezolanidad se materializa: el tiempo, imposible de contar, en que retomo la marcha es asediado por gritos y nuevas cornetas. Decenas (¿o son cientos?) de motorizados inundan de monóxido el escape. Una buseta se detiene, en medio de la vía, para que baje contoneándose la Yudeixys de turno. Yolkar y Robinson intercambian cascos, un extraño paquetico y carcajadas. El sol hiere mi calva dentro del auto sin aire acondicionado. El teléfono repica una y otra vez, lo dejo hacer aunque sé que quizás estoy perdiendo una venta; sería suicida atenderlo. En un momento de atrevimiento "me como" un cruce para abreviar el camino a casa y descubro que se ha ido la luz en la cuadra. El embotellamiento dantesco en la encrucijada de cuatro esquinas que debo sortear para llegar a destino, me obliga a una vuelta que implica un par de kilómetros adicionales. Media hora más tarde llego a la puerta de mi apartamento. Son casi las tres de la tarde. Bajo solo por un minutico para desahogar urgencias y continuar el camino, mis actores me esperan hace algunos minutos para montar una nueva escena. Regreso al auto, emprendo camino al ensayo. Algo extraño atrapa mi ojo, al principio no logro descubrir de que se trata; pero, parece una ausencia. Vuelvo a detenerme en un semáforo y aprovecho para mirar nuevamente: Me han robado. Han abierto mi auto y se han llevado mis logros de la mañana, la bolsa de la panadería, las medicinas, el bolso de la lavandería (Carajo...con lo caras que están las sabanas) una libreta de notas dejada en el asiento al descuido. Todo ha desaparecido, en la puerta de mi casa, durante el breve instante de alivio de esfínteres en que subí al apartamento ¿dejé el auto sin seguro? Es probable. Las puertas cierran de forma automática, yo tuve que utilizar la llave para entrar de nuevo. ¿Fue un acto reflejo? No sé. Incrédulo, de todos modos, me siento horriblemente culpable de haber dado "papaya". Me han robado. Por mi santísima culpa.
Dos minutos después, apago el motor en el estacionamiento del colegio cuyo salón me han prestado para mis ensayos. Bajo con calma. Estoy súbitamente cansado. Súbitamente golpeado por una gran tortícolis, instalada como escudo de lucha desde que un día dejé de entender mí alrededor.
En el salón, uno de mis actores está explicándole a otro sus planes de viaje. Se va tan pronto cumpla un par de compromisos, le ofrecieron "algo" en Santo Domingo, República Dominicana. Lo escucho con atención, no tiene 30 años. Se va en unos meses este tipo talentoso y avispado.
Me siento, unos minutos más tarde estoy listo para empezar a ensayar. Hace mucho calor, muchísimo calor. Mi actor, el emigrante, repasa su escena una y otra y otra y otra vez. Finalmente la hace con perfecta emoción.
En mi silla, solo soy un llanto incontenible.
Es bueno saber que mis actores saben que yo se que ellos saben.

domingo, 22 de mayo de 2016

Hay opiniones...

Un audio, hecho viral gracias a la omnipresencia de la comunicación del siglo XXI, circuló profusamente ayer durante todo el día; en el, una locutora con voz adecuada a las circunstancias hace una conmovedora explicación de por qué la emisora Ecos del Torbes del estado Táchira, renuncia a su tradicional radiotransmisión del Panamericano de Ciclismo (supongo que se trata de la famosísima Vuelta al Táchira, rebautizada en arranques socialistas) aduciendo lo que para nadie debería ser una sorpresa: Textualmente dice “en  esta ciudad no estamos celebrando nada…estamos rotos”. Y por ahí, continúa enlistando las inmensas calamidades que significa vivir en Venezuela hoy día. Debido a eso, Ecos del Torbes, una de las emisoras de radio más prestigiosas y antiguas del país, le cierra sus micrófonos al evento ciclístico más importante que se celebra en Venezuela.  Quienes se han ocupado de retransmitir el audio en cuestión - en su mayoría - lo han hecho agregando frases de esas que nos encantan, como “orgullo gocho”, “esta locutora le da hasta con el tobo al gobierno” y un largo etcétera de lugares comunes, que en dos platos quieren decir, ella si está haciendo algo. (Hacer algo: nueva obsesión nacional de los que no están haciendo nada)
No puedo compartir esa opinión. Es más, creo que Ecos del Torbes, se equivoca; haciendo gala de aquel refrán tan nuestro que dice “el camino del infierno está lleno de buenas intenciones” mete la pata hasta las ingles, diría mi madre.
La crisis que describe tan exactamente la locutora de la planta, es mucho más grave y dolorosa de lo que ella dice. El problema del sector salud y la escasez de alimentos que enfrentamos los venezolanos, todos por igual (menos los “enchufados”) es apabullante. Es espeluznante. El fracaso que el desgobierno ha demostrado en permitirnos una vida decente, es monumental. La maldad con la que nuestros tiranos conducen nuestros días, no tiene parangón.  Eso lo sabemos todos. Eso lo vivimos día a día. Ya no se trata de un cuento que nos contaron. Es nuestra vida diaria. Ahora, ¿vamos a insistir en regodearnos en ese dolor?
Entendamos algo de una  buena vez: la situación venezolana, la crisis venezolana, no va a cambiar en el futuro cercano. Va a ponerse mucho peor. Los apagones se intensificarán, la escasez también, las muertes por falta de medicamentos serán cada vez más cercanas. El gobierno, principal culpable de ese horrible drama, no va a mover un dedo (así como dijo la locutora de Ecos de Torbes) para rectificar y darnos lo que merecemos. No va a hacerlo voluntariamente porque no  le da la gana y no va a hacerlo obligado, porque esta cegado por la soberbia. Nada de lo que nos tiene totalmente postrados va a cambiar, A MENOS QUE NOSOTROS – LAS VICTIMAS – HAGAMOS ALGO PARA CAMBIARLO. Y ese algo, me temo que no es, cerrar espacios ciudadanos.
Cerrar los micrófonos de Ecos del Torbes al Panamericano de Ciclismo porque se trata de un evento deportivo patrocinado (financiado mejor dicho)  por el mismo estado que nos niega alimentos y medicinas, no contribuye – en mi humilde opinión – a solucionar nada. Básicamente, porque el Panamericano de ciclismo igual va a celebrarse (o se celebró, no lo sé) y los anaqueles continúan vacios. Cerrar los micrófonos de Ecos del Torbes al Panamericano de Ciclismo equivale a complacer la tiranía, pues lo que ellos exactamente quieren es que renunciemos a nuestra alegría, copando nuestros espacios, todos, con la desesperanza. Es necesario que lo entendamos: entregarles lo que nos queda de solaz, es entregarles lo que nos queda de sanidad y perder la guerra. Es como renunciar al teatro o a la música, es como dejar de ir a restaurantes, dejar de visitar amigos, cerrar las iglesias y apagar las luces de los centros comerciales.  Cerrarle los micrófonos de Ecos del Torbes al Panamericano del ciclismo es, además, correr el riesgo de cerrárselo a un canal abierto para decir la verdad.
En estos tiempos de emergencias mediáticas, donde en minutos, un nuevo audio, video, fotografía e incluso meme, sustituye y elimina al anterior, producir un audio en que se dice que Venezuela está de luto, solo tiene minutos de vida. La hegemonía mediática de la dictadura es tan tremenda que, ese audio de esa señora tachirense, debe haber dejado de ser “tendencia” al amanecer del día siguiente en que se publicó (de hecho hoy, el furor lo causa una alcabala en la bajada a Maiquetía) Digo yo, sin ánimo de ofender ni irrespetar a nadie: en esta vorágine comunicacional, crear un problema (verdadero o no) dentro del evento deportivo más importante de los Andes Venezolanos (y de buena parte del continente) ¿no habría sido muchísimo más efectivo? No hablo de saboteo. No es necesario. Sencillamente, que un participante se hubiese retirado de la competencia por un brote repentino de gastroenteritis que no hubiese podido ser atendido por falta de medicamentos, habría sido muchísimo más efectivo que ese audio lleno de lamentos, justificados, pero que solo sirve para darle motivos al tirano  para cerrar la emisora.
Es cierto que el ex país se cae a pedazos. Es cierto que caminamos entre escombros. Pero, en medio de esa hecatombe, hay gente apostando al arte, al sosiego, al descanso, al deporte. Gente que no necesita las dádivas  manchadas de sangre, del gobierno. En manos de esa gente está más cerca el futuro, que en manos de los que se callan porque la crisis no los deja vivir. En manos de quienes pasan todo el día contabilizando tragedias, llevando cuentas exactas de los horarios de oscuridad y transmitiendo las malas nuevas de nuestra cotidianidad, solo está la enfermedad. ¿Y si un día descubrimos que la respuesta está dentro de nosotros?  ¿Y si descubrimos que con nuestras acciones, nosotros somos superiores a la ineficacia y maldad de quienes se ungieron de un poder que no les pertenece?
Hago un ejercicio de tolerancia y respeto entendiendo las razones de la gente de Ecos del Torbes; pero me horroriza pensar que seguimos optando por la opción equivocada; después de todo, parecemos seguir dispuestos a entregar todo espacio minimamente vivible; por eso, por ahora, ellos van ganando, nosotros enloqueciendo y las farmacias sin anti psicóticos

domingo, 24 de abril de 2016

Johann Sebastian, un destino atravesado, otros amores y una capilla cerrada.

Sentado frente a mí, peló los ojos y puso fin a una conversación que empezaba a tener tono de derrota:
 
-          ¿Y por qué no hacemos que pase?
Fue la respuesta más seria que ha soltado su sarcasmo retrechero que no necesita excusas para que lo quieran. No me permitió ni cinco minutos de quejas; si yo pensaba que vivía en una ciudad aburrida "en la que nunca pasa nada" era por no darme cuenta que tenía en mis manos la herramienta para dar vuelta a la certeza pesarosa. Así empezó todo. En La Culata, dicho sea de paso, empezó todo.
Soy impaciente. Soy un pozo interminable de impaciencias, me enferma la espera. Jamás he entendido como fue que escogí este oficio como razón de vida. Supongo, tengo años repitiéndomelo para entenderme,  que lo aguanto porque "cada día comienza un nuevo idilio”. Cada día, el problema de ayer - aunque no resuelto - da paso al de hoy convirtiéndose en reto, cosa que me encandila. De haber vivido en la edad media habría muerto - romántico empedernido - en un duelo. El teatro es un duelo y yo, me confieso la India Tibaire con mejor suerte; por eso acepté el guante blanco que Alejandro puso sobre la mesa y ese día regresé a mi auto con una misión decretada: hacer que pase. Hacer que pase la música, una cantera inagotable de esta Mérida que sorprende,  o hacer que pasen dos horas de algo que nos despegue las manos del control remoto y los ojos de la cajita negra. Así fue como Johann Sebastián se nos cruzó en el camino acompañado de músicos maravillosos en su saber hacer y gente esplendida en su saber acompañar. Después fue el teatro, génesis de todo.  Decía Cabrujas “no es tomar champagne, que cualquiera toma” No es hacer música, que cualquiera con un poco de talento la hace. Es hacer que la música regrese a su origen: el divertimento más allá del fluxecito gris y el collar de perlas. Es hacerla teatralmente rica; es, ni más ni menos, ponerla en escena. Eso es lo que estamos haciendo a pesar de las equivocaciones o,  tal vez,  porque hemos aprendido a equivocarnos con gracia. Con gracia y con Johann Sebastian, el maestro de maestros, uno de nuestros favoritos, el Señor de la música. Primero nos asomamos tímidamente a su oratorio de Navidad y sus aires fueron buen presagio. Después, un par de cartas nos pusieron en frente de una celebración en toda regla. Queríamos hacer el “doble” de Bach para que Alejandro se sacara su espina y, en el camino, me encontré con las cartas del genio. Resulta que el baile con el poder tiene trescientos años siendo igualito. Había que atreverse a darle vida a ese baile, contando sus cartas. Así, una vez más, comenzó un nuevo viaje: a las entrañas de lo mas BACH de BACH, lo más “guataca” del pana Johan Sebastian. Un tiempo intensivo de estudio que no pudo ser mas largo y así, en una conversación madrugadora,  nació BACHIANOS.
El día que terminé una versión más o menos definitiva del guion de BACHIANOS, cerca de las once de la noche, sonó el teléfono. Era la segunda o tercera llamada del día de mi amigo CHEO VAISMAN, uno de las mentes más brillantes que ha conocido la música en Venezuela; a su pregunta de ¿Qué estás haciendo? Le conté, con timidez, mi proyecto y le pedí ayuda. Cheo, que andaba con la vena generosa ese día, me dijo que se lo mandara para echarle un ojo, cosa que hice inmediatamente. Él lo recibió y me volvió a llamar. Estuvimos, él en su computadora y yo en la mía, escudriñándolo hasta pasadas las dos de la mañana.  Yo explicaba, Cheo replicaba. Yo decía, Cheo  me hacía ver las dificultades. Yo contaba, Cheo me regañaba. Juntos nos reíamos como siempre, y juntos aprovechamos para hacer “fiesta” de mi idea, a costa de algunas vacas sagradas. Como siempre. Fue Cheo el que recomendó el orden del repertorio (que he conservado casi igual) y fue él quien hizo una promesa, hoy convertida en mueca de tristeza
-          A lo mejor aparece Cheo Vaisman al final haciéndote los honores en un clavecín andino…
La producción comenzó, reclutamos un grupo maravilloso de músicos y Alejandro Dávila, mi alter ego en ATREZZO PRODUCCIONES,  favorito de mi corazón, se esmeró en hacer un trabajo musical digno del maestro. Se nos unió Harald Simon, un alemán experto en música barroca de paso por esta Mérida que adora (al que cuesta mucho entenderle sus instrucciones en ese castellano alemán tan divertido que habla) y salieron poco a poco los conejos de la chistera. Un día, apareció una capilla cerrada desde  hace dos años. Es la CAPILLA DEL SAGARADO CORAZON DE JESUS, o la Capilla de los Tres Ángeles, una hermosísima capillita del centro de Mérida, en la que escuché muchas misas y adormecí muchas penas. La misma capilla historiada en la que, según dicen, a Simón Bolívar lo hicieron “oficialmente” Libertador. Esa capilla cerrada se abrió para el genio de BACH por obra y gracia de una monjita simpatiquísima a la que le encanta escuchar sus disquitos de vez en cuando (y los escucha, me consta, en un antiguo “picó” escondido en su recámara del ancianato en el que presta servicios). En un millón de “abrires y cerrares” de ojos, BACHIANOS estaba hecho realidad: “BACHIANOS, Celebración para un genio”,  el segundo espectáculo de ATREZZO PRODUCCIONES. La segunda vez que me atrevo a romper el exilio de mis días teatrales, la renuncia feliz a aquel presagio antipático de uno de los grandes, según el cual, “sus días en el teatro venezolano, han terminado, Sr. Liendo”. No era verdad. No era pecado, diría Cheo…
Este viernes 29 sabré que no era verdad. Estrenar siempre me pone de estreno. Siempre me pone los nervios de punta, siempre me produce una zozobra infinita, siempre me llena de los fuegos del infierno. Estrenar, siempre me dice que no me equivoqué en la vida, que he sido un privilegiado. Estrenar siempre me arrecia las alegrías y me enfrenta a los temores más oscuros.
Todo está a punto porque he tenido la suerte de contar con un equipo maravilloso de músicos: ARS NOVA CUARTETO  que une el dominio de sus artes al talento extraordinario de YURI RODRIGUEZ, ANDRES TELLEZ, LUIS ALFONSO RODRIGUEZ, SEBASTIAN NEW, ALEJANDRO DAVILA, las voces privilegiadas de TEMIX ALBORNOZ y  ANDREA GUERRERO y el genio actoral de ese estupendo descubrimiento que es FERNANDO PACHANO;  A quienes HARALD SIMON, el catire que vino de Bavaria,  les arrancó lo mejor  de sí.
La verdad, es que no hay nada como hacer música de iglesia en una iglesia. Hoy la hacemos con el dolor de no ver realizada la promesa de Cheo a quien, hace un mes,  un infarto nos privó de tenerlo entre nosotros “haciendo los honores en un clavecín andino”. El clavecín, silente, hará entonces los honores de su  memoria y él estará por ahí, aplaudiendo el buen hacer y acompañándonos…
Va por ti, amigo de mi alma toda….

martes, 12 de abril de 2016

¿Emisarios del Talion?

Casi a las 9 de la noche, Raúl y yo terminamos de comernos uno de los ricos shawarmas que están dando tanto de que hablar en los alrededores de El Llano, un barrio de lo más agradable, convertido, por obra y gracia de la expansión geográfica, en el nuevo “centro” de  esta ciudad que ya no se reconoce. Es la obra (el shawarma, no El Llano) de una familia siria, radicada en esa zona desde hace montones de años, que no renuncia a sus sabores, ni a su lengua, ni a su costumbre de vender más o menos cualquier cosa que pueda ser comprada; por ahora, shawarmas, en un carrito callejero que apostan a las puertas del edificio donde han vivido los últimos 20 años, mas kibbe frito y horneado los fines de semana. Es el rebusque de unos “turcos” integrados, a los que todo el mundo trata de tu y les arranca risas, chismes y generosidades. Excepto un “fiado” estos sirios encantadores son amigos de hacer favores y conversar, en su media lengua castellana con acento, casi de cualquier tema. Raúl y yo, cansados después de un largo y poco productivo ensayo, teníamos hambre y ganas de relax, por lo que, sin dudar, enfilamos hacia el Llano a pesar de que prefiero morir antes que comer “en plena calle”. Comimos sabroso, conversamos mejor y nos reímos un rato, pagamos la cuenta (muy solidaria por cierto) y con un vaso de té de yerbabuena con cardamomo, que la buena señora reserva para obsequiar a los “amigos” emprendimos camino hacia mi auto, estacionado a media cuadra de distancia, en una esquina de la avenida 3 que no es ni buena ni mala, sino todo lo contrario, dados los peligros que entraña la antigua Ciudad de los Caballeros.
A medio camino fuimos, literalmente, paralizados por una horda de enardecidos habitantes de ese sector clase media-universitaria típico de nuestra ciudad de estudiantes. Al principio no entendimos bien de que se trataba, aunque rápidamente el instinto de supervivencia - propio de estos tiempos - nos hizo pensar en varias alternativas poco gratas, todas relacionadas con la delincuencia que nos azota o con el mal humor de estos días calamitosos. Raúl  me lanzó las llaves (que él había tomado para jugar con el llavero) y en un segundo lo vi esconderse el teléfono en “salva sea la parte” con una destreza envidiable. Hice lo mismo, por supuesto, e intenté descubrir lo que ocurría. No había escape; aunque hubiese querido encender mi auto y salir pitando, la turba enloquecida hubiese impedido la maniobra. Soy gocho, de modo que la única opción que me vino a la mente fue encomendarme a La Inmaculada y permitirle al destino seguir su rumbo. Entonces comprendí todo: un par de malandros habían sido agarrados in fraganti  robándose baterías en el estacionamiento de un edificio cercano. Un vecino entró a buscar su automóvil, notó que algo raro acontecía y dio voz de alarma, algunos otros se apersonaron rápidamente, en medio de gran bullaranga, acorralando a los choritos, quienes no habían tenido la inteligencia de planificar una ruta de escape, facilidad que el estacionamiento en cuestión no ofrece. Los ladrones de calle suelen ser muy ágiles, de modo que huir corriendo, escabulléndose entre la misma turba que intentaba impedirlo, no fue tan difícil. Lo difícil fue que la huida tuviera éxito, ¿Hacia dónde corren un par de malandrines acorralados en pleno centro de Mérida, sin el auxilio de Pueblo Nuevo en cercanías? Hacia la desgracia. Esa es la respuesta.
Nunca vi una golpiza igual. Nunca, en todos los años de mi vida vi tanta violencia en una pelea tan absolutamente desigual. Eran, quizás, unas 27 o 30 personas con odio feliz en sus ojos, golpeando sin piedad a dos zagaletones de barrio que, juntos, no llegaban a contar 80 kilos. Los azotaron con palos, los azotaron con cables, los azotaron con correas, los apedrearon y los patearon, sin mostrar la menor compasión (sea que se la merezcan o no) por el desvaído género humano que nos habita.  De pronto, la voz de una mujer destacó entre la gritería, pedía que alguien trajera gasolina, que alguien buscara un fósforo
-          Vamos a quemar esos desgraciados…gritaba
Desde la esquina, protegido por mi auto y mi inmovilidad, la vi. Es una mujer que conozco. Una mujer de edad cercana a la mía, probablemente merideña, comerciante de la zona, madre de dos hijos veinteañeros que la ayudan en un prospero negocio de “novedades” en el que alguna vez me he detenido a comprar chucherías. La vi. Ella no me vio, ocupada como estaba en perpetrar su venganza. La vi. Era ella la que pedía fuego, carbón ardiente en el sitio de su pecado, habría dicho García Lorca…
Abrí mi auto sin decir palabra, hice entrar a Raúl y encendí el motor, dispuesto a salir en retroceso. Empecé a sentir que el buen sabor del shawarma se me revolvía en las entrañas. Se me salieron un par de lágrimas que limpié en silencio. Pedí a todos los santos que Raúl (amigo de nueva data) no hiciera ningún comentario chistoso. Retrocedí. Al hacerlo, casi choco con una patrulla que llegaba a disolver la turba. Les di paso. Fue así como me di cuenta que, por segundos, los dos desdichados se habían salvado de morir quemados.
No supe nada más. Eche a andar en silencio, estremecido. Entonces recordé aquello que decía Andrés Eloy sobre los hijos del mundo: aquello de cuando se tiene un hijo y todos los hijos, de todas las madres, todos los colores y todo eso. Me golpearon los ojos saltones de la mujer pidiendo a gritos gasolina y fósforos y caí en cuenta que, una mayoría de esa horda enloquecida, eran mujeres de eso que llaman mediana edad. Entonces sentí pesar por las palabras perdidas de Andrés Eloy. Entonces sentí la letra muerta de Andrés Eloy, la estética aborrecida, los versos que no se aplican a las madres venezolanas del siglo XXI. Agradecí a los santos que mi amigo de nueva data no hizo en todo el camino un comentario chistoso, para no verme yo en la desagradable necesidad de pedirle que se bajara de mi auto.

lunes, 4 de abril de 2016

De Panamá viene un barco cargado de...

Once millones de documentos, nada más y nada menos, están en el centro de uno de los escándalos más llamativos de los últimos tiempos:  #panamapapers o “Documentos de Panamá” la filtración de información, muy sensible, sobre la forma en que ricos y famosos del mundo, manejan sus grandes fortunas.  Esto incluye tanto a personas que han ganado inmensas cantidades de dinero de una manera pulcra y decente, como a  poderosos que, a la sombra del poder, han amasado ingentes caudales robándose el dinero destinado a funciones de gobierno o desarrollo de programas sociales (siempre parece ser,  ese, el dinero que se roban).  Hasta ahora se sabe poco o, mejor dicho, se sabe lo que más interés despierta cuando se habla de escándalos financieros: nombres y apellidos, muchos de los cuales si bien no son una sorpresa (se trata en su mayoría de personas a quienes todos consideramos inmensamente ricas)  por lo menos nos asombran con la revelación de que son capaces de triquiñuelas non sanctas.
Hará falta un estudio en profundidad para saber hasta qué punto Panamá Papers acabará con la honorabilidad de las personas ligadas a lo que más bien parece chismorreo financiero pues, para empezar, la existencia de un conglomerado de empresas off shore, no es delito en sí mismo. Están asociadas a prácticas poco claras y, en general, sirven para tapar las suciedades que los dueños de abultadas cuentas bancarias no quieren que se descubran; pero, su existencia no es  ilegal. No constituye delito, aunque sus prácticas opacas puedan constituirlo (de hecho parece que tal cosa puede afirmarse sin lugar a dudas). Entonces ¿Por qué la noticia ha saltado a la primera plana de la mayoría de los periódicos del mundo? Pues, no solo por tratarse de la mayor filtración de documentos sensibles conocida hasta ahora en la historia de la humanidad, sino porque, tras esa millonada de emails, se esconden una serie de suspicacias que, para algunos de nosotros no deben pasar desapercibidas.
Por ejemplo: la firma MOSSACK FONSECA, sobre la que recae la propiedad exclusiva de  documentos que ponen al descubierto todo un largo entramado de posibles trampas, por lo menos en el ámbito fiscal - para no entrar en detalles - llevaba 40 años de “inmaculado” desempeño en el entramado (vasto y muy opaco) mundo financiero Panameño. ¿No vale la pena preguntarse, de qué se valieron los ejecutivos y oficiales de MOSSACK FONSECA para mantener ese estatus de intocabilidad durante tantos años? ¿Cómo consiguieron funcionar de manera casi perfecta, asegurando la tranquilidad de sus clientes (entre los que se cuentan reyes, narcotraficantes y conocidos gobernantes) durante cuatro décadas? Es llamativo. Todos los gobiernos del mundo en aquello que tienen mayor experticia es en controlar las organizaciones que mueven y remueven dinero, sobre todo si ese dinero proviene de manos extranjeras. ¿Hasta dónde, el gobierno panameño sabia de lo que se trataba el negocio de MOSSACK FONSECA? ¿Hasta dónde es Panamá una amplia y tupida mampara para fortunas mal habidas?
Otro ejemplo: entre los nombres que han asomado (ninguno de los cuales está ni siquiera siendo investigado por alguna causa relacionada a malos procederes financieros) destaca el de algunos famosos artistas, deportistas y habituales de la prensa del corazón. La Infanta Pilar de Borbón, tía del actual Rey Felipe VI de España y hermana del Rey Emérito, Don Juan Carlos I, de quien se dice posee una inmensa fortuna personal, es directiva de una empresa cuyos objetivos se desconocen al completo, fue manejada por MOSSACK FONSECA y está residenciada en las Islas Vírgenes Británicas, donde no posee ni un humilde mail box. Por el estilo, Pedro Almodóvar, Edith González, Iván Zamorano y un largo etcétera, tienen algo que ver con empresas “de maletín” fundadas y controladas por MOSSACK FONSECA con domicilios fiscales que van, desde las Islas Vírgenes Británicas hasta las mismas calles panameñas. Sin embargo, llama poderosamente la atención un nombre de oro puro: Lionel Messi, el mejor jugador de futbol del mundo. El consentido de todos los aficionados. El Rey de uno de los deportes con mayor número de fanáticos sobre la tierra. La estrella que más brilla - por razones todas muy positivas - en el ancho universo deportivo mundial.
Lionel Messi, el argentino cuyas piernas seguramente están valoradas en muchísimos millones de dólares, ha sido repetidamente acusado de mantener un comportamiento sospechoso en cuanto al manejo de su inmensa – muy bien ganada – fortuna. En una oportunidad fue investigado por la fiscalía española y llevado a juicio su padre (a quien todos responsabilizan de sus desmanes financieros). Curiosamente, en ese mismo momento, salió a la luz un lacrimógeno artículo periodístico, viralizado en segundos, en el que se hacía pública (de manera no oficial) su supuesta enfermedad de Asperger. Ni más ni menos. Messi es un excelente jugador de futbol, dice la nota periodística a la que se han hecho millones de menciones, pues padece una rara forma de Autismo conocida como Síndrome de Asperger. De alguna manera eso lo inhabilita para tener dominio de cosas tan terrenales como su increíble patrimonio; es muy simple: cabe esperar que #panamapapers no afecte su popularidad y, su honestidad personal, mancillada o no, permanezca a salvo de las dentelladas de la justicia mediática.  Suerte que no correrá el presidente de México, Enrique Peña Nieto y su esposa, la inefable gaviota, Angélica Rivera. Resulta que entre los nombres revelados, figura el del arquitecto responsable del diseño y construcción de la famosa (infame, vale más decir) “Casa Blanca Mexicana” una fabulosa mansión, valorada en varios millones de dólares, que la Primera Dama mexicana construyó durante su estadía en Los Pinos y que le ha valido toda clase de críticas y desgracias; pues bien, el arquitecto, que debe haber cobrado una buena millonada por la casita en cuestión, ha salpicado, con su indecente ambición fiscal, el nombre de Peña Nieto y Angélica, quienes no aparecen mencionados en los documentos filtrados; pero, están siendo objeto de todo tipo de acusaciones.
Es notorio, por cierto, que en las primeras de cambio una humilde pareja de asalariados colaboradores personales del fallecido último presidente venezolano, aparezcan como poseedores de una grosera cantidad de dólares (imposibles de amasar legalmente en este valle de lágrimas) pero, que los nombres de quienes el imaginario popular venezolano considera poco menos que Ali Baba, no hayan salido en la danza - asegurándose que no saldrán, pues no figuran-  y que tal cosa haya producido una gran desilusión en sus congéneres, desilusión que voy a resumir transcribiendo una conversación que tuve esta mañana en la panadería del barrio:
-          A mí eso me parece absurdo
-          ¿Qué te parece absurdo?
-          ¿Si no iban a revelar los nombres que nosotros queremos oír, para que se meten periodistas venezolanos en esa vaina? (refiriéndose a la investigación llevada a cabo por el Consorcio Internacional de Periodismo de Investigación - ICIJ, por sus siglas en inglés - y publicada en primicia por el diario alemán Sueddeutsche Zeitung) si eso es así, me dijo, si no iban a aparecer los nombres de los mayores corruptos venezolanos, entonces no han debido ni mencionar el zaperoco.
-          ¿Y si hubiese salido el nombre de Henrique Capriles? Me atreví a preguntarle
-           Mucho menos, fue su respuesta, muchísimo menos, si hubiera salido el nombre de Henrique Capriles o alguno de ellos, la obligación del periodista es siempre no publicar nada. Si no salió lo que nosotros queríamos que saliera, ese escándalo de Panamá no tiene sentido, es una estupidez
Es quizás lo mismo que muchos deben estar pensando sobre Messi, ¿para qué enlodar el nombre de un héroe? Quizás bastaba con enlodar el de Vladimir Putin o el de Sigmundur David Gunnlaugsson, primer ministro de Islandia a quien se le acabó el pan de piquito gracias a la revelación de que ocultó grandes sumas en bancos extranjeros mediante una compañía off shore en plena crisis económica, o el de Mauricio Macri, el presidente argentino al que se le está acabando la luna de miel. Messi, Almodóvar, Edith González, Jackie Chan, no,  ellos están cubiertos por la doble moral de las calles; no hay duda, #panamapapers solo ha servido para revelar una verdad: La humanidad está muy enferma; pero, ni en eso atinaron. Ya lo sabíamos.

sábado, 26 de marzo de 2016

Por la acera del frente, solo...

Frank vive en un edificio clase media – media. Lleva más de 30 años residenciado allí, todos sus vecinos lo conocen, saben de él, han visto crecer sus hijos y alguna vez han obtenido de él algún favor para resolver emergencias. Frank es un buen vecino. Se supone que el resto de las 21 familias que habitan el edificio también lo son; para ser un edificio merideño, Frank cuenta con la dicha de no tener en el vecindario apartamentos convertidos en “residencia estudiantil”, cosa que no es que sea mala, sino que ocasiona algún problemita, según puede atestiguar la ciudad entera. El edificio de Frank está habitado por familias, o lo que así puede llamarse en estos tiempos de diversidades y amplitud de conceptos.
Hace un par de días, Frank dedicó el día entero a recorrer pueblos merideños con el fin de abastecerse. En alguno consiguió azúcar, en otro consiguió arroz y poco a poco, fue llenando la despensa familiar gracias al vía crucis que todos conocemos y todos realizamos para mantener nuestras familias tan alimentadas como “la crisis” lo permite. Frank regresó a su edificio aproximadamente a las 5 de la tarde, estacionó su vieja camioneta en un lugar cercano a la zona de entrada del ascensor y comenzó a bajar las tres cajas de víveres que había podido conseguir. Hizo el desembarco en la puerta del ascensor sin recordar que, últimamente, el aparato ha estado medio embromado, actuando por la libre la mayoría de las veces. Frank, en un olvido propio de la confianza de estar en casa, metió dentro del ascensor sus compras y se alejó un segundo para cerrar la puerta del garaje. El ascensor  arrancó. Frank no pudo hacer nada  por detenerlo.  Pasaron unos minutos que a él se le antojaron muy largos, tras los cuales, el ascensor regresó a planta baja, vacio. Detenido en algún piso imposible de descubrir pues, entre otros, el problemita del ascensor incluye haber dañado el marcador de pisos, el mercado que tanto esfuerzo y dinero habían significado para Frank, se evaporó en un vecindario que ha sido peinado hasta donde la decencia lo permite. Los vecinos “ho-rro-ri-za-dos” han comentado lo sucedido al buen señor, pero nadie ha permitido que este le eche un vistazo a la nevera o a la despensa de nadie. La compra extraviada en el ascensor, se perdió para siempre en el ascensor. Fin del asunto,
Lina, una profesora universitaria de economía tan menguada como la de cualquier profesor universitario, se dedica entre otras tareas penosas, a cuidar de su madre aquejada de una grave enfermedad mental propia de la edad. Para palear los síntomas, la madre de Lina consume una buena cantidad de medicamentos, cuya presencia en las farmacias locales sería motivo de risa, si no fuera tan grave. Cada cierto tiempo, Lina y su único hermano se ven en verdaderos aprietos para agenciarse las dosis necesarias, lo han logrado hasta ahora, pero cada día se hace mas cuesta arriba y más complicado. Hace una semana llegó el momento – aciago – de realizar inventario y dictaminar que es hora de abastecerse nuevamente. Cuentas sacadas, Lina obtuvo un préstamo de su caja de ahorros (medida in extremis a la que solo ha acudido  una vez al principio de la enfermedad de la madre) y juntó  dineritos guardados con la alcancía del hermano, para comprar los medicamentos necesarios para cuatro meses de tranquilidad. Empezaron las averiguaciones, pues nunca habían tenido que hacerlo de manera tan especial y decidieron acudir a los servicios de una mujer, venezolana, sufrida victima de la crisis, que decidió poner los pies en polvorosa y se dedica, según sus propios anuncios a “ayudar a sus paisanos venezolanos” desde su exilio panameño. Lina la consiguió en una red social, hizo algunas llamadas para verificar su existencia, gustándole lo que encontró, hasta que finalmente la llamó personalmente. Cari, (así se hace llamar la paisana) resulto encantadora, comprensiva, buenísima gente. No hizo otra cosa que ponderar la obligación que “tenemos los que vivimos afuera de ayudar a los que padecen esta horrible dictadura”  Lina le contó de sus problemas con las medicinas de su madre, Cari le aseguró que ese mandado estaba hecho, pues ella contaba con una “red humanitaria” especialmente diseñada para Venezuela y le pidió una lista detallada de medicinas. Lina se la envió de inmediato. Cari respondió dos días después con las buenas nuevas “tengo todo en mis manos, cuatro meses y medio de medicamentos para tu mamíta, mi amor” Lina agradecida, preguntó el precio, Cari se lo dio. A Lina le dio un soponcio. Era bastante más de lo que ella pensaba que sería. Le pidió un par de horas para replantearse la compra, Cari respondió que sí, pero lo hizo de muy mal humor (No vayas a salirme con que no las vas a comprar porque yo ya las compré y te las tengo aquí listas para mandártelas) y en fin, la cosa se empasteló un poquito. Vencida por la necesidad, Lina pagó lo que Cari le dijo muchas veces en sucesivas llamadas perfectamente pensadas para presionar la realización del pago y cinco días más tarde recibió los medicamentos. Vencidos. Con más de un año de vencimiento. TODOS. Marcados como medicamentos regalados por una organización de caridad debido a su condición de poco aptos (la fecha de vencimiento de un medicamento es tema de muchas teorías encontradas, pero de que asusta, asusta) Entonces Lina decidió averiguar un poco más: el precio que ella había pagado por esos medicamentos “poco aptos” era -  en más del 600% - superior al precio de venta del mismo medicamento en una farmacia Internacional que se anuncia por Internet y en otra y en otra. Hace más de una semana, Lina trata infructuosamente de hablar con Cari. El número de la venezolana benefactora de sus pobres paisanos en problemas, ha sido misteriosamente desconectado. Fin del asunto.
Federico tiene 56 años. Por la razón que sea, a esa edad, no ha podido obtener vivienda propia. En realidad, su suerte no ha sido tan buena. Digamos que es muy difícil que un venezolano de bien obtenga lo que hace falta para comprarse una casa, dedicándose como él ha hecho a escribir, pintar y dar clases de literatura en un liceo secundario. Todo con mucho éxito, pero más nada. Hace como un año Federico recibió una herencia (algo que quienes lo han vivido lo celebran tanto como una lotería) que comprendía un pedazo de terreno en una zona muy bonita de Mérida  y algún dinero, suficiente como para construir, sin pretensiones, una modesta casita. Federico se puso a ello. Sabía perfectamente lo que quería hacer y por lo tanto empezó a permitirse el sueño, hasta que descubrió que, para poder hacerlo realidad, necesitaba el auxilio de un arquitecto que, entre otras cosas, pusiera en orden la burocracia con la que debe enfrentar la burocracia. Lo pensó mucho, después de cierto trabajo de “casting” Federico se decidió por un amigo de infancia. No digamos - como los “chamos” de hoy – su mejor amigo, ni mucho menos. Un arquitecto a quien él conoce “desde que estaban chiquitos” y a quien ve con frecuencia en las reuniones de los compañeros de colegio o en las casuales rumbas de la gente de toda la vida. Federico se reunió con él, él le puso por delante unos honorarios muy decentes, (solidarios, de pana, dirían algunos) con los que Federico estuvo muy de acuerdo. La reunión terminó con un cheque extendido a  nombre del arquitecto por aquello de que “entre usted y yo hay confianza”. Unos días después, el arquitecto le entregó a Federico unas hojas, a mano alzada, con bocetos informales de lo que él consideraba una propuesta. Ninguna de esa hojas pintaba ni remotamente lo que Federico había dicho y redicho mil veces en la reunión previa; pero, además, no servían para empezar a tramitar permisos, ni para echar a andar la construcción. Federico le hizo un reclamo de amigos. El arquitecto nunca más respondió sus llamadas, nunca más hizo el menor esfuerzo por cumplir con el trabajo encargado, ni el menor intento de dar una explicación coherente sobre lo que piensa hacer para retribuir el dinero recibido, del cual Federico se olvidó completamente, por cierto. Fin del asunto.
Hace pocos días, el grupo de amigos de ambos, que suele reunirse para celebraciones casuales, decidió no invitar a Federico a una de esas fiestitas, para evitarle tener que encontrarse con el arquitecto, al que, por supuesto, invitaron y celebraron ¿sin recordar? la estafa que había cometido.
Cuanta razón tenía un gran amigo mío, intelectual de verdad, quien solía decir que en este "país" la única forma de vivir, era caminando por la acera del frente...solo

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