martes, 18 de junio de 2013

De Tíos e intolerancias...

Llegue a la casa de mi madre entrada la madrugada. En la habitación,  que había sido la mía en la adolescencia y se mantenía más o menos igual,  a pesar de mis años viviendo fuera (quizás como recordatorio de aquella gran verdad según la cual uno ha de tener un lugar al que pueda volver siempre, aunque no regrese nunca) encima de la misma cama sin cabecero en la que  padecí mis primeros sueños de amor, estaba la nota,  escrita en una hoja cualquiera de cuaderno, con  la letra elegante de mi hermano Jorge Luis, que decía: “Gordo, vamos a ser tíos”.
Estaba sólo en la penumbra de una habitación en la que no podía hacer ruido. El resto de la familia dormía plácidamente.  A medida que mis ojos se acostumbraban a la media luz, entendí, entre otras cosas, que me acababa de perder la gran celebración. También, que me acababa de perder las lágrimas de alegría de mamá, la - seguramente escandalosa - emoción de mi hermano menor y que, por suerte, la vida familiar se extendía y festejaba a pesar de mis ausencias, cada vez más largas.
Fue, como todo en mi familia, un embarazo tribal del que participaron las hermanas de mi madre,  los primos, los amigos de mi hermano y por supuesto, los compinches de cada uno de nosotros, desde las trincheras de cada uno de nosotros y que rompió aguas una madrugada de junio, mientras, otra vez, yo estaba de fiesta. Después de muchos mensajes de mi madre en el contestador de mi teléfono y con un ratón de horas, ese día a media tarde  estaba yo cargando por vez primera a la primogénita de la estirpe, sangre de mi sangre,  para entender de una vez  que es verdad que uno es capaz de dar su vida por alguien.
La alegría de esas primeras horas duró muy poco. Los primeros meses de su vida, la niña (como la llamamos todos) los pasó entrando y saliendo de clínicas, como otros niños de esa edad los pasan descubriendo sonajeros. La caterva de tíos, desolados, llorábamos sin consuelo el dolor de ver una parte de nuestra carne, atravesada por agujas y sueros en los retenes pediátricos de casi todos los centros de salud de Mérida.  La niña había nacido intolerante a la lactosa y hacia gastroenteritis con mayor facilidad que pucheros.  No se iba a morir de eso, lo sabemos ahora, pero en ese momento, todas las fuerzas de aguante se pusieron a prueba y todos los remedios salvadores se intentaron sin éxito. Ha quedado para el anecdotario familiar, la cabra amarrada en el balcón para ser ordeñada algunas veces al día, en un acto desesperado recomendado por alguna “experta” medica alternativa que produjo la más grave de las estadías de nuestra niña en un centro hospitalario.  La niña,  sencillamente no podía consumir ningún tipo de leche, a riesgo de su vida.
En pocos días cumplirá 19 años.  Ha ido por la vida seduciendo pizzeros para que le preparen pizzas, (su comida favorita) sin queso y nunca un pretendiente, de los muchos que su hermosa juventud le ha regalado, ha osado invitarla a comer helados. En casa, si ella se sienta en la mesa, ni siquiera se piensa en ponerle trocitos de queso duro a la crema de apio;  el café con leche no está entre sus múltiples manías alimentarias y jamás, por ninguna razón, se ha ido a la cama con un vaso de leche tibia en las manos.
Es una decisión propia, obligada por las circunstancias. A la madre de la niña nadie le prohibió nunca comprar los alimentos importados con los que  fue criándola lentamente  entre biberones y pediatras que nunca fueron tildados de lacayos de nadie, aunque escribían récipes que contenían la obligatoria necesidad de mover cielo y tierra para conseguir un sucedáneo de leche infantil para darle a mi sobrina.  Su intolerancia, afortunadamente, se asocia sólo con los lácteos. Para todo lo demás, es tolerante hasta el dolor de cabeza (de sus padres).  Por eso ha superado con honores los 19 años que lleva vividos en este ambiente enrarecido de cambios que no llegan y prohibiciones absurdas. Para alegría nuestra, vive. Va a la universidad,  hace lo suyo y sueña con ser madre joven, como cualquiera que a su edad decida darle salida a su Susanita.
Lo que realmente lamentamos de esa parte del cuento  es que,  de seguir como vamos, para poder mimar a los hijos de la niña, habrá que tomar aviones. Nadie augura - ni por un segundo - que ella pueda amamantar a sus hijos y no será por no dañarse las tetas, ni por frivolidades imperializantes,  será por salud, una palabra que en esta tierra de (des) gracias, cada día significa menos.

viernes, 14 de junio de 2013

El Brujo

La fama lo había puesto a salvo del consultorio. Ya no necesitaba ganarse el dinero atendiendo muchachitas desesperadas por el abandono de algún zángano de cerro, ni “señoras” que se andaban buscando un problema. Se había librado también de los inciensos, ese olor insoportable que le repugnaba. Había simplificado la escenografía sacada de una mala película de brujos  y vivía con tranquilidad, de los ingresos que le brindaban su vestuario de lino blanco, su labia inigualable y una suerte que, ni salía en las cartas, ni se parecía remotamente a sus mejores sueños.
Rolando, su compañero de casa, tenía el don. O algo así. Un buen día lo descubrió echando unas barajas españolas a una de las vecinas y le pareció que servía para algo, sintió que la señora, que llegó sufriendo por  un asunto de amores contrariados, salió de allí de buen humor.  Entonces empezó a  ponerle atención para tratar de entenderlo. Nunca pudo,  Rolando bromeaba diciéndole que esa era una visión reservada para espíritus superiores, él se lo creía y por eso se mantuvo - no del todo - al margen;  hasta el día que, harto de escuchar barajas que hablaban de calamidades, fue testigo de la única predicción que Rolando atinó a medias: el incendio pavoroso, que sucedió el día que Jacinto estaba tratando de embaucar a la novia de turno, hiriendo de gravedad a Rolando, quien estuvo varios meses en recuperación y tuvo que mudarse de pueblo para calmar las furias de la dueña de la casa achicharrada, que insistía en cobrársela como si fuera un palacio.
Sin trabajo, sin casa y con escasos centavos en el bolsillo, Jacinto hizo sus pinitos como “consejero espiritual” entre la clientela apesadumbrada de Rolando. Se puso a hablar sin parar, les hizo creer que tenía dones y se ganó los primeros almuerzos más o menos dignos,  en varios años de su vida. Después consiguió un paquete de barajas españolas y apeló a su memoria para saber cómo se repartían sobre la mesa cubierta con un fieltro rojo, que instaló en el medio de su cuartico.  Sin otro talento que el arte de hacer sentir a sus clientes mucho mejor que en el confesionario, Jacinto se  hizo experto en mal de amores, en amistades perdidas, en trucos para ahuyentar un mal de ojo y sobre todo, en contarle a todo el que quisiera oírlo, su propia interpretación de un futuro visionado con inteligencia, aunque no siempre con certitud, a partir de rumores que él parecía leer antes que nadie. Fue una especie de salvación para un negocio que, aunque contaba con suficientes seguidores, pedía a gritos un verdadero golpe de la suerte esquiva que venía en sus barajas. Lo consiguió, de pura casualidad, un día que llegó a la panadería del barrio y alguien le pidió que le dijera la verdad sobre la salud del notable enfermo, cuyos ires y venires a clínicas extranjeras tenían al país en ascuas. Se aventuró con una explicación más o menos rocambolesca que  improvisó mientras hablaba, recordando cosas que acababa de leer en su computador y que repitió mezclándolas como si se la estuvieran dictando los ángeles. El pronóstico es malo, muy malo, les dijo y,  sin saber de dónde, habló de los primeros días de un mes del primer trimestre del año que venía -  él mismo lo dijo -  lleno de lutos y sinsabores.
Llegado el tercer mes del año próximo, empezó a pensar en un ardid salvador para justificar el pelón en sus predicciones; pero, un día, casi al final de la primera semana, escuchó algo que le hizo pensar que se cumpliría su vaticinio. De hoy no pasa, dijo, delante de alguien que salió y lo repitió diciendo que lo había dicho Jacinto. Eso bastó para que a su alrededor se formara un coro de  dolientes en espera; entonces, casi al final del día, se supo la noticia y entre todos los que lloraban, Jacinto sintió un alivio sanador.
Jacinto gustaba recordar como ese día, por pura casualidad nació su fama. En su solitaria intimidad se repetía que todos salían ganando: es que esta gente no tiene santo en quien creer y yo necesito trabajo. Lo único que no entendía era porque había sido convertido en oráculo, porque ese simple comentario, hecho casi en chiste, le había transformado la vida a tal extremo. Cuando pensaba en eso, en la penumbra de la habitación del apartamento de pobre en que vivía, sentía un escalofrío que le recorría el cuerpo y una verdad que lo llenaba de miedo: Sus predicciones eran ciertas porque aparecían ante los ojos ciegos de una multitud dolorosamente esperanzada; apaleada...como perro sin amo.

sábado, 8 de junio de 2013

Las cuentas del fin

101_1393Preocupada por los rumores que tenían la ciudad encendida, ella despertó, como todos los días, sin ayuda del despertador. Se había rendido ante la evidencia, un ruido cualquiera, a la hora de  abrir los ojos, le arruinaba el día. Por eso, optó por despertar sin ayuda, siempre a la misma hora: 6:30 am; era su rutina más formal. Sencillamente no lograba dormir ni un minuto después. Él tampoco.
Lo sacudió en la cama suavemente, cerró la cortina para evitar que se diera cuenta que el sol se le había adelantado en la carrera. El despertó con un gruñido, el mismo de todos los días y abrió los ojos, miró directamente a los de ella. Descubrió con sorpresa que estaban llenos de luz. La besó. Ella respondió con una sonrisa, le quitó sabanas y cobijas y le dio un par de palmadas amables en la cara. Lentamente, él se levantó de la cama y fue hasta la ducha. El reloj de la mesa de noche marcaba casi las 7 de la mañana.
Ella sirvió café para los dos. Se sentó en el balcón a fumar y fijó la mirada en la pequeña plaza que estaba situada en la esquina diagonal a su edificio. Dos mujeres solitarias sostenían una pancarta en la que se leía el nombre de él. La estremeció la cercanía de las protestas; pero, la tranquilizó saber que en pocas horas, todo habría terminado. Él, salió de la ducha, se vistió con una nueva guayabera de lino y metió dentro de un finísimo maletín de cuero, el cargador de su teléfono, una pequeña cartera de mano que contenía toda su documentación, su IPAD, un par de bolígrafos de oro y unos lentes de sol. Se detuvo unos minutos frente al televisor, miro sin ver un programa de noticias extranjero y entró al balcón. Mirándola, agarró una taza, bebió el contenido y encendió un cigarrillo para él. Ella lo miró con miedo. Él no dijo nada. Ella se levantó, lo abrazó estrechamente y lo despidió. Él salió del pent house. Ella lo vio pasar por la calle y abordar el vehículo que lo esperaba. Ella hizo un gesto de adiós que él no vio, porque nunca miraba hacia atrás. Ella entró al apartamento, cerró las puertas del balcón, corrió las cortinas, se sentó en el sofá del salón y decidió quedarse en penumbras.
Se quedó dormida.
Pasado el mediodía, sonó el teléfono. No lo atendió. El teléfono se interrumpió, para sonar con insistencia una segunda vez, que tampoco fue atendida y una tercera. Esperó unos minutos en silencio y entonces respondió la cuarta llamada.
Tomó la maleta que tenía preparada, se vistió y salió. Iba, como siempre, perfectamente arreglada. Detuvo un taxi en la esquina, antes de embarcarse miró hacia la plaza. Las mujeres habían desaparecido, la pancarta no. Ella sonrió y le pidió al taxista que la llevara a una lejana dirección. Casi enseguida repicó su celular. Respondió sin ruidos. Entonces el taxista le contó la noticia que la radio repetía con urgencia desde hacía poco más de media hora.
- Es que yo sabía señora, yo sabía que lo del galpón lleno de plata se iba a descubrir. Todo el mundo lo decía. Fíjese, lo agarraron.
- ¿Está usted seguro que lo agarraron?
- Lo dijo la radio, lo agarraron a punto de escaparse. Parece que un tipo de ellos mismos lo contó, en un video que le robaron.
- Lo habrán matado, ¿no? Digo, al soplón….
- No que va….lo tienen detenido también, si ese es un héroe, segurito que ahorita mismo lo sueltan…ya cantó todo.
-  No me había enterado de nada. Es en esa casa amarilla. ¿Cuánto le debo?
- Pues, pa´celebrar, como que la dejo a usted que le ponga precio. Ahora si que salimos de esto, con ese tipo preso y ese montón de plata en un galpón…es como la comiquita aquella del pato que se bañaba en un sótano lleno de plata. ¿se acuerda?
- Me acuerdo, se llama Rico Mc Pato…
Abrió su cartera, saco un billete de cien dólares y se lo extendió al chofer. Él lo recibió con cara de felicidad, fue al baúl del auto, sacó la maleta de ella e intentó caminar hasta la puerta de la casa, ella lo detuvo con un gesto. Se despidió con correcta amabilidad y sacó de su cartera un sencillo llavero con dos llaves. Abrió la puerta, entró. Encendió una luz y después otra. Dejó la maleta en el medio del pasillo y revisó su documentación. El pasaporte estaba en regla dentro de su costoso bolso de mano.
Varias horas más tarde, mientras esperaba en el aeropuerto de La Habana que recargaran su avión, recibió la llamada que había estado esperando todo el largo día. Una voz masculina dijo lo que ella anhelaba escuchar hacía rato:
- Tranquila, ya pasó todo. Salió como lo habíamos planeado. Unas horas rindiendo declaración y un avión en la puerta. El galpón con la plata lo saquearon. Esta gente es realmente previsible. Mañana nos vemos en Gibraltar.

miércoles, 5 de junio de 2013

Prohibido tocar

catleyasEn la parte de atrás, más allá del patio, estaban las orquídeas de Doña Vestalia y el jardín sacramental al que mi madre, conocedora de lo que éramos capaces y empeñada en criar príncipes y no niños, nos había vedado la entrada con una simple orden inquebrantable:“las orquídeas de Doña Vestalia, no tocarlas ni por error”.
Un día lo hice. Fue en un domingo estupendo de mis recién cumplidos 10 años. En el cine de Cristóbal, el padre, daban una película que tenía como protagonista un famoso perro, cuyo título perdí en el desorden de los años y yo moría por ver. Era nuestro ritual de familia: algunos domingos, después del privilegiado encanto de visitar la casa imponente, almorzar en el aristocrático comedor y evitar las rudezas de Cristóbal, el hijo; Cristóbal, el padre, nos lavaba la cara con una toalla áspera y muy fría, nos metía en su auto y nos escondía en la cabina de proyección de su cine, siempre a punto de estar abarrotado de gente. Ese domingo, finalizado el postre, me levanté de la silla, dije un educado “permiso” y, antes que Doña Vestalia, desde la cabecera de mesa respondiera “servido” yo estaba corriendo hacia el orquidiario. Había visto, a mi llegada, un par de hermosas Catleyas moradas. Las buscaba. Entré al jardín de Doña Vestalia, caminé entre cientos de orquídeas florecidas o a punto de, y me encanté con la cantidad inverosímil de Catleyas reunidas en un solo sitio. Decidido, caminé hasta las que estaban a mi alcance. Las miré, embobado, y sin pensar en nada, arranqué dos de ellas del tallo al que estaban pegadas. Las arreglé en un ramo que se me antojó precioso y caminé circunspecto y orgulloso hasta el salón, (palaciego, por supuesto) en que mi madre y Doña Vestalia hacían visita con algunas otras “principales” del pueblo.
Aún puedo ver la cara de horror de mi madre, transfigurada por la sonrisa asesina de Doña Vestalia. Aun puedo sentir el efecto aniquilador de sus palabras y la silla bajo la escalera:
- Pedro, hoy usted no va al cine, ni se levanta de esa silla hasta la hora de irnos.
Ayer, pasé caminando por la calle 25. La casa todavía está allí. Desvencijada, envejecida, robados todos los que fueron encantos de palacio; fui hasta el jardín cubierto de malezas. Las orquídeas de doña Vestalia se me dibujaron en los escombros del pasado.
Entonces me enteré, por vivir escuchando conversaciones ajenas, que mañana comenzarán a demolerla. Se la ha tragado la ambición de Cristóbal, el hijo. Como a las orquídeas de Doña Vestalia, el cine de Cristóbal, el padre, y el futuro, que esperábamos brillante.
Como a todo.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Por eso…te escribo esta carta…

Sra.
Yalitza Fernández
Recepción
 
Ante todo reciba un saludo revolucionario, bolivariano y pedagógico en el empeño de la construcción de una patria nueva hacia la victoria siempre.
La presente es para expresarle nuestra preocupación mas humana, respecto a sus horarios de trabajo en la recepción de este despacho. Hemos visto como en las ultimas semanas se han multiplicado sus impuntualidades para con el mismo; estamos dispuestos a conversar con usted para lograr un ajuste a sus demandas de tiempo laboral y evitar que tan importante puesto permanezca solitario en las primeras horas de la mañana. Mucho nos gustaría saber si le aqueja algún problema de tipo familiar u otro, en el que podamos expresarle la solidaridad revolucionaria que tanto nos enseñó nuestro Comandante Supremo, Hugo Chávez Frías.
Sin otro particular al que referirme, le reitero nuestra sana disposición a lograr un entendimiento para el bien de esta dependencia y la solidificación de la mejor patria de Bolívar.
 
Atentamente
Director General del Poder Popular de la Misión A Toda Vida

recepcionista

Sr.
Director General del Poder Popular de la Misión A Toda Vida
Su Despacho
 
He recibido su misiva de fecha 11 del corriente. Al respecto me permito informarle que si yo estoy llegando tarde, lo cual es relativo porque no soy la única que deja el escritorio vacio en las mañanas, tengo mis razones bien importantes que a lo mejor a usted no le importan porque debe tener todo eso resuelto, pero que para la mayoría de nosotros son, como quien dice, de vida o muerte. Si, es verdad que yo llego tarde, antes no era así, pero ahora no me queda de otra. Yo llego tarde porque cada vez que salgo de mi casa a coger la buseta, me entero que en alguna bodega de las de cerca de mi casa, llegó que si leche, que si harina, que si aceite, que si mantequilla y ahora últimamente, que si papel túale. Resulta que yo tengo 4 muchachos que necesitan comer y hacer de sus necesidades a tiempo. Y que yo además, soy padre y madre en mi casa, y aunque el sueldito no me alcanza para nada, yo me la paso recorriendo cuanta bodega Dios creó, para poder medio comprar lo que llaman cesta básica y que no llega ni a cesta ni a nada. Póngale, por ejemplo, esta mañana, yo salí de mi casa a las 7 de la mañana para llegar a tiempo a mi escritorio, porque ya me habían dateado que usted andaba como molesto por que yo ique nunca estoy aquí. Pero en el camino, mi vecina venia subiendo con tremendo paquete de papel tuale que había llegado donde los chinos de la esquina de abajo. ¿Qué hice yo? salir corriendo para donde los chinos a ver si podía comprar mi paquete yo también. Bueno, pues me fui y pasé dos horas y media en una cola, no para comprar, sino para poder pagar, porque eran las 8 y media de la mañana y en este país la única que llega tarde a su trabajo no soy yo. Eso nada mas le sirve de ejemplo. Lo mismo me ha pasado con todo lo demás. El otro día tuve que echarme toda la mañana debajo de una sombrilla que me prestaron y aquel madre calor, para comprar un pollito para hacer un arroz con pollo pa`l cumpleaños de Yusclenys, que una nunca le celebra nada porque ¿con que plata? Y así, si le cuento, usted va a saber el por qué de lo que usted llama mis impuntualidades.
Yo le pregunto a usted, que se la pasa quejándose de lo que nosotros hacemos o dejamos de hacer aquí, ¿usted no hace colas?. ¿A usted le llevan las cosas para su casa o qué? porque yo no entiendo por qué se la pasa poniéndose bravo porque la gente llega tarde. Voy a contarle algo: eso era antes, hace años, que uno iba para el mercado los sábados y llegaba a su casa con todo lo que uno buscaba y necesitaba en un solo lugar. Ahora hay que madrugar, hacer colas, esperar horas de horas, y medio comprar las cuatro cositas que se puede comprar con el sueldo de hambre que uno gana y que, para complemento, no alcanza para las dos o tres busetas que hay que coger para terminar de hacer el mercado más o menos.
Así que mi señor jefe, usted vera que hace. O nos trae para acá lo que necesitamos, o se queda callado y se hace el de la vista sorda con lo de las llegadas tardes, porque aquí el que llega tarde es porque esta en una cola para comprar, lo mas seguro, un paquete de papel tuale, que por cierto en la oficina más nunca hubo.
Así que muchas gracias por la solidaridad y por todo lo demás, pero yo lo único que quiero es que la solidaridad sea la de poner todas las cosas en el supermercado de los chinos o en el mercado o donde sea, pero que uno llegue y compre sus cosas el sábado, para dedicarse a trabajar el resto de la semana. Y no se ponga bravo conmigo. Y no se le ocurra votarme porque yo tengo inmovilidad laboral que la decretó mi Comandante Chávez (a quien Dios tenga en su gloria) hace mucho tiempo. Ponga papel tuale en los abastos y todo lo demás y después venga a reclamar por qué llega una tarde.
 
Atentamente
Yalitza Fernandez
La Recepcionista.

lunes, 27 de mayo de 2013

Poderoso caballero…

poderoso caballero 1En algún lugar de esta mancha, un día cualquiera, Guillermo Zuloaga debe haber amanecido pensando que, si alguna cosa tenía, que le estaba pesando mucho, era el 70% de las acciones de un canal de televisión, allá en Venezuela, al que los zamuros rojos le tenían todas las ganas del mundo. Poco afecto a regalar lo que ha costado lo suyo (si no, pregúntenle a una novia con quien se casó, para no tenerla de concubina y poder botarla después, legalmente divorciada, lo que según muchos abogados le salía más barato) Zuloaga seguramente pensó, ese mismo día, que los heroísmos estaban fuera de moda y que, en su mundo de billetes, un hombre capitula o monda. Por eso tiene ese montón de reales tan bien como mal habidos.
A lo peor, ese fue el día que decidió poner en venta el chiringuito, anunciarlo y sentarse a esperar la oferta que, sabía, estaba a pata e´mingo. En efecto, una primera conversa, unos ajustes por aquí y por allá, y una plática contante y sonante después, Zuloaga pasó por Go y cobró un poquito más de doscientos. Entonces, se desataron las lenguas viperinas. Unos dijeron que Globo lo había comprado el gobierno. Otros, que un honesto grupo de inversores (no sé si esto último existe todavía) que no estaban dispuestos a cambiarle ni una letra al canal. Punto. Vinieron las elecciones, pasó lo que pasó y santas pascuas. Globovisión, sin serlo, se convirtió en uno más de los canales que forman el Sistema Nacional de Medios Públicos. Punto.
Casi al mismo tiempo, en Florida, esa especie de capital no oficial de los negocios que hacemos con el Imperio, una señora de nombre María de los Ángeles González, era detenida acusada de cometer algunas “torpezas” financieras que involucraban un banco de la nación (BANDES) por un monto conocido de 66 millones de dólares. Sólo Dios (y el FBI, que para el caso es lo mismo) saben a cuánto asciende ese pelón de la funcionaria; pero, trascendió que el negocito tenía que ver con el periodo presidencial-bancario de otro pana, llamado Alejandro Andrade (al que el difunto le sacó un ojo jugando chapita). El tuerto no ha sido – todavía – nombrado en el libelo, pero ya se sabe que, debido a su amistad con el difunto (rumores dixit) es una especie de albacea a cargo de la salud económica de las niñas huérfanas y que sus tentáculos se extienden hasta las cumbres más altas de la Asamblea Nacional y quien la dirige.
Puestos a hacer negocios, los comunistas-derecha-endógena- del siglo XXI no tienen rival (sobre todo en su fidelidad a aquel consejo que recomienda no hacer negocios con dinero propio) Si un canal de televisión que les producía tanta roncha estaba en venta, lo más lógico era que ellos lo compraran. Total, ellos son los únicos que tienen esa cantidad de plata en este país. De modo que averiguaron un poquito, sacaron a relucir sus amenazas (ya saben, eso de o vendes o nosotros nos ocupamos) y a Zuloaga, el que tiene clarísimo que lo suyo es la plata, le pareció un negocio redondo. 68 millones de dólares costó la gracia.
Han dicho que eso sucedió hace tres meses, más o menos el mismo tiempo que tienen los sabuesos imperiales desmantelando la aparente trampa de BANDES, en la que – dicen – en algún momento saldrá a bailar el amigo del otro presidente.
Entre tanto, un señor Gorrín y otros dos más, medio desconocidos empresarios de seguros, salieron a echarse la culpa del negocio, dando una cara de propietarios que a varios de nosotros nos ha parecido sospechosa. En los mentideros del poder se especula que el Tuerto Andrade está detrás de Gorrín y que al Tuerto, le llegan instrucciones desde una alta tribuna de la Asamblea Nacional, devenida en recurtidero de compras mampuestas. Un poco más allá, mucha gente empieza a recordar lo de BANDES, para darse cuenta que de 66 a 68 solo hay un par, que cualquiera (de ellos) tiene.
Lo demás es matemáticas y un poco de pensamiento lógico. También es historia y muy pocas ganas de decirle a nadie, quien es el verdadero nuevo dueño de un canal de televisión que era ventana opositora y se llamaba Globovisión.

martes, 21 de mayo de 2013

Nuestro Silvón

silvon
Quienes creíamos que ya habíamos escuchado todo, que ya habíamos llegado al fondo de la porquería y que habíamos superado el bien y el mal de esto-que-nos-está-pasando, estamos probablemente es-tu-pe-fac-tos después que, ayer a mediodía, finalmente se supo qué era la cosa tan importante que la gente de la MUD iba a decirnos y que empezó a anunciar el sábado por la tarde. Con altísimo rating, el conductor de un programa de televisión, emblemático del proceso, se reveló a sí mismo como el sapo del G2 o algo por el estilo y empezó a soltar su acostumbrado veneno que, aunque no sorprendió a nadie, fue una "confirmación autorizada" de gran valor documental.
Pasadas las primeras horas del turmoil que esas declaraciones - probablemente dichas por Mario Silva (lo de probablemente se debe a mi manía de ser correcto y pensar que todo el mundo, incluso él, tiene derecho a ser considerado inocente hasta demostrar lo contrario) - ha supuesto, me permito apelar a mi escaso juicio para decir algunas cosas necesarias a la hora de evaluar el orgasmo verbal del nefasto personajillo. Otras consideraciones, de profundidad política y significado en el futuro de la revolución, serán – de hecho están siendo – escritas por pensadores con mejor pluma y mayor conocimiento. Yo, como siempre,  me dedicaré al lado rupestre de las cosas.
Decía mi mamá que las cosas se toman de quien provienen. Pues bien, ¿de quién provienen? De una mente enferma. De un hombre que ha dado numerosas muestras de ansiar un poder que nunca le han dado, un ser sin escrúpulos ni valores, incapaz de lealtades. Un personaje que, seguramente, es el más cínico de los cínicos que forman el partido de desgobierno y que, con graves problemas de personalidad, maneja un micrófono en el espacio de televisión más degradante (y único con cierta audiencia) de la revolución bolivariana. Un hombre que llamó hijo de puta a Dios, al enterarse de la muerte del comandante. Una joyita, pues. ¿Es entonces creíble su acidosis verborregica? Quizás sí. A mí me gusta creer que todo lo que dijo es verdad. Pero, realmente ¿es cierto que, por ejemplo, ese personaje de tan poco valor, mantiene reuniones privadas con Fidel Castro? ¿Es verdad que Mario Silva es uno de los panas que Raúl Castro tiene en Venezuela? ¿Es tan poderoso ese tipo? Ahí está mi duda. Después de haberlo sufrido por tantos años, yo creo que, más bien, ese tipo no vale medio. A una cosa importante me remito: ¿por qué no habló mal, directamente, del presidente (ilegitimo) de la República?
Con lo anterior no quiero decir, ni por asomo, que su lamentable confesión haya sido innecesaria; no. Es un conocimiento indispensable por el que debemos estarle agradecidos. Pero, creer que eso llegará a alguna parte o desestabilizará al ilegitimo gobierno instaurado tras la muerte del único líder de los rojos, es una mayúscula tontería. Puede que cree molestias, pero si sirve de algo, servirá como tarjeta amarilla para Diosdado Cabello, a quien los cubanos parece que no lo consideran “perita en dulce” y, quizás, para él mismo, a quien con toda seguridad no lo quieren en los cuadros altos del partido. Para más nada. No es, como algunos dicen, el principio del fin ni mucho menos; y además, duchos como son esa materia, será desmentido, ignorado, contrarrestado y olvidado con la misma intensidad y fuerza con que ha sido desmenuzado.
Yo, confieso que lo he tomado con gran cautela, aunque me parece muy grave lo que dice. Basicamente, porque revela que “el hombre nuevo” que se está construyendo desde Miraflores es machista, clasista y profundamente cobarde. Que es corrupto hasta la medula, no tiene valores ni principios morales – o de ningún tipo – y está dispuesto a vender su alma, aunque no por 33 denarios; que, para mal, estamos desgobernados por un conjunto de marionetas cuyos hilos se mueven desde La Habana, el mismo sitio a donde va a parar lo que se recauda por la venta de las entradas. Lo demás no es nuevo. Lo nuevo es que lo haya dicho uno de ellos y aunque no es poca cosa, lo dijo el peor de ellos.
Ni modo, lo escuchado ayer ha sido una jugada política. Probablemente un peine pisado por la oposición con pleno conocimiento de consecuencias, parte de algún arreglo incomprensible para nosotros, simples espectadores de galería. Estoy seguro que no será el único, que esa táctica (de indescriptible bajeza) será parte del juego de la transición y que más tarde, nunca más temprano, servirá de algo. Es el capítulo uno. Lo que lamento profundamente es que la manta de la que han halado, es la más mugrienta, la más desechable, la más dañada de todas.
Mucho más allá de nuestras conciencias, mucho más allá de lo que sabemos y de lo que padecemos, lo dicho ayer ha servido para enterarnos que vivimos en un lodazal de la peor especie. Quizás podamos salir de allí, pero lo haremos si tomamos esto con la cautela necesaria. Nada ha empezado a empeorar, porque eso no es posible. No es el principio de ningún fin. Es un capítulo más.
Ahora es que faltan. 

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