lunes, 18 de julio de 2016

Gajes de un oficio

A Yelitza no le gusta que la llamen bachaquera. “Esa palabrita es horrorosa, parece que uno fuera un delincuente” dice cuando habla del oficio en el que ocupa casi todas las horas de su día,  los siete días de la semana.
-          -    A mí no me regalan nada, ni me lo traen a la puerta de mi casa, es mucho lo que pateo calle yo, buscando que si harina pan, leche, azúcar, toallas sanitarias y todo eso pa´venderselo a la gente floja que cree que por hacer cola se le van a partir las uñas. Esto es un trabajo, como cualquier otro, que a mí no me vengan con el cuento de que yo soy bachaquera -
Es su excusa, dice trabajar a favor de los que se sienten ajenos a la cola y considera su trabajo casi un apostolado. Uno que le ha producido muy buenos dividendos. Yelitza, en su casa del centro de Mérida, ha logrado cimentar un supermercado clandestino con normas de funcionamiento estrictas, horarios sagrados que incluyen sábados y domingos  y precios que varían semanalmente, en el mejor esquema capitalista de la oferta y la  demanda. De lo que ha logrado, Yelitza se siente más que secretamente orgullosa, sobre todo porque lo hizo prácticamente sola en el cortísimo periodo de  - un poquito menos de dos años - . Antes de eso, era abogada en busca de un documento que le permitiera llegar al fin de semana y secretaria fastidiada en una empresa inmobiliaria, en la que no había mucho que hacer y ganaba sueldo mínimo, más cesta tickets.
Tiene 33 años y un par de morochos de seis, cuyo padre reconoció para que los muchachos tuvieran apellido, a pesar de que ya se habían casado por civil cuando ella anunció la feliz noticia. Estaban esperando el golpe de suerte que los pondría en la cuota inicial de un apartamentico en Ejido, cuando ella descubrió que el novio de toda su vida tenía al segundo frente en su escritorio vecino. Claro que se deprimió, claro que pensó que eso no se hace, claro que intentó perdonarlo y todo; pero, a la hora de las chiquitas, prefirió quedarse sola con el vestido de novia guardado en el clóset y la reservación en el salón de fiestas cancelada. Parió sola a sus morochos casi al mismo tiempo que se graduó de abogada y con el auxilio de un profesor - que siempre me ha apoyado mucho en todo - arregló un divorcio  resuelto sin penurias,  en pocos meses y muchos tramites,  que le costó casi nada. Desde entonces no supo mucho de él.  - Trabajaba en CORPOELEC - me dice,  - pero creo que lo trasladaron a otro lugar, creo que lo mandaron para Puerto La Cruz o por ahí, se habrá ido con la mujercita, no sé, la verdad no se, ni me importa saberlo - recalca sin convencerme, una mirada esquiva, una sonrisa obligada, me informa de lo contrario. Cosas de mujeres.
Desde entonces, Yelitza se ha dedicado a ocuparse  de ella y de sus dos hijos. Ha tenido la ayuda de su mamá, una señora de Mérida de toda la vida y de su único hermano, un tío consentidor, experto en el rebusque que ha sido el padre que esos muchachos no han tenido. Yelitza está agradecida a la vida, porque mal no le ha ido,  pero siempre pensó que la oportunidad se le escapaba cuando estaba a punto de resolver la mayor de sus dificultades: el quince y último. A pesar de vivir relativamente bien, tener un carrito,  comprado con lo poco que heredó de su papá y contar con lo suficiente para darse un gustico de vez en cuando, la verdad es que la situación económica se le puso cuesta arriba a Yelitza y los morochos - el colegio carísimo, y ni hablar de los útiles escolares y las meriendas - casi al mismo tiempo que se le puso difícil a toda Venezuela. Entonces fue cuando le sonrió la suerte.
Fue obra de su hermano, que llego un día a la casa con un par de bultos de papel higiénico adicionales y le propuso venderlos entre sus amigas, al detal. Ella escribió un mensajito de texto ofreciéndolos y en menos de media hora se había ganado un poco más de dos mil bolívares. A la mañana siguiente, en el camino a su trabajo, se detuvo en casa de una de sus compradoras para entregarle la mercancía que ya había sido pagada mediante una transferencia electrónica a su cuenta y esta le preguntó si no podía conseguirle aceite también. - Te lo pago a lo que me lo pongas, porque no tengo ni una gota - . Yelitza, sin saber porqué, le dijo que sí, que le avisaba al mediodía y se fue para la oficina de la inmobiliaria a esperar por un cliente que nunca cruzó la puerta.  A media mañana le escribió un mensaje a su hermano, preguntándole por aceite y él le respondió que si en la casa se había terminado. Ella mintió que si y el replicó que era imposible porque había llevado una caja poco menos de una semana antes. Ella recordó que en efecto su mamá guardaba celosamente el aceite en el clóset del cuarto de servicio. Entonces, por primera vez, dijo una mentira para salir de esa oficina en que nadie la extrañaría. Fue a su casa, agarró dos botellas de aceite y llamó a la amiga, se los ofreció a un precio un poquito menos alto que el del mercado negro. Esa fue su segunda venta y la recuerda perfectamente
-          - Esa mujer se puso feliz, mijito….brincaba en una pata….allí mismo, delante de mi, hizo la transferencia a mi cuenta
En menos de dos meses, y siempre con la complicidad de su hermano, Yelitza amplió su oferta de productos, su lista de clientes y su cuenta bancaria. Solo acepta transferencias electrónicas, nunca permite un cheque ni un pago en efectivo y no vende sino `productos detallados. Los bultos de la escasez  los guarda en una habitación que ha preparado cuidadosamente para el negocio, sus hijos la llaman “el abasto de mami”. Lo hace sin escondrijos mayores, aunque toma precauciones. Todo está guardado dentro de escaparates de doble puerta que se compró con el producto de sus primeras ventas. El grueso de la mercancía está escondido en otra habitación a la que nadie que vaya a esa casa tiene acceso. Para satisfacer a sus clientes, Yelitza hace colas, recorre la ciudad de punta a punta, compra cualquier cosa que cree pueda ser revendida e incluso conduce su carrito hasta Cúcuta para traer pasta dental, jabón y champú – nunca en los “operativos” especiales de estos días, eso es de novatos; yo sé como pasar mis cositas sin tener problemas, tampoco es que traigo camiones de cosas - Un amigo le contó que en Caracas, en el mercado de Chacao, se consigue de todo; hasta allá fue, pero la decepcionaron los precios, aunque de todos modos trajo 48 desodorantes de hombre que vendió en menos de dos horas a 2.500 bolívares por unidad.
El domingo no atravesó la frontera, porque le pareció que no era capaz de soportar ese gentío, aunque compró un par de bultos de fideos que le ofreció a buen precio alguien que si lo hizo. En el fondo, Yelitza sabe que su oficio no es motivo de orgullo; sabe que no puede contarlo en las pocas fiestas a las que asiste con sus amigas del colegio (que no están en su lista de clientes) y que terminará en algún momento,  - ojalá y no muy pronto -  confiesa sin sonrojos. Ha logrado algunos ahorros, se ha hecho ducha en el negocio de la comida; está segura que cuando todo se normalice terminara montando “el abasto de mami” en el marco legal que le corresponde; pero, por ahora, eso es lo que hay. Y a eso le está sacando buen provecho, a juzgar por la ropa bonita que lucen tanto ella como su hermano, la sonrisa a toda hora  y las nutridas meriendas que llevan sus hijos al colegio. Pero,  no soporta que le digan bachaquera. Se ofende tanto como cuando le dicen chavista. 

jueves, 7 de julio de 2016

La misa del lunes

Para mi generación, tal vez para la de mis padres también, El Seminario Arquidiócesano de San Buenaventura de Mérida siempre ha estado en el mismo lugar. Es un hermoso edificio, un poco desvencijado, que lleva años al final de la calle 25, un poco mas allá de la avenida 7,  en un cruce de calles un poquito enrevesadas, justo al lado de la estación principal del Teleférico de Mérida y, más o menos,  al frente de la Plaza de las Heroínas. La ciudad ha cambiado, han hecho y deshecho con los alrededores, una estación de trolebús ha complicado enormemente el tráfico del área, pero el edificio bonito del Seminario continua siendo referencia de un barrio céntrico lleno de visitantes  que lo ignoran, como suele ignorarse un colegio grande en el que casi nunca hay trafico a la salida, ni muchachitos retozando en la esquina. Más bien silente,  el seminario, para muchos merideños, es un edificio de piedra gris al que alguien debería hacerle un cariñito porque alberga una institución de la que nos sentimos muy orgullosos, nada más;  hasta el viernes 01 de julio. Ese día, adquirió una notoriedad casi lamentable cuyo punto más alto lo puso una misa pensada hasta en el más pequeño detalle para recordarnos a todos que la causa es la paz (su padre rector dixit).
Fue una clara e inequívoca convocatoria: ante la afrenta recibida, vamos a reunirnos a orar, vamos a reunirnos a perdonar, vamos a dar un paso adelante por la paz, en una ciudad donde todo termina resolviéndolo  la lluvia o una misa. Ese día, por suerte, no llovió, más allá de unas gotitas inofensivas al final de la tarde. Ese día hubo un sol esplendido, gente, y curas vestidos de valentía con la estola blanca de las mejores ocasiones.  Ese día también hubo fe, montones de fe, o lo que muchos consideran es la única cosa con la que se puede enfrentar lo-que-nos-está-pasando. Ese día, además, hubo un cura en particular, a cargo de un sermón del que no se puede dejar de hablar. Es el Padre Cándido Contreras, una de las estrellas de la curia merideña. Un cura al que ya muchos de nosotros vemos vistiendo mitra.
Es el párroco de Santiago de La Punta, un pedacito de ciudad medio periférico al que se conoce como La Parroquia. Ha estado a cargo de asuntos catedralicios y es conocido, mejor aún, apreciado, pues le reconocen su carácter arriesgado, presto a decir incomodidades en nombre de Dios. Si quedaba alguna duda de eso, se disiparon el lunes. Pero, es más, si quedaba alguna duda de su ascendencia sobre la feligresía, eso también se disipó, cuando se acercó al micrófono para anunciar que se le había encargado el sermón, fue recibido con aplausos de director de orquesta. Si la misa, que había empezado con alegría, canticos y escenas memorables, tuvo un punto álgido, ese fue el sermón del Padre Cándido. 
Poco antes, otro sacerdote de los famosos, había recordado lo obvio: “para nosotros esto es sagrado”  y al hacerlo, pidió a los asistentes tomarlo en serio, porque no se trataba de un homenaje al seminario, sino de una oración colectiva por la Paz.  La misa, programada para efectuarse en la capilla del Seminario, había sido trasladada a la calle, cerrada por la presencia cada vez más numerosa de personas. Cuando toco el turno al padre Cándido, unas tres cuadras estaban repletas de feligreses, “de gente de todas las creencias” como bien dijo en algún momento el padre rector del Seminario.
La lectura escogida, (Mateo 9 – 18,26) habla de uno de los milagros de Jesús en su paso por el mundo; el de una niña, cuyos padres lloraban su muerte y a quien Jesús despertó, con esa sencillez que cuenta la biblia que él hacia las cosas para que los demás reventaran de rabia y terminaran crucificándolo.  Pues bien, el padre Cándido, empezó por explicar el milagro y lanzar su primera analogía: lo dijo muy claramente: “nuestra respuesta no puede ser solo indignación, nuestra respuesta puede ser un detonante para despertarnos”  y siguió: “esta Venezuela dormida, que parece estar muerta, a ti te lo digo, levántate”.  Y entonces, volvió a repetir que no podíamos quedarnos solo en la indignación, “que la justicia humana haga lo que tiene que hacer, si es que lo hace”  urgiéndonos el padre de la voz alta, a perdonar,  “uno de los grandes actos de misericordia, en el año de la misericordia” admitiendo, por supuesto, que es sumamente difícil.  El padre Cándido habló de reconciliación, sin  mandar a reconciliarnos, poniendo en el medio el perdón y la justicia humana, la que hasta ahora a nosotros no nos ha funcionado.
Y entonces, Cándido habló de la desnudez, de la infamante desnudez;  no de la desnudez (lo aclaró) con la que nacemos y nos hace inocentes, No.  Habló de la desnudez de Jesús  en el camino al calvario causada por “esos gobernantes que no pueden sino beber sangre para mantenerse en el poder”.  Midió cada palabra, diciéndolas una por una,  para continuar - en el contrapeso indispensable del buen predicador - nombrando las bondades olvidadas e imprecisas con las que se tropieza  uno en todas partes. Suerte de contrapunto necesario que terminó con una invitación imprescindible, la de actuar “con rectitud y justicia, pues si no hay rectitud, no habrá justicia y si no hay justicia, no habrá rectitud”  citando a Gandhi y la frase que a los venezolanos se nos ha convertido en mantra: “la violencia es el arma de los que no tienen la razón, y si yo necesito empuñar un arma para decirle a usted que yo tengo la razón, pues no tengo la razón y eso no se discute”
El sermón del padre Cándido, sin embargo, ha causado molestias sobre todo por una rotunda afirmación: “nos dicen que somos políticos y es cierto que lo somos; somos políticos, porque estamos a favor del bien de todos, sin distinción”, y recalco, “solo los políticos trabajan por el bien de todos, por el bien de la colectividad en general, los politiqueros solo se ocupan del bien de ellos y de unos pocos”. Cuando cesó la ovación, volvió a recordarnos su compromiso diciendo una vez más que “si, nosotros somos políticos, no somos politiqueros”. Entre los oyentes, la flor y nata de la oposición regional sopesaba con admiración sus declaraciones, algunos infiltrados también. No se convirtió en agua de borrajas, subido a las redes sociales, la homilia sigue resonando incómoda. Youtube ha recibido cientos de reproducciones. Whatsapp lo ha reenviado hasta el hartazgo. En la cotidianidad del merideño, las palabras, si bien un poco modificadas, empiezan a ser parte de nuestra mitología urbana, pocos han permanecido indiferentes.
El edificio del seminario sigue allí. Es una construcción solida, hermosa, de cuyo patio central sale, como dijo su director, la voz de los que no la tienen.  Tal vez, un día de estos lo veamos remozado. La vida de los merideños sigue desmenuzándose en infamantes colas a las puertas de un supermercado y el ultraje a los seminaristas, adornado de imposibles mitos urbanos,  se diluye en noticias nuevas de atracos y violaciones. La PAZ, suena a cosa imposible, a palabra sobada, a comodín de colores. Habrá otras misas y posiblemente, peores razones para hacerlas, en las que no cuadre el termino celebración. El padre Cándido (y sus colegas de púlpito) volverán a decir unas cuantas verdades, Pero, difícilmente olvidaremos la imagen precisa de los gobernantes que beben sangre - desde el principio de los tiempos - para crucificar a los justos y mantenerse en el poder.

lunes, 4 de julio de 2016

Palabra de rector

Puestos a echar un pulso, es posible que el Padre Alexander Rivera termine siendo más viejo de lo que todos piensan; no porque él quiera. Parece de todo, menos un cura en posición de poder; pero, lo es.  Es el rector del Seminario Arquídiocesano San Buenaventura de Mérida. El más antiguo de Venezuela y uno de los más sólidos bastiones de formación sacerdotal con que cuenta este valle de lágrimas. Alexander, a quien no le encanta que lo llamen por sus títulos, es un cura de La Azulita, con tanta pinta de agricultor como cualquiera que haya llegado de esos lares, con la mirada tranquila y el hablar pausado de quienes vienen de ese pueblo andino. Incluso hoy, cuando la institución que dirige es el foco de atención de una ciudad estremecida.  Tal vez por eso, prefiere contarlo todo caminando una y otra vez por el pasillo trasero del edificio que alberga a los muchachos venidos de todos los rincones de Venezuela con la intención de convertirse en sacerdotes o de estudiar bachillerato sin problemas - pues también siendo un buen padre de familia puede predicarse la palabra de Dios, con el ejemplo –  Alexander Rivera no puede despojarse de su condición de sacerdote, ni siquiera cuando sus fuertes manos, de gruesos y largos dedos, intentan evitar señalar culpables o cuando sus pasos apurados me acompañan, hablando de perdón.
Hace tres días que en Mérida no se habla de otra cosa. Cuatro muchachos, dos de 17 años, uno de 16 y otro de 15, fueron agredidos, torturados, heridos, robados, amenazados con gasolina y fuego y luego obligados a correr, completamente desnudos, por la Avenida Don Tulio Febres Cordero de esta ciudad, por haberse cruzado en medio de una revuelta callejera protagonizada por un colectivo oficialista, para impedir un acto convocado por Voluntad Popular que contaría con la presencia de Lilian Tintori. Los jóvenes salían de la casa de la tía de uno de ellos en las inmediaciones del sitio donde se desarrollaban los disturbios y, con la naturalidad de quien está acostumbrado a sortear reyertas, intentaron pasar por el medio de la calle tomada. Algunos de los encapuchados, miembros del colectivo los increparon preguntándoles si ellos eran “chavistas o escuálidos” ellos respondieron, con la mayor simpleza, lo que son: “somos seminaristas”. Así empezó su desgracia.
El Padre Rector estaba preparando la misa del domingo, cuando uno de los diez sacerdotes que le acompañan en la labor de mantener a flote el Seminario, le interrumpió el estudio para anunciarle que algo muy grave había sucedido a  varios de  sus muchachos. El Padre Rivera, haciendo gala de ese sentimiento filial que suele desarrollarse entre el director de un colegio católico y sus alumnos, reaccionó perplejo ante la noticia y se negó a ver las fotografías que en segundos colapsaron las redes sociales.  Quiso saber detalles de lo ocurrido y prepararse para hacer frente a lo que vendría. No acudió inmediatamente en ayuda de los estudiantes, pues sabia que otro de los sacerdotes que forman la jerarquía del Seminario estaba en eso y él tenia que atender diversos frentes en ese mismo momento. Él, necesitaba saber si se trataba de un ataque deliberado a su seminario, a la iglesia. Hoy está seguro que no lo fue.
-          -      Un atacante lleno de odio no pide la  identidad de sus víctimas, arremete contra cualquiera, le tocó a ellos. Ellos se identificaron como seminaristas, porque eso es lo que son; pero eso no hizo que sus atacantes se portaran peor. Un ataque deliberado al seminario habría sido mejor planeado y no habría sido contra cuatro estudiantes de cuarto y quinto año que no llegan a 17 años de edad. Es más, uno ni siquiera es estudiante nuestro. Fue quien llevó la peor parte.
La misma tía que los había despedido minutos antes en el apartamento advirtiéndoles que se fueran con cuidado, fue la primera en atender sus llamados de auxilio. Los vio desde el balcón y los reconoció, con el ojo herido por un dolor imborrable, cuando corrían desnudos en busca de amparo.  Uno de los cuatro, el menor, sangraba abundantemente; había sido golpeado en la cabeza con un candado. Ella se ocupó, los cubrió y diligenció el traslado a la clínica de los cuatro muchachos.  Así, como Dios los trajo al mundo fueron fotografiados y vistos en el mundo entero, gracias a la inefable inmediatez de las redes sociales.
-     -       Lo siguiente que pensé es que ese tipo de tragedias están empezando a parecernos tan normales - retoma la historia mientras camina a mi lado el Padre Rector - que parecemos estar acostumbrándonos. Que ese encarnizamiento es propio de estos tiempos terribles y ya nada  nos sorprende; entonces, claro, uno se asusta.
Los cuatro muchachos, cuya identidad no ha sido revelada tal vez por no ahondar en la vergüenza, llegaron hace menos de dos años procedentes de pueblos del interior de Los Andes. Dos vienen de un caserío de Guaraque llamado Rio Negro y dos de un pueblo trujillano, Capurí.  - Son hijos de gente de fe - dice el padre Rivera - De gente a la que Dios les da paz y serenidad, aunque están pasándolo muy mal. Ellos son muy jóvenes, y están bastante recuperados; fuera de lo anecdótico, ya hasta son capaces de reírse de lo ocurrido y bromear sobre eso; sus padres no, ellos están muy afectados. A esos muchachos han podido matarlos.
El 1ero de Julio, toda Mérida se volcó a proteger su seminario, una institución de la que los merideños están muy orgullosos, pues entre otras cosas, es génesis de su Universidad. Los comunicados de apoyo, las voces exigiendo respeto, las muestras incontables de respaldo emocionan la voz del diminuto Padre Alexander mientras camina a mi lado sin querer detenerse. Trato de ver en sus ojos un rastro de rencor, un poquito de venganza, un rasgo de rabia. El Padre Rivera está curtido en dones de Dios, él ya los perdonó. Solo consigo arrancarle un dejo de ironía cuando le comento la rueda de prensa ofrecida esta mañana por el Gobernador del Estado Mérida, Alexis Ramírez, quien dijo que repudiaba el hecho; pero, aclaró como quien resta importancia al asunto, que los agredidos estaban alborotando, en las canchas de la Federación de Centros Universitarios, lugar donde se realizaría el acto con Lilian Tintori y en cuya esquina sucedió el ataque.
-     -    Bueno, no sé si fue una rueda de prensa, pues no hubo preguntas. Creo más bien que fueron unas  declaraciones.
-      -    Eso fue lo que el gobernador dijo, ¿usted lo sabía? Que los muchachos estaban en las canchas de la     FCU.
-      -    Es normal, desconocer la realidad es normal en los tiempos que estamos. Eso es parte de no decir la verdad, yo lo llamo realidad política, el gobernador tenía que decirlo. Pero, no, ellos iban a su clase de inglés en el CEVAM, iban de prisa porque tenían un examen. Hay registros.
El Padre Alexander se sonríe. Parece no atreverse a decirme lo que, quizás, ambos estemos pensando, entonces se lo suelto, - no está la iglesia para alcahuetear mentiras -  sus  ojos me miran divertido.  Ya llevamos la cuarta vuelta al pasillo. Me asegura que no le consta que hayan metido a uno de los muchachos dentro de una alcantarilla, que otro de ellos salió de la clínica con un collarín – quizás por prevención – y que ayer lo llamó el Padre Alirio Contreras, un cura venezolano que vive en Roma y que protagonizó un momento venezolano durante el Ángelus del domingo pasado en San Pedro;  lo llamó para hacerle llegar los saludos del Papa Francisco. Ya Monseñor Porras lo había hecho. Con humilde orgullo cuenta que el Papa ya está enterado de los detalles, pero le preocupa que Su Santidad tenga una preocupación más; lo agradece, pero me regala lo que ha sido su reflexión permanente desde el viernes, una reflexión que, dado su talante, no me sorprende en absoluto:
-    -     Uno siempre tiene que tener la posibilidad de pensar en el lado bueno de las cosas que suceden. A estos muchachos les tocó vivir eso tan horrible, tan inhumano, porque quizás ellos pueden convertirse en la voz de los que no tienen voz. De los que humillan diariamente en las colas para conseguir comida, de las madres que no pueden llevarle sustento a sus hijos. Estos muchachos son la voz de esas personas que están viviendo tan mal en este país y nadie conoce.
Un seminarista interrumpe nuestro paseo. El padre es requerido en el patio frontal, dentro de poco va a celebrarse una misa en desagravio y a él le toca afinar detalles.  Decido terminar allí la conversación aunque reconozco que me ha subyugado y quisiera pasarme horas hablando con él de muchas cosas. Mi última pregunta parece lógica, esperada,
-     Padre, ¿no le da miedo?
-        -    ¿Por qué?, nosotros vamos a hacer una misa, una misa por la paz, no es un homenaje al Seminario      Yo me encomiendo a la Santísima Trinidad y me paro allí, no estaré solo.
-          -    ¿Usted cree, padre, que vale la pena arriesgar la vida?
-          -     Claro, claro que sí -  me lo dice mirándome a los ojos, rotundamente - Si la causa lo vale, claro que si, y la causa es la paz.
El hombre de 1, 60 de estatura se aleja. Mil cosas lo distraen allá afuera.  La causa es la paz, me repito. Media hora después encabeza la procesión de 46 sacerdotes diocesanos que presiden la misa por la paz en la calle repleta de gente que conduce al seminario y que este comparte plácidamente con la fragata insignia de las obras del gobierno local, el Teleférico de Mérida. Me quedo en la misa. Al terminar, es el padre Rivera el que nos dice, después de una homilía extraordinaria - que merece cuento aparte - palabras que marcan su talante:
-    -      Pertenecemos a la generación que escuchó decir a sus abuelos que al mundo vendría una gran oscuridad, los cálculos estaban mal sacados, no dijeron que esa gran oscuridad ha caído sobre Venezuela; pero, no nos preocupemos, que ya hoy anunciaron que se acabaron los cortes de luz….

lunes, 13 de junio de 2016

Madrugada de odio

Quienes más me conocen, opinan que soy nocturno-fóbico; en cierto modo es verdad. Fue tanto lo que salí de noche en la juventud que comienza a ser lejana que, hoy día, he optado por  encerrarme en casa para no exponerme a las rudezas de una noche que no entiendo. Eso, sin embargo, no quiere decir que desconozco la nocturnidad o que no estoy al día en las opciones que ofrece el underground rumbero de mis ciudades. Yo, si es por estar al día, estoy al día con todo. Incluso - o sobre todo - con las nostalgias de sitios idos con mis memorias intactas. Los “bares de ambiente", por ejemplo.
Reflejos de las sociedades y ciudades que los alojan, los “bares de ambiente” existen desde que la moderna humanidad acuñó la mala costumbre de dividirse en parcelas, relegando cada una a un espacio en teoría exclusivo: los bares de solteros (para que los casados no profanen su auto impuesta santidad) los bares de parejas (para que los solteros ídem) los bares para ejecutivos exitosos, los que acogen la bohemia, los preferidos por los jóvenes (en donde tener 32 años es delito imperdonable) los de los tukis, los de los ricos, aquellos a los que van los negros,  aquellos a los que van los blancos (y bonitos) los de los pobres o los de los maricos. Quizás pensando que, así, cada uno en su sitio, evitará cometer el crimen de acercarse a una parte de la humanidad que, aunque existe, ni se nota, ni se toma en cuenta porque siendo la otredad, se diferencia de mi y no puede ser determinada.
No hay responsabilidad definitiva. Las tribus sociales - y sus templos - posiblemente nacen por generación espontanea. Las maldades que engendran, quizás también. Lo que si puede y debe señalarse de manera clara e inequívoca es que, afortunadamente, hay un  error de concepto; muy para suerte de lo poco bueno que le queda a la humanidad, las tribus sociales están llenas de transgresores y de aquellos que permiten - y aplauden - la transgresión.
Hace mucho tiempo que no frecuento bares gay (ni de otro tipo) por decisión propia - lo dicho, ya no soy hombre de bares - pero, en mi querida Mérida, por ejemplo, un tour por la nocturnidad probablemente termina, aun sin uno quererlo, en un sitio ruidoso y extraño al que toda la ciudad conoce como La Maricoteca (en realidad figura bajo el chistoso nombre de ENIGMA) pues, entre otras cosas, es el único rumbeadero que permanece abierto hasta las tantas. Siendo un lugar mayoritariamente frecuentado por miembros (uniformados, valga decirse) de lo que ahora llaman la Comunidad LGBT, a ENIGMA entra (y sale) todo bicho de uña. Después de muchos meses sin caer por allí, estuve un rato hace un par de meses en ocasión de la celebración de un espectáculo; llegué pasadas las dos de la madrugada y me dediqué a mirar los toros desde la barrera ya que, entre otras manías de viejo, casi no consumo alcohol. Si, es cierto, en la pista de baile se agitaban los cuerpos sudorosos de hombres de todo tipo y descripción; pero, el espacio era democráticamente compartido por toda clase de gente: muchachas que se divertían en compañía de amigos, cuasi adolescentes tímidos a la caza del requiebro de esas muchachas, machos desprejuiciados apurando todo el cocuy del semestre, maestros de escuela, conspicuos intelectuales, turistas alemanes mal bañados y en chancletas,  buscando cerveza fría, artistas, hippies, mal pensantes, cometas y suicidas (cantaría Amaury). Sometido a un test de exclusividad, esa noche (estoy seguro que todas las otras también) ENIGMA habría salido muy mal parado como sitio de ambiente,  aunque con honores relumbrantes que lo catalogan como santuario de nuestra escasa tolerancia; quizás,  porque lo mejor de ese tipo de lugares es que nadie-se-mete-con-nadie y el que lo hace se-atiene-a-las-consecuencias.
ENIGMA en Mérida, IMPACT en París,  COPA´S en Caracas, SPLASH en New York o PULSE en Orlando, pretender que un sitio de ambiente es reducto exclusivo de inmorales y desviados, es muestra de una estupidez tan grande y bochornosa, como la de practicar una religión que te obliga a odiar al prójimo más de lo que odias tu maldita vida. Eso va a descubrirse cuando empiecen a saberse las historias de las 49 víctimas del atentado terrorista de la discoteca PULSE en Orlando, Florida.
Quizás esa sea una de las principales razones por las que, en particular, este crimen espantoso deba ser repudiado por toda la gente de bien del mundo: fue cometido en contra de la humanidad y fue cometido en nombre de un odio irracional que apuntó al lado equivocado. No es ni más triste ni más horrible que otro. Tan solo más cuantioso, si es que la estadística importa. No es peor que Cerezal, más fuerte que Columbine o más grave que Bataclan. No es - como algunos malditos descerebrados insisten en decir vía hashtag - menos delito que otro, porque se trató de matar gays. A la gente de bien - una mayoría, por fortuna - tiene que dolerle en su propia carne, cada bala disparada en cualquier parte del mundo, así esa bala se aloje en la humanidad de quienes creemos se la merece.
El sábado, en PULSE, murieron 49 personas inocentes. Ninguna otra consideración tiene lugar. Ni el hecho - a favor o en contra - de que hayan sido o no homosexuales.
La humanidad se divide en buenos y malos. Cualquier otra etiqueta es tan dañina como la absurda manía de no querer ejercer control sobre el armamento libre que rueda por el mundo. Si los malos necesitan un freno, que empiece alguien a ponérselo. Los buenos, que somos más, lo pedimos a gritos, a ver si dejamos de encerrarnos en sótanos y ponernos etiquetas de colores.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Dos horas de un día...


Salgo de la panadería mal humorado: Un litro de jugo, un paquete pequeño de pan integral, un refresco y una palmera suman la escandalosa cifra de 2.400 bolívares. Los pago pensando que tendré que empezar a suprimir algunos placeres (la palmera tostadita de Panadería Mallorca, por ejemplo) y pongo la bolsita en el asiento "del copiloto". Allí también he puesto, hace un ratico, una bolsa de lona que contiene toallas y sabanas, limpias gracias a esa especie de cooperativa de servicios con la que mis hermanos y yo enfrentamos la crisis. Voy a mi casa; en el camino hago la ya tradicional exploración de farmacias, buscando algunas medicinas: un antihipertensivo para mi hermano, un oxigenante cerebral para mi tía, otro para la madre de un amigo indispensable, la crema que mantiene a raya mi eczema y analgésicos que no contengan cierta sustancia a la que soy alérgico. Una, dos, tres, cuatro farmacias (de las que sé que son buenas) y poco éxito. El eczema seguirá respondiendo a la sábila y mi hermano, mejor será que cuide su dieta. No hay Diovan. Mi tía y la madre de mi amigo corren con mejor suerte. Un nuevo tarjetazo, un nuevo suspiro contenido, una bolsita más que toma sitio junto a mí en el auto. El reproductor hace mucho que se dañó y repararlo cuesta varios sueldos, no hay música en mi auto, no escucho imposiciones de DJ de radio. Liszt tendrá que esperar. Cerca de mi casa, un motorizado en sus prisas golpea el espejo lateral de mi viejo Tempra y reacciono con susto; no, no quiere robarme, solo desea comerse la calle. Como todos. El semáforo cambia a rojo, me detengo; tras de mí un desagradable rugir de mil cornetas me anuncian que varios choferes ansiosos están en ese momento - de bombillo rojo -  recordando sin cariño a la santa mujer que fue mi madre. A mi lado, una mujer desconocida baja el vidrio para anunciarme, a gritos, que siete médicos han decidido declararse en huelga de hambre "ahora si nos fregamos, profe" (ya me acostumbré, así me llaman) Por un segundo pienso en la inutilidad de una huelga de hambre ante la jauría que nos lleva al precipicio. El semáforo cambia a verde y el segundo más corto de la venezolanidad se materializa: el tiempo, imposible de contar, en que retomo la marcha es asediado por gritos y nuevas cornetas. Decenas (¿o son cientos?) de motorizados inundan de monóxido el escape. Una buseta se detiene, en medio de la vía, para que baje contoneándose la Yudeixys de turno. Yolkar y Robinson intercambian cascos, un extraño paquetico y carcajadas. El sol hiere mi calva dentro del auto sin aire acondicionado. El teléfono repica una y otra vez, lo dejo hacer aunque sé que quizás estoy perdiendo una venta; sería suicida atenderlo. En un momento de atrevimiento "me como" un cruce para abreviar el camino a casa y descubro que se ha ido la luz en la cuadra. El embotellamiento dantesco en la encrucijada de cuatro esquinas que debo sortear para llegar a destino, me obliga a una vuelta que implica un par de kilómetros adicionales. Media hora más tarde llego a la puerta de mi apartamento. Son casi las tres de la tarde. Bajo solo por un minutico para desahogar urgencias y continuar el camino, mis actores me esperan hace algunos minutos para montar una nueva escena. Regreso al auto, emprendo camino al ensayo. Algo extraño atrapa mi ojo, al principio no logro descubrir de que se trata; pero, parece una ausencia. Vuelvo a detenerme en un semáforo y aprovecho para mirar nuevamente: Me han robado. Han abierto mi auto y se han llevado mis logros de la mañana, la bolsa de la panadería, las medicinas, el bolso de la lavandería (Carajo...con lo caras que están las sabanas) una libreta de notas dejada en el asiento al descuido. Todo ha desaparecido, en la puerta de mi casa, durante el breve instante de alivio de esfínteres en que subí al apartamento ¿dejé el auto sin seguro? Es probable. Las puertas cierran de forma automática, yo tuve que utilizar la llave para entrar de nuevo. ¿Fue un acto reflejo? No sé. Incrédulo, de todos modos, me siento horriblemente culpable de haber dado "papaya". Me han robado. Por mi santísima culpa.
Dos minutos después, apago el motor en el estacionamiento del colegio cuyo salón me han prestado para mis ensayos. Bajo con calma. Estoy súbitamente cansado. Súbitamente golpeado por una gran tortícolis, instalada como escudo de lucha desde que un día dejé de entender mí alrededor.
En el salón, uno de mis actores está explicándole a otro sus planes de viaje. Se va tan pronto cumpla un par de compromisos, le ofrecieron "algo" en Santo Domingo, República Dominicana. Lo escucho con atención, no tiene 30 años. Se va en unos meses este tipo talentoso y avispado.
Me siento, unos minutos más tarde estoy listo para empezar a ensayar. Hace mucho calor, muchísimo calor. Mi actor, el emigrante, repasa su escena una y otra y otra y otra vez. Finalmente la hace con perfecta emoción.
En mi silla, solo soy un llanto incontenible.
Es bueno saber que mis actores saben que yo se que ellos saben.

domingo, 22 de mayo de 2016

Hay opiniones...

Un audio, hecho viral gracias a la omnipresencia de la comunicación del siglo XXI, circuló profusamente ayer durante todo el día; en el, una locutora con voz adecuada a las circunstancias hace una conmovedora explicación de por qué la emisora Ecos del Torbes del estado Táchira, renuncia a su tradicional radiotransmisión del Panamericano de Ciclismo (supongo que se trata de la famosísima Vuelta al Táchira, rebautizada en arranques socialistas) aduciendo lo que para nadie debería ser una sorpresa: Textualmente dice “en  esta ciudad no estamos celebrando nada…estamos rotos”. Y por ahí, continúa enlistando las inmensas calamidades que significa vivir en Venezuela hoy día. Debido a eso, Ecos del Torbes, una de las emisoras de radio más prestigiosas y antiguas del país, le cierra sus micrófonos al evento ciclístico más importante que se celebra en Venezuela.  Quienes se han ocupado de retransmitir el audio en cuestión - en su mayoría - lo han hecho agregando frases de esas que nos encantan, como “orgullo gocho”, “esta locutora le da hasta con el tobo al gobierno” y un largo etcétera de lugares comunes, que en dos platos quieren decir, ella si está haciendo algo. (Hacer algo: nueva obsesión nacional de los que no están haciendo nada)
No puedo compartir esa opinión. Es más, creo que Ecos del Torbes, se equivoca; haciendo gala de aquel refrán tan nuestro que dice “el camino del infierno está lleno de buenas intenciones” mete la pata hasta las ingles, diría mi madre.
La crisis que describe tan exactamente la locutora de la planta, es mucho más grave y dolorosa de lo que ella dice. El problema del sector salud y la escasez de alimentos que enfrentamos los venezolanos, todos por igual (menos los “enchufados”) es apabullante. Es espeluznante. El fracaso que el desgobierno ha demostrado en permitirnos una vida decente, es monumental. La maldad con la que nuestros tiranos conducen nuestros días, no tiene parangón.  Eso lo sabemos todos. Eso lo vivimos día a día. Ya no se trata de un cuento que nos contaron. Es nuestra vida diaria. Ahora, ¿vamos a insistir en regodearnos en ese dolor?
Entendamos algo de una  buena vez: la situación venezolana, la crisis venezolana, no va a cambiar en el futuro cercano. Va a ponerse mucho peor. Los apagones se intensificarán, la escasez también, las muertes por falta de medicamentos serán cada vez más cercanas. El gobierno, principal culpable de ese horrible drama, no va a mover un dedo (así como dijo la locutora de Ecos de Torbes) para rectificar y darnos lo que merecemos. No va a hacerlo voluntariamente porque no  le da la gana y no va a hacerlo obligado, porque esta cegado por la soberbia. Nada de lo que nos tiene totalmente postrados va a cambiar, A MENOS QUE NOSOTROS – LAS VICTIMAS – HAGAMOS ALGO PARA CAMBIARLO. Y ese algo, me temo que no es, cerrar espacios ciudadanos.
Cerrar los micrófonos de Ecos del Torbes al Panamericano de Ciclismo porque se trata de un evento deportivo patrocinado (financiado mejor dicho)  por el mismo estado que nos niega alimentos y medicinas, no contribuye – en mi humilde opinión – a solucionar nada. Básicamente, porque el Panamericano de ciclismo igual va a celebrarse (o se celebró, no lo sé) y los anaqueles continúan vacios. Cerrar los micrófonos de Ecos del Torbes al Panamericano de Ciclismo equivale a complacer la tiranía, pues lo que ellos exactamente quieren es que renunciemos a nuestra alegría, copando nuestros espacios, todos, con la desesperanza. Es necesario que lo entendamos: entregarles lo que nos queda de solaz, es entregarles lo que nos queda de sanidad y perder la guerra. Es como renunciar al teatro o a la música, es como dejar de ir a restaurantes, dejar de visitar amigos, cerrar las iglesias y apagar las luces de los centros comerciales.  Cerrarle los micrófonos de Ecos del Torbes al Panamericano del ciclismo es, además, correr el riesgo de cerrárselo a un canal abierto para decir la verdad.
En estos tiempos de emergencias mediáticas, donde en minutos, un nuevo audio, video, fotografía e incluso meme, sustituye y elimina al anterior, producir un audio en que se dice que Venezuela está de luto, solo tiene minutos de vida. La hegemonía mediática de la dictadura es tan tremenda que, ese audio de esa señora tachirense, debe haber dejado de ser “tendencia” al amanecer del día siguiente en que se publicó (de hecho hoy, el furor lo causa una alcabala en la bajada a Maiquetía) Digo yo, sin ánimo de ofender ni irrespetar a nadie: en esta vorágine comunicacional, crear un problema (verdadero o no) dentro del evento deportivo más importante de los Andes Venezolanos (y de buena parte del continente) ¿no habría sido muchísimo más efectivo? No hablo de saboteo. No es necesario. Sencillamente, que un participante se hubiese retirado de la competencia por un brote repentino de gastroenteritis que no hubiese podido ser atendido por falta de medicamentos, habría sido muchísimo más efectivo que ese audio lleno de lamentos, justificados, pero que solo sirve para darle motivos al tirano  para cerrar la emisora.
Es cierto que el ex país se cae a pedazos. Es cierto que caminamos entre escombros. Pero, en medio de esa hecatombe, hay gente apostando al arte, al sosiego, al descanso, al deporte. Gente que no necesita las dádivas  manchadas de sangre, del gobierno. En manos de esa gente está más cerca el futuro, que en manos de los que se callan porque la crisis no los deja vivir. En manos de quienes pasan todo el día contabilizando tragedias, llevando cuentas exactas de los horarios de oscuridad y transmitiendo las malas nuevas de nuestra cotidianidad, solo está la enfermedad. ¿Y si un día descubrimos que la respuesta está dentro de nosotros?  ¿Y si descubrimos que con nuestras acciones, nosotros somos superiores a la ineficacia y maldad de quienes se ungieron de un poder que no les pertenece?
Hago un ejercicio de tolerancia y respeto entendiendo las razones de la gente de Ecos del Torbes; pero me horroriza pensar que seguimos optando por la opción equivocada; después de todo, parecemos seguir dispuestos a entregar todo espacio minimamente vivible; por eso, por ahora, ellos van ganando, nosotros enloqueciendo y las farmacias sin anti psicóticos

domingo, 24 de abril de 2016

Johann Sebastian, un destino atravesado, otros amores y una capilla cerrada.

Sentado frente a mí, peló los ojos y puso fin a una conversación que empezaba a tener tono de derrota:
 
-          ¿Y por qué no hacemos que pase?
Fue la respuesta más seria que ha soltado su sarcasmo retrechero que no necesita excusas para que lo quieran. No me permitió ni cinco minutos de quejas; si yo pensaba que vivía en una ciudad aburrida "en la que nunca pasa nada" era por no darme cuenta que tenía en mis manos la herramienta para dar vuelta a la certeza pesarosa. Así empezó todo. En La Culata, dicho sea de paso, empezó todo.
Soy impaciente. Soy un pozo interminable de impaciencias, me enferma la espera. Jamás he entendido como fue que escogí este oficio como razón de vida. Supongo, tengo años repitiéndomelo para entenderme,  que lo aguanto porque "cada día comienza un nuevo idilio”. Cada día, el problema de ayer - aunque no resuelto - da paso al de hoy convirtiéndose en reto, cosa que me encandila. De haber vivido en la edad media habría muerto - romántico empedernido - en un duelo. El teatro es un duelo y yo, me confieso la India Tibaire con mejor suerte; por eso acepté el guante blanco que Alejandro puso sobre la mesa y ese día regresé a mi auto con una misión decretada: hacer que pase. Hacer que pase la música, una cantera inagotable de esta Mérida que sorprende,  o hacer que pasen dos horas de algo que nos despegue las manos del control remoto y los ojos de la cajita negra. Así fue como Johann Sebastián se nos cruzó en el camino acompañado de músicos maravillosos en su saber hacer y gente esplendida en su saber acompañar. Después fue el teatro, génesis de todo.  Decía Cabrujas “no es tomar champagne, que cualquiera toma” No es hacer música, que cualquiera con un poco de talento la hace. Es hacer que la música regrese a su origen: el divertimento más allá del fluxecito gris y el collar de perlas. Es hacerla teatralmente rica; es, ni más ni menos, ponerla en escena. Eso es lo que estamos haciendo a pesar de las equivocaciones o,  tal vez,  porque hemos aprendido a equivocarnos con gracia. Con gracia y con Johann Sebastian, el maestro de maestros, uno de nuestros favoritos, el Señor de la música. Primero nos asomamos tímidamente a su oratorio de Navidad y sus aires fueron buen presagio. Después, un par de cartas nos pusieron en frente de una celebración en toda regla. Queríamos hacer el “doble” de Bach para que Alejandro se sacara su espina y, en el camino, me encontré con las cartas del genio. Resulta que el baile con el poder tiene trescientos años siendo igualito. Había que atreverse a darle vida a ese baile, contando sus cartas. Así, una vez más, comenzó un nuevo viaje: a las entrañas de lo mas BACH de BACH, lo más “guataca” del pana Johan Sebastian. Un tiempo intensivo de estudio que no pudo ser mas largo y así, en una conversación madrugadora,  nació BACHIANOS.
El día que terminé una versión más o menos definitiva del guion de BACHIANOS, cerca de las once de la noche, sonó el teléfono. Era la segunda o tercera llamada del día de mi amigo CHEO VAISMAN, uno de las mentes más brillantes que ha conocido la música en Venezuela; a su pregunta de ¿Qué estás haciendo? Le conté, con timidez, mi proyecto y le pedí ayuda. Cheo, que andaba con la vena generosa ese día, me dijo que se lo mandara para echarle un ojo, cosa que hice inmediatamente. Él lo recibió y me volvió a llamar. Estuvimos, él en su computadora y yo en la mía, escudriñándolo hasta pasadas las dos de la mañana.  Yo explicaba, Cheo replicaba. Yo decía, Cheo  me hacía ver las dificultades. Yo contaba, Cheo me regañaba. Juntos nos reíamos como siempre, y juntos aprovechamos para hacer “fiesta” de mi idea, a costa de algunas vacas sagradas. Como siempre. Fue Cheo el que recomendó el orden del repertorio (que he conservado casi igual) y fue él quien hizo una promesa, hoy convertida en mueca de tristeza
-          A lo mejor aparece Cheo Vaisman al final haciéndote los honores en un clavecín andino…
La producción comenzó, reclutamos un grupo maravilloso de músicos y Alejandro Dávila, mi alter ego en ATREZZO PRODUCCIONES,  favorito de mi corazón, se esmeró en hacer un trabajo musical digno del maestro. Se nos unió Harald Simon, un alemán experto en música barroca de paso por esta Mérida que adora (al que cuesta mucho entenderle sus instrucciones en ese castellano alemán tan divertido que habla) y salieron poco a poco los conejos de la chistera. Un día, apareció una capilla cerrada desde  hace dos años. Es la CAPILLA DEL SAGARADO CORAZON DE JESUS, o la Capilla de los Tres Ángeles, una hermosísima capillita del centro de Mérida, en la que escuché muchas misas y adormecí muchas penas. La misma capilla historiada en la que, según dicen, a Simón Bolívar lo hicieron “oficialmente” Libertador. Esa capilla cerrada se abrió para el genio de BACH por obra y gracia de una monjita simpatiquísima a la que le encanta escuchar sus disquitos de vez en cuando (y los escucha, me consta, en un antiguo “picó” escondido en su recámara del ancianato en el que presta servicios). En un millón de “abrires y cerrares” de ojos, BACHIANOS estaba hecho realidad: “BACHIANOS, Celebración para un genio”,  el segundo espectáculo de ATREZZO PRODUCCIONES. La segunda vez que me atrevo a romper el exilio de mis días teatrales, la renuncia feliz a aquel presagio antipático de uno de los grandes, según el cual, “sus días en el teatro venezolano, han terminado, Sr. Liendo”. No era verdad. No era pecado, diría Cheo…
Este viernes 29 sabré que no era verdad. Estrenar siempre me pone de estreno. Siempre me pone los nervios de punta, siempre me produce una zozobra infinita, siempre me llena de los fuegos del infierno. Estrenar, siempre me dice que no me equivoqué en la vida, que he sido un privilegiado. Estrenar siempre me arrecia las alegrías y me enfrenta a los temores más oscuros.
Todo está a punto porque he tenido la suerte de contar con un equipo maravilloso de músicos: ARS NOVA CUARTETO  que une el dominio de sus artes al talento extraordinario de YURI RODRIGUEZ, ANDRES TELLEZ, LUIS ALFONSO RODRIGUEZ, SEBASTIAN NEW, ALEJANDRO DAVILA, las voces privilegiadas de TEMIX ALBORNOZ y  ANDREA GUERRERO y el genio actoral de ese estupendo descubrimiento que es FERNANDO PACHANO;  A quienes HARALD SIMON, el catire que vino de Bavaria,  les arrancó lo mejor  de sí.
La verdad, es que no hay nada como hacer música de iglesia en una iglesia. Hoy la hacemos con el dolor de no ver realizada la promesa de Cheo a quien, hace un mes,  un infarto nos privó de tenerlo entre nosotros “haciendo los honores en un clavecín andino”. El clavecín, silente, hará entonces los honores de su  memoria y él estará por ahí, aplaudiendo el buen hacer y acompañándonos…
Va por ti, amigo de mi alma toda….

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