viernes, 16 de junio de 2017

La clandestinidad no se presume, se ejerce


A una universidad con más de 232 años de historia no la van a amilanar, podrán actuar con la ley de la fuerza, 
a nosotros nos queda la dignidad
Mario Bonucci

Todavía con el miedo en el cuerpo, la voz se le quiebra cuando pide por favor no ser mencionada. Teme a represalias, pero quiere desahogarse, sacarse de adentro el sabor a ultraje. Gritar. Desanimada por la poca afluencia de gente a un acto de desagravio en el que, según ella, debería estar toda Mérida, se apropia de un pequeño rincón que le dejan libre en la puerta misma de ULA TV para decir con tristeza que a pesar de las amenazas, ella creía que nunca se atreverían a cerrarlos así, con tanta maldad.
Es la más reciente de las acciones que parecen destinadas a quebrar la Universidad de Los Andes. Ayer jueves 15 de junio,  la señal de ULA TV, el canal de televisión de la Universidad, que ofrece cobertura regional, fue sacada del aire antes de que sus directivos fueran participados oficialmente de que el apagón era el resultado de las pesquisas iniciadas el martes 13 por supervisores de CONATEL. 
-                  -  Llegaron en grupo, con esa especie de amabilidad del que sabe que tiene poder y se instalaron casi todo el día entrando y saliendo de las oficinas; creo que lo revisaron todo, todo. Creo que no dejaron sin mirar ni por debajo de las mesas. Nosotros sabíamos que estaban buscando una excusa y la verdad, estábamos preocupados de que fueran capaces hasta de “sembrarnos” algo. Al final no lo hicieron, pero es porque tenían el caso sembrado - es la reflexión de quien ha vivido con angustia el proceso de cierre que bien podría condenarla a languidecer sus días en alguna oficina prestada, cumpliendo horario y esperando una jubilación que posiblemente nunca llegue.
La señal se apagó, cuenta uno de los técnicos,  cuando faltaba un cuarto para las diez de la mañana.  
-           - Nos fuimos a negro y no entendíamos. Pensábamos que podía ser un problema técnico, que se había ido la luz, hasta que nos acordamos de la visita de CONATEL,  no necesitamos ninguna aclaratoria -
No la necesitaron porque la esperaban. Desde que hace 75 días empezaron las protestas que mantienen en vilo al país y en jaque al gobierno, Alexis Ramírez, gobernador de Mérida,  ha abundado en amenazas contra la Universidad en general y contra sus medios de comunicación en particular. La ULA tiene dos: una estación de radio (ULA FM 97.7) y un canal de televisión local; de este último, puede leerse en su página web que “pretende ser  un canal de TV alternativo, ofreciendo en señal abierta una programación nunca vista en un canal comercial: producciones propias donde se resaltan el quehacer académico, científico, cultural, de extensión y de investigación, documentales, cine de Asia y África, productos realizados por otras universidades de Venezuela, y revistas académicas producidas por alumnos y profesores de la institución que son la punta de lanza que identifica desde lejos a nuestro canal”
Hoy,  ese proyecto educativo que por su amplitud beneficia a todos los merideños, ha sido privado de su espacio pese al perjuicio que eso pueda ocasionarle a la ciudad, ya que no solo ordenaron apagar la señal sino que,  en un acto que deja sin lugar el derecho a la defensa,  decomisaron los transmisores ubicados en la Estación La Aguada del Sistema Teleférico de Mérida; sin ellos, su salida por televisión es imposible. Solo queda la opción de verlos por Youtube o cualquier otra vía digital, mientras CONATEL no cierre esa ventana. En la mañana de hoy, el Rector de la Universidad, Dr. Mario Bonucci recibió una carta en la que le informan que la investigación promovida por  la institución que regula las telecomunicaciones en Venezuela, pretende evaluar también el funcionamiento del Internet de la Universidad.
Hay un gesto de dolor irónico, una especie de sonrisa torcida estampada en el rostro de quien, vestida de negro, mira desde un alero la concentración. En algún momento, sin perder el gesto, saluda con cariño a su Profesor Francisco Quiñones, Director de la Escuela de Medios y le pregunta, casi por no dejar, si la escuela no es el principal daño colateral de la medida. Quiñones intenta una clase de porqué si lo es y en segundos,  un grupo importante de manifestantes lo rodea. El daño colateral es mucho más sencillo de explicar de lo que él cree: sin un canal donde hacer sus primeras practicas, sin equipos adecuados, sin un espacio creativo abierto a quienes quieren hacer carrera en el asunto de la información, la escuela de medios y la recién inaugurada carrera de comunicación social, casi no tienen razón de ser.
Los ojos más tristes que pueden hallarse en la ciudad a esa hora son los de ella, miembro de una de las primeras promociones de esa escuela. Hubiese preferido no enterarse nunca de ese análisis tan claro. Aun así, no se le borra la sonrisa torcida, se suma a la tristeza infinita de sus ojos y recuerda una historia de la que es arte y parte.
ULA TV transmite formalmente desde el 2 de octubre de 1999, cuando era el canal 22 y se conocía como AULA 22. Ese día,  inició sus transmisiones con barras por 23 largos días de prueba: el 25 de octubre hizo sus primeras pruebas de video y fue rebautizado como ULA TV, el modesto y discreto canal de televisión al que se sintonizan los merideños que buscan información. El modesto canal de televisión que se ha dedicado, sin descanso, a cubrir las diarias protestas que ha enfrentado el gobierno, sin omitir detalle y,  muchas veces, sin tomar más partido que el de informar.  
La consigna muchas veces repetida la trae de nuevo a tierra. Cientos de voces la repiten:  “viva la u, viva la u, viva la universidad” deviene canto de honor que logra transformar la sonrisa torcida en voz potente que se alza en el momento en que,  en la esquina de la calle 29 aparecen, en un solo bloque,  los miembros más destacados del Consejo Universitario y las autoridades rectorales, con una notable ausencia, se unen a la manifestación de la “U” El rector, Mario Bonucci abre fuegos:
-          “Sabíamos que sucedería, hace más de tres meses que las amenazas eran diarias, no es otra cosa que una nueva afrenta. ULA TV ha sido acusada de presunta clandestinidad. Se nos ha querido aplicar las secciones primeras de los artículos 165 y 172 de la ley de medios, desconociendo que ULA TV es un medio de comunicación amparado en un decreto del Dr. Ramon J Velasquez emitido durante su presidencia que ha cumplido con todos los requisitos de ley para funcionar debidamente. Consta en nuestros archivos las repetidas solicitudes que en cumplimiento de dichos artículos se han dirigido a CONATEL y el pago de los respectivos aranceles. Mal se puede hablar de medio clandestino. La clandestinidad no se presume, la clandestinidad se ejerce y nosotros no la hemos ejercido. ULA TV no se calla. ULA TV no cierra sus puertas. ULA TV se actualiza a los tiempos y desde anoche empieza a transmitir por streaming. Estamos seguros que seguiremos prestando un servicio a la libertad y la democracia”
Es casi mediodía y el sol de la sierra pica. La concentración se disuelve lentamente y ella, parada en el pequeño rincón que le dejan libre en la puerta misma de ULA TV, toma un poco de agua y pregunta eficientemente si han transmitido las palabras del rector. Le responden que sí, que han salido por la emisora FM. Un nuevo velo de tristeza parece cubrirla:
-            -         A la radio también nos la van a cerrar, escríbelo. Esa es la próxima.
Sin despedirse de nadie camina hasta la puerta del edificio donde todo el mundo sabe que funcionan los medios de comunicación de la ULA. El sonido de sus tacones en la acera marcan la rabia. La mirada en el suelo habla de miedo.
Ella no se graduó en la escuela de medios ni para irse del país, ni para languidecer en una oficina perdida en este campus universitario enorme que es Mérida.
Ella no sabe qué hacer, pero no quiere que nadie diga su nombre.

martes, 14 de marzo de 2017

Carvallo Cantor, 30 años después

Una de las cosas de ese día que José Luis recuerda con mayor nitidez es el autobús universitario. Era viernes y él acompañaba a su hermano a esperarlo en la residencia masculina, a pesar de no tener edad para hacerlo, con intención de subir al centro a revisar las novedades llegadas a la Discotienda Internacional y comerse un helado. Al pasar por la Avenida Don Tulio vieron como se preparaba la caravana de bachilleres que saldrían a celebrar el fin de sus estudios de Ingeniería. José Luis y su hermano recuerdan haber visto aquello con total normalidad, como seguramente lo hicieron muchos otros merideños que pasaron por allí a la misma hora. Era tan habitual ver a un grupo de estudiantes exaltados y alegres pintarrajeando sus automóviles y los de sus familiares  para salir a celebrar el fin de la escolaridad, que ninguno de los dos reparó siquiera en los autos que la formaban. Siguieron hasta el centro y allí hicieron lo que tenían previsto; en algún momento vieron pasar la caravana en plena efervescencia; como todos, festejaron desde la acera y siguieron su camino sin darle mayor importancia.
Rita lo recuerda como un día horrible.  Salía con su hermana del gimnasio de la avenida 4, se les había hecho tarde. Poco antes de llegar a Glorias Patrias encontraron la revuelta - era un desastre, nos asustamos, nos sorprendía lo  localizado que estaba, no sabíamos lo que había sucedido o porqué, pero esa casa estaba en llamas y había mucha gente alrededor enardecida -  Rita recuerda que su padre fue a buscarlas muy preocupado y las llevó a casa, donde se quedaron en obligado encierro. Mientras, la ciudad empezaba a arder.
Todos los recuentos de ese día horrible no dejan cabo suelto: a las 7 de la noche, más o menos,  Luis Carvallo Cantor, integrante de aquella caravana de Ingenieros sin título, fue asesinado en la esquina de la avenida 4 con calle 31 porque se bajó del auto a orinar contra la pared de la casa del abogado Bernardino Nava. Según la historia, Nava se asomó a la ventana, molesto por lo que consideró una ofensa imperdonable y disparó un par de tiros a Carvallo quien murió en el sitio para estupor y desgracia de todos sus compañeros. La noticia, sin necesidad de redes sociales que no existían para la época, se supo en el ambiente estudiantil en muy poco tiempo y la ciudad de Mérida empezó a vivir los 5 días mas terribles de su historia reciente. Los días en que a la policía estatal se le acabaron las bombas lacrimógenas.
Mireya, entonces empleada de la Alcaldía de Mérida, había dejado su carro a una amiga para que llevara a su hija de 8 años a comerse un perro caliente en La Cremita, un famoso perrero ubicado a pocos metros de la casa donde sucedió la tragedia, mientras ella terminaba de atender una reunión en la Avenida Gonzalo Picón. Hasta allá, gracias a los comentarios de boca en boca, llegaron noticias poco claras de lo que sucedía. Ni ella podía ir a buscar a su hija, ni la joven que la acompañaba podía salir del barullo. Llegaron muy tarde y, por primera vez, Mireya no encontró excusas para regañar a su hija por la demora.
Nada se ha dicho nunca que justifique la reacción de los compañeros de la victima, que casi cobra también la vida del asesino y su familia, ni de la reacción de la ciudadanía devenida en fieras justicieras. Hasta hoy  existe el rumor - jamás confirmado - que Bernardino fue sacado de la casa descalzo, en pijamas, a golpes y que estuvo cerca de ser quemado vivo, mientras su familia intentaba ponerse a resguardo. No lo consiguieron. La casa de Bernardino Nava, su automóvil y todas sus pertenencias ardieron esa misma noche, pocos minutos después de los disparos que cegaron la vida de Carvallo Cantor; quizás fue así como empezó esa guerra en la que no hubo héroes ni explicaciones.
Carlos Alberto regresaba de Caracas en su carro, venía acompañado de dos amigos a una fiesta que se celebraba el sábado 14 en el Country Club. Su casa, a pocas cuadras de la casa de Nava, estaba sitiada. La ciudad había amanecido en llamas después de una larga noche de enfrentamientos entre policía y estudiantes y nada parecía indicar que terminaría pronto. Los tres amigos tuvieron que refugiarse en casa de los familiares de uno de ellos para poder arreglarse para una fiesta a la que, de todos modos, no pudieron llegar.
La noche entre el viernes 13 y el sábado 14 de marzo de 1987 se desdibuja en la memoria de los merideños. Nadie  recuerda bien como escaló la violencia a tales niveles. Todos recuerdan, sin embargo, lo que hacían ese fin de semana. José Luis, por ejemplo, veía las columnas de humo y el desorden ciudadano desde el cerro de “Las Letras” a donde fue de excursión con su grupo Scout ese sábado, para huir del desastre citadino, mientras que a su madre, la señora Carmen Albornoz, le tocó presenciar el desorden en pleno apogeo por haberse ido a una funeraria a darle el pésame a una familia vecina. La funeraria, ubicada a tres cuadras de la casa de Nava, fue repentinamente tomada por la turba estudiantil que huía de la persecución policial, llevándose por delante hasta la tranquilidad del velatorio, Carmen recuerda haber visto con impacto como la urna en que reposaba su vecina era tirada al piso y como los dolientes tuvieron que intervenir enérgicamente para restablecer, con dificultad, la paz de los sepulcros.
Militarizada, la ciudad no tuvo más remedio que aguantar el desorden, cuya violencia crecía con las horas sin parecer calmarse. El presidente Lusinchi cometió el error de relacionar las protestas con actos de narcoterrorismo y el gobierno regional ya no daba abasto. Era imposible contener los destrozos. Mayela lo cuenta con detalles:
-          - En particular recuerdo lo que hicieron con las Tiendas Gina y con la Zapatería Rex. No dejaron nada. Saqueaban y tiraban lo que no podían llevarse, no parecía un saqueo de esos que termina siendo más bien un robo; era una furia enorme, una cosa incontenible, de las tiendas del Viaducto no se salvo ninguna –
El lunes 16 el Alcalde de la Ciudad, Jesús Rondón Nucete,  no pudo llegar a su despacho. Una de sus empleadas de confianza necesitó armarse de mucho valor para enfrentarse a los soldados que tenían completamente resguardado el centro, para explicarle quien era el hombre que venía en su carro. Logró el paso y  lo recuerda sonreída: - Menos mal que lo dejaron pasar, pues venia a una conversación telefónica con el Ministro de la Defensa para convencerlo de no decretar el estado de queda. ¿Te imaginas si no hubiese podido llegar? –
Mérida jamás, a pesar de su larga historia de disturbios violentos y enfrentamientos, ha vivido un toque de queda (con la excepción del que vivió toda Venezuela en los días que siguieron al Caracazo de 1989) esos días pudo haberlo hecho;  a cambio, la orden fue militarizarla y desencadenar la mayor represión que se recuerda. El toque de queda no fue necesario decretarlo: los merideños se encerraron en sus casas a mirar aterrorizados como la ciudad escapaba de sus manos.
Terminó como empezó y dejó no pocas huellas. Para el miércoles 18 solo quedaban pequeños rescoldos de lo que había sido una guerra a muerte ocasionada para exigir justicia por la muerte absurda de alguien a quien seguramente no le habría gustado entrar de esa forma a la historia. Luis Ramón Carvallo Cantor quizás se habría conformado con subir al Aula Magna y recibir el diploma que lo acreditaba como Ingeniero (por cierto, en el acto de grado, con la anuencia de un movimiento estudiantil dispuesto a no volver a armar la grande, su madre subió al estrado a recogerlo) y hacer la vida normal que Bernardino Nava le impidió por un ataque de rabia incontenible y una pistola en mal sitio y peores manos. La casa de Bernardino, hasta hace muy poco, fue un lugar abandonado y en escombros; hoy, sirve como deposito comercial que nadie quiere ver abierto. La fecha del asesinato dio nombre a un movimiento estudiantil con fama de todo lo bueno y malo de este mundo: el Movimiento 13 y, por lo demás, Luis Carvallo Cantor es un nombre que Mérida no olvida: cada cierto tiempo, la lucha estudiantil lo revive y una nueva bomba lacrimógena se lanza en su nombre.
Bien se dice que solo muere aquel que deja de vivir para siempre en el recuerdo de los otros.

viernes, 17 de febrero de 2017

Aunque no sabe qué es, lo que duele no es la vida

Entró al salón, arrastró una silla a la que primero midió con los ojos y se sentó con un poco de dificultad. De su maletín sacó dos frasquitos de vidrio color ámbar y vertió en la tapa de cada cual unos diminutos globulitos blancos, se tomó ambas dosis, sonrió con buen humor, cruzó las piernas y se dedicó a escuchar con atención la charla. A medida que transcurría el tiempo, cruzaba y descruzaba las piernas, hacía círculos con los pies en el aire y muy pocas veces, un gesto de dolor pareció cruzarle la cara. Estaba solo y no hablaba con ninguna de las personas que tenía cerca.  Asentía con la cabeza mientras tomaba notas en una pequeña libreta de resortes apoyada en su muslo derecho. Movía las piernas, como cambiando de posición una y otra vez; pero, ningún otro gesto de su comportamiento era llamativo.
-          Puedo decirte exactamente cuándo y cómo comenzó esta historia y puedo jurar, lo creas o no, que fue en uno de los períodos más felices de mi vida -  Soltó a bocajarro al finalizar la conferencia - Yo llegué a mi oficina, hace unos 30 años, me acomodé en mi escritorio y le comenté a mi secretaria que estaba a punto de comenzar un lumbago, desde entonces nunca he tenido un lumbago verdadero; pero, nunca se me ha quitado el dolor de espalda , ha ido a más –
Es su manera de conseguirle un principio a lo que él llama “la historia del dolor” que según cuenta,  lleva más de la mitad de su vida atormentándolo  – Soy un hombre al que le duele todo. Un hombre cuya primera sensación del día es un dolor en algún sitio y la última es un dolor en un sitio diferente – aun así, explica, duerme  sin ayuda lo más plácidamente posible, cosa que en su caso, parece un contrasentido. Muchísimos médicos sostienen que debería tener trastornos de sueño. Él asegura que no.
-          Me encanta dormir. Es el único momento del día en que no siento dolor. Quizás me evado de mi dolor durmiendo, no lo sé. Es más, en los periodos tristes y difíciles de mi vida, es cuando mejor he dormido. Mi sueño es una maravilla, solo una vez se alteró y necesité pastillas, pero dejé de tomarlas en una semana. Yo no tengo problemas para dormir. Ni siquiera ronco.
Gerardo es un tipo simpático  aunque reservado. Es, como buen andino, un poco desconfiado y siente que no es bueno prodigarse mucho. Tiene como máxima en su vida no hablar de su padecimiento pues no le gustaría contagiar a nadie de su lúgubre sensación de enfermedad y porque sabe, además, que alguien le dará un remedio que el no podrá evitar probar.
-          He tomado de todo. No puedes imaginarte la cantidad de batidos, menjunjes, cataplasmas, gotas, plantas medicinales y etcétera que he consumido a lo largo de mi vida; mi dolor parece refractario a todo. Ahora me dio por la homeopatía pues me parece lo menos experimental de la cosa alternativa, es barata y tiene un cierto nivel de efectividad. Ya ni siquiera los analgésicos me hacen mayor cosa. Aunque me meta un coctel de pastillas, cosa que hago con frecuencia, yo soy un hombre que vive con dolor. Punto. Yo no recuerdo un minuto de mis últimos 20 años sin dolor en alguna parte del cuerpo. Tan sencillo como que no lo recuerdo. ¿Tú sabes que es tremendo, por ejemplo?  tener sexo con dolor;  no, no  hablo de que el acto sexual implique una práctica dolorosa,  no, nada de eso;  es estar ahí, gozando un puyero con alguien y sentir que alguna parte del cuerpo te duele a pesar de lo bien que lo estás pasando….
Es la más gráfica de las explicaciones que da,  mientras intenta conseguir algo para picar que no contenga gluten ni sea lácteo. Dice habérselos arrancado de su dieta aunque le encantan,  pues leyó en alguna parte que existe una relación entre el consumo de gluten, los lácteos y su enfermedad.
-          Fibromialgia, se llama -  Dice con tranquilidad asombrosa  – Fibromialgia –
Repite con la misma naturalidad de quien sabe que es imposible ponerle rabia a ese nombre. Se la diagnosticaron oficialmente hace unos 3 años, aunque él lleva sabiéndolo desde mucho antes. Gerardo es un hombre culto, un lector incansable, un tipo buenmozo, activo y de impecable elegancia al que la enfermedad no parece detener en nada. Lleva la procesión por dentro. Tal vez un reflejo tristón de sus inmensos ojos atigrados sea lo único que lo delata; a veces, Gerardo parece sufrir por un instante un ramalazo de dolor que desaparece casi de forma milagrosa. Es su gran logro. Desde que lucha contra la enfermedad no le permite derribarlo en público: Quizás por eso, ha disminuido su vida social a lo mínimo indispensable. Es rarísimo que salga de noche y es rarísimo verlo de fiesta. Dice que le incomoda mucho saber que disfrutará menos de lo que quisiera un plan cualquiera, pues no sabe a qué nivel de dolor tenga que enfrentarse ese día. Entonces prefiere la casa y la comodidad de su cama,  el sitio en el que pasa la mayor cantidad de horas del día, sin que nadie lo sepa. Su vida, en concesión al dolor – y porque no es un héroe – está llena de discretos silencios e incontables secretos. Por eso debe ser que prefiere vivir solo en medio de una rutina infranqueable a la que le hace pequeñas trampas para sentir que está vivo.
Es un caso de librito: Gerardo junta en un solo diagnóstico dos enfermedades hermanas: Fibromialgia y Síndrome de Piernas Inquietas y está casi seguro que empieza a anidar algún nivel del Síndrome de Fatiga Crónica. Sabe bien que no es la edad (57 años) y en el fondo, un brinco del corazón le avisa  la angustia de pensar que la enfermedad está ganando terreno. No deja de ser irónico,  piensa,  cuando recuerda haber padecido enfermedades serias, haber estado al borde de la muerte y haber superado todo, menos el dolor de vivir con un dolor permanente para el que no hay tratamiento específico, ni explicación lógica, ni esperanza de cura. Mucho peor, para el que no hay conmiseración de género: la fibromialgia solo ataca a un hombre por cada 90 mujeres que la padecen; es decir, él sabe que padece una enfermedad de mujeres que sus amigos hombres no entienden. Con ellos no habla de eso ni aunque se ahogue.
-          Me da rabia cuando lo primero que responden hombres y mujeres,  al enterarse,  es que se trata de una “cosa de los nervios” como si no fuera real -  dice y sus ojos se iluminan por la rabia de la que habla - Es como si fuera menos importante que otra cosa. Creen que uno puede sobreponerse solo, como si fuera debilidad propia. Como si uno no fuera, como los demás, suficientemente fuerte, suficientemente “macho” o suficientemente dueño de sus emociones. Esa es la peor parte.
Tiene razón al lamentarlo.  La mayoría de las personas que alguna vez han escuchado hablar de fibromialgia, inevitablemente la relacionan con algún tipo de trastorno de personalidad e incluso de enfermedad mental. Si bien el tratamiento más usual incluye un antidepresivo y existe la teoría de que los episodios de dolor se agravan en periodos de profundo estrés o angustia, no menos cierto es que se trata de un desorden de tipo neurológico muy probablemente de origen genético cuyas causas se desconocen por completo. Cerca del 5% de la población mundial la padece, muchos sin diagnóstico oficial, la mayoría mujeres de raza blanca mayores de 45 años,  quienes no necesariamente han tenido otras enfermedades graves en su historia clínica. Se relaciona, eso sí, con la Enfermedad Celiaca y el Lupus, pero, sobre todo, se ha considerado por años un proceso somatizante, más que una enfermedad,  cosa con la que Gerardo sencillamente se pelea a muerte.
-          Yo no necesito somatizar nada - dice alzando la voz – yo soy un tipo relativamente feliz. Afectado,  claro está, por el país y sus circunstancias, pero eso no es la causa de mi fibromialgia;  a mí me dio, así como a otras personas les da alergia o asma. A mí me dio esa vaina y listo. Yo no estoy somatizando nada, ni más faltaba…
Hace poco, un nuevo doctor le prescribió un antidepresivo específico llamado CIMBALTA que no se consigue ni bajo las piedras. Es uno de los afortunados que puede por lo menos conseguir Pregabalina regularmente (una droga fundamental para su tratamiento) y se niega a consumir analgésicos más fuertes que acetaminofen o ibuprofeno, la mayor parte de las veces mezclándolos en una única dosis al día, no todos los días. Camina, aunque se trata de un esfuerzo importante que le consume muchísima energía y se consuela con formulas de auto engaño, dice tener un umbral de dolor muy alto y juega con globulitos homeopáticos como por no dejar.  Todo lo demás  lo vive en silencio.
Sabe perfectamente que el suyo es un caso perdido, que nunca más sabrá lo que es un día sin dolor y no se queja. Hace algunos años aprendió a conjurar las migrañas asociadas y ya no las padece, pues sabe detenerlas a tiempo. Piensa que podrá hacer lo mismo cuando esto se ponga peor. Sin embargo, en la soledad de su apartamento, antes de dormir,  suele sentir el escalofrío de imaginarse en la vejez impedido por una enfermedad de la que se sabe muy poco; entonces,  se duerme pensando en París y en sueños se ve con unas alas que desconoce. Después de todo, sabe también, que el amanecer traerá, junto a la luz del sol, la revisión de su nivel de dolor y un deseo: que no sea tan grave como para poder soportarlo sin tomar pastillas. Ya no le pide nada mas a la vida, él se acostumbró a resolver el resto y a vivirlo hacia adentro. Sin que se note. 

miércoles, 8 de febrero de 2017

Los ojos mas bellos de este mundo

Alguien contó una vez que ella, bonita y dicharachera, salió de su trabajo en la Biblioteca Central de la Universidad de Los Andes - cuando quedaba en el edificio del Rectorado, a la entrada, a la izquierda - y que él, que la estaba cazando desde hacía meses,  venia coincidencialmente entrando con una calavera en la mano. Que él se la lanzó a ella y que ella solo atinó a ver un cráneo humano que volaba por los aires en dirección a ella. Que ella se desmayó de la impresión y que él tuvo un instante de gloria para recogerla en su regazo y reanimarla. Que las amigas, impactadas por la ocurrencia,  reían discretamente la gracia del desmayo posiblemente fingido y la demora de ella en volver en sí. Que finalmente abrió los ojos, que él preguntó – ¿La asusté señorita? -  Y ella respondió - no fue nada bachiller - y que al hacerlo, descubrió los ojos de él. Ella contó más de  una vez, que esos ojos le atravesaron el alma con el lanzazo del amor. Eran los ojos más bellos del mundo.
Él era flaco, elegantoso, alto, con modales arrolladores de margariteño y piel oscura; pero tenía unos ojos irrepetibles: acusadores, brillantes, curiosos, “que hablaban” y ella no pudo darle la bofetada que su atrevimiento merecía. Recomponiéndose en el instante  despertó de su desmayo grabándose para siempre la mirada de ese negro y buscó refugio en los brazos de Rita, su amiga inseparable. Al día siguiente, cuando salió de su casa para caminar las pocas cuadras que la separaban de la biblioteca lo vio parado en la acera del frente. Él caminó por esa acera sin desviarse, después de darle los buenos días,  y ella sintió que las piernas le flaqueaban pero caminó por la otra acera  después de responderle los buenos días. Lo mismo sucedió a la salida del mediodía, al regreso a la oficina de las dos de la tarde y a la salida de las seis. Lo mismo sucedió al día siguiente y al otro día y al otro día también. Ninguno de los dos recuerda cuantos días caminaron cada uno por su acera, ella sin mirarlo a él, él sin quitarle la vista a ella; un día el cruzó la acera al llegar a la esquina de la casa de ella y ella supo que lo hacía por amor. Entonces le dio gracias a Dios y supo lo que amar a un hombre significaba en esa Mérida casi rural de 1956 en la que a ella, siendo tan blanca y tan linda, le tocaba renunciar a pretendientes y novios en la puerta del altar y enfrentar las iras de Doña Josefa, la madre empeñada en casarla con un hombre de bien y de posibles, que fuera tan blanco como ella. Doña Josefa, la madre que se rindió a los encantos de él después de un par de desplantes y bofetadas.
Ella, que si por ponerle adjetivos, daría mucho de sí, era una bella mujer. Muy a su modo. No tenía la belleza voluptuosa que llegaba en las revistas de moda y en las películas mexicanas que veían en el Cinelandia pero tenía una cara de concurso a la que no le faltaban ojos. Los suyos, del exacto color de las esmeraldas, muy miopes y distraídos, eran alegres adornos en un rostro cuyo único defecto imperceptible era una nariz un poco ancha para su gusto. Diminuta y simpática, estaba llena de gracias, como un Ave María; aunque le tenía miedo a todo de manera casi incomprensible.  No parecían predestinados y aun así,  ella lo amó como solo se ama en los cuentos y el la amó con unas ganas locas de comprenderla y reconocerse a sí mismo en esos otros ojos hermosos que le miraban. 
Hoy hace 59 años se casaron. El mismo día del cumpleaños del padre de él. Un hombre de modales  principescos venido de Choroní, con más historia que más nadie.  Fue una celebración feliz, de tan buenos augurios que,  posiblemente esa misma noche, engendraron al mayor de los hijos nacido 9 meses exactos después;  pero no fue duradera. El matrimonio para el que ella casi se queda sin vestido y en el que él  se negó a repetir una oración por considerarse, como nadie, digno de entrar a  la casa de Dios, terminó menos de diez años después en un estrepitoso divorcio que amenazó con acabar las fuerzas de ella y la buena cabeza de él; pero, no pudo acabar con el lazo indestructible de la vida en común; perdonado algunos años más tarde, él fue recibido en su vida de divorciada  con pudor y comedimiento y juntos construyeron una familia en la que siempre hubo una tercera mujer. Ella aceptó y trató con cariño a casi todas, menos a la que le había torcido el destino y se dedicó a amarlo porque lo había jurado ante Dios un día como hoy en una iglesia de Valencia.
Muchos años después, Papá y Mamá me llamaron el mismo día para darme la misma mala noticia: Papa había recibido un diagnóstico de cáncer. Ella lo explicó con la tristeza irremediable de los malos augurios y él con el optimismo irrenunciable de quien se sabe tocado por la muerte. Entonces, Mamá decidió ocuparse de ayudarlo a bien morir, tanto como pudo y Papá a aceptar su destino, con tan buen talante como pudo, aunque fue un pésimo enfermo. A él lo amaba otra y ella lo aceptó a regañadientes, estando presente tanto como se lo permitió la vida. Un 18 de abril, fue mi madre la que me llamó a las siete de la mañana para decirme que el momento para el que nunca nos habíamos preparado estaba a punto de llegar y que mi padre no sobreviviría el mediodía. Fue un día aciago para todos; pero, sobre todo para ella. Ella le rezó, le lloró y lo acompañó a despedirse para siempre de este mundo.
Un mes más tarde, fue otra llamada de mamá lo que me hizo ver que su mente, frágil y golpeada, no había resistido el zarpazo final de la vida. Entonces, juntos, los hijos de aquel hombre que tanto había amado y que había cometido el desliz de dejarla sola, tal vez para que ese amor no  viviera el desconsuelo de su desmemoria,  la acompañamos también en su despedida, ocurrida cuando, tal vez, las flores en la tumba de él aun estaban frescas.
Hasta que la muerte los separe, debe haberles dicho el cura aquel 8 de febrero de 1958 del que hoy hacen 59 años; pero, la muerte es una cosa terriblemente caprichosa que prefirió otro destino. De esa promesa inquebrantada se cumple hoy un nuevo año que celebro porque de ellos dos, obtuve lo que soy: la mitad exacta de lo mejor de cada uno.  Si hay que creer en la vida eterna, Celina y Cheo deben estar cantándole cumpleaños a Don Juan,  mirándose de nuevo,  con los ojos más bellos de este mundo.

martes, 31 de enero de 2017

Hay que protestar aunque cueste perder

Hace seis años, recién egresado de la Universidad de los Andes con un flamante titulo de Politólogo, Oliverio, que nunca fue realmente un estudiante modelo, decidió juntar sus ahorros, aceptar toda la ayuda que su familia pudiera darle e indagar las posibilidades de invertir todo ese dinero en algún negocio que le permitiera mantener a sus dos hijas, sin tener que pedirle nada a nadie. Matatigres por definición, fanático de armar y desarmar todo tipo de automóviles y maestro en el arte de llevar un volante, casi al mismo tiempo  que entró a la facultad empezó a trabajar como “avance” en una buseta que su tío tenia adscrita a una línea interurbana.  Manejar una buseta, para un tipo como él, era como continuar con el juego de camiones que le trajo el Niño Jesús cuando era niño. Lo enfrentó con entusiasmo y se hizo un lugar en la línea con bastante rapidez; no solo es que sea buena persona, es que sabe tanto de los intrincados mecanismos de funcionamiento de un vehículo y le gusta tanto poner a prueba sus conocimientos, que se fue convirtiendo en la elección obligada por sus colegas a la hora de resolver cualquier desperfecto.
-          Yo no sé porque terminé estudiando esa cosa de Ciencias Políticas que no se parece en nada a mí, si yo lo que he debido hacer es estudiar Mecánica  - dice cuando le preguntamos  por su extraña elección profesional – de todas maneras, fíjese, eso yo ni lo he mirado mas nunca, es que como ese fue el cupo que me dieron en el liceo y andaban todos en la bulla universitaria -
Oliverio resume así su desinterés por la carrera que le dio a sus padres el orgullo de acompañarlo al Aula Magna de la Universidad de Los Andes y con increíble franqueza despacha el asunto en un minuto. Ni sabe, ni le interesa saber nada de la Politología. Lo suyo es otra cosa.
Esa otra cosa se le apareció cuando entendió que necesitaba algo para ganarse la vida; un día, surgió la oportunidad de comprar una buseta en la línea en la que trabajaba como avance. Se la vendían con el cupo incluido,  en un traspaso que a ojos de todo el mundo, era un negocio redondo. Su padrino insistió tanto en que pusiera ahí su dinero,  que terminó dándole una parte de lo que necesitaba invertir y fue quien lo puso en contacto con el agiotista que le cuadró el préstamo en cuotas relativamente fáciles de pagar; rentables, al menos. Hace seis años, Oliverio dejó de ser avance para convertirse en propietario de la unidad que el mismo maneja – y cuida – con esmero digno de mejor causa. Cubre una de las rutas más largas y buscadas de Mérida, la que atraviesa la ciudad casi de punta a punta, desde el centro hasta la Urb. La Floresta. No tiene idea de cuantas veces al día recorre el tramo, pero no le importa. A fuerza de subir y bajar por la avenida más transitada de Mérida,  ha desarrollado un gusto aun mayor por el volante y cierta displicente condescendencia hacia los avatares de un oficio que se ha tornado casi imposible y en el que reconoce  algunas  víctimas de lo que llama “este desastre”: los estudiantes, por ejemplo,  inocentes en medio de un conflicto que tiene a la ciudad descuadernada.
Como la mayoría de sus colegas choferes, le toca hacer una salvedad al explicarse  -  Bueno, ellos no tienen la culpa, de verdad;  es más, a lo mejor hasta es verdad que tienen ese derecho; pero, es que “la cosa” está muy en el aire, aquí  alguien tiene que responder por lo que pasa - 
“La cosa”, como bien la llama, es el Boleto Preferencial Estudiantil. En una ciudad que es sede de una de las más grandes universidades públicas del país, 5 Institutos tecnológicos reconocidos, La UNEFA,  una enorme cantidad de institutos públicos y privados, una universidad consagrada al Turismo y la Hotelería,  mas varios centros de enseñanza más o menos formales y tiene una población de casi 250  mil habitantes,   el oficio de estudiar se convierte en un  verdadero quebradero de cabeza para quien se atreve a ganarse la vida batallando con el transporte - subsidiado - de ese contingente interminable de muchachos. Como Oliverio, por ejemplo.
-          Antes, hace unos dos años, era más fácil, ellos (el gobierno estadal) cumplían con los pagos, y las tarjetas funcionaban, uno le hacía arreglos a las maquinitas y podía más o menos llevar un buen control y cobrar su plata, si no mensualmente, por lo  menos, por lo menos (arrastra el por lo menos para aclarar que el incumplimiento era llevadero,  hasta hace poco) cada dos o tres meses. Pero ahora esto es una loquera. Cualquier muchacho, con uniforme o sin uniforme, con carnet o con constancia inventada o correcta, entra y pretende no pagarle nada a uno por el pasaje….
Es la queja de la mayoría de sus colegas: una disposición gubernamental dejó sin efecto la maquina controladora y la tarjeta que servía para abonar el importe del pasaje subsidiado al que los estudiantes tienen derecho y convirtió la vida de los buseteros en un suplicio que se extiende desde mediados del 2016. Un suplicio que ha tenido poquísimas respuestas y que según Oliverio y uno de sus compañeros chóferes, está lleno de rumores, promesas vanas y espejitos.  Si, les han pagado, dice el otro conductor, pero ni por asomo lo que se supone que habían acordado en conflictos previos;  pues, para empezar, matiza, es imposible aceptar como bueno un cálculo de estudiantes transportados, así nada más. Una buseta que va para La Hechicera (el núcleo universitario por excelencia, sede de la mayoría de las facultades consagradas a las Ciencias) no transporta el mismo número de estudiantes que una buseta que vaya para Santa Juana (popular barriada del sur de la ciudad, donde solo se alojan un par de facultades y un enorme liceo técnico industrial)  dice con lógica irrebatible.
-          No van a salir a pagarnos a todos lo mismo –
Es el razonamiento tras el conflicto que les está causando un daño enorme. Un conductor de autobús que no trabaja, no come. Es así de simple. Los conductores de autobús,  en este momento, dados los precios de los repuestos, las limitaciones impuestas para el cobro del pasaje y los riesgos asociados a la inseguridad personal (particularmente ensañada en su contra) trabajan para el diario. A veces, ni eso,  y si para uno de los dos choferes el problema es la leche de su hijo de un año de edad, para el otro, el asunto  es bien distinto; se siente entrampado. El gobierno regional ha desplegado una flota de autobuses de muy superior calidad – “como nuevos, pues” para cubrir todas las rutas que los transportistas de la ciudad, en un justo ejercicio de sus derechos, están dejando desasistidas y no hace nada por resolver el conflicto principal: un mecanismo eficiente de control  para el boleto preferencial estudiantil. Un mecanismo que aclare quién es el que está subsidiando el pasaje de los estudiantes merideños, el gobierno o el conductor
-          Porque hasta ahora,  en los últimos meses, el pasaje de los estudiantes lo subsidia el dueño de la buseta  y eso ni le importa a los estudiantes,  ni le importa al gobierno,  ni le importa a nadie -
El paro de transporte en Mérida lleva ya 5 días, siete si contamos el último fin de semana. Ha sido  silencioso. Empezó con un brote de mucha violencia en el que un grupo de encapuchados (ya nunca se sabe a qué bando pertenecen) incendiaron una unidad el miércoles pasado. Al día siguiente,  las calles de  la ciudad amanecieron con el silencio apacible y las largas colas en el trolebús que hablan  de “problemas de transporte”: ni las rutas urbanas, ni las rutas extraurbanas del Estado Mérida tienen medios de transporte privado a su disposición.  Solo los autobuses -  rojos - del gobierno prestan servicio en condiciones de crisis. Unidades nuevas pero abarrotadas que a precio muy económico, previa espera de una hora y media en promedio, movilizan a los miles de merideños que no disponen de automóvil propio; relentando hasta casi detener la vida productiva de una ciudad que ya está aquejada de muchos problemas.
Oliverio está decepcionado y tiene mucha rabia, pero sigue en pie de lucha. Sospecha – sabe más bien – que el conflicto se resolverá de algún modo turbio y que la presión de sus compañeros, preocupados por el pan nuestro de cada día, hará que vuelvan a rodar por las avenidas en poco tiempo. Resiente la actitud poco solidaria del gremio de los taxistas (que están haciendo su agosto, literalmente) y no quiere ni oír hablar de los mototaxistas. Pero, sobre todo, sabe que el tema del boleto estudiantil así como las otras quejas del sector, irá a parar a un saco roto.
-          Seguiremos subsidiando nosotros el pasaje o dejaremos de montar estudiantes, hasta que se vuelva a armar un zaperoco y los estudiantes vuelvan y quemen otra buseta, esto es así siempre. 
-          ¿Por qué es que no han resuelto el tema del mecanismo de control del pasaje estudiantil?
-          Pues porque dicen que no tienen plata ni material para hacerles las tarjetas a los estudiantes; pero, eso sí, plata pa´l tal carnet de la patria…pa´eso si hay…la que sea.

sábado, 21 de enero de 2017

Tierra ¿de nadie?

Se le conoce también como Asia Menor y es un pedazo de mundo lleno de importancia histórica, fue reducto militar durante varios siglos y cruzadas, así como la tierra que definió la rara composición de Turquía como país, metido casi a la fuerza, entre dos continentes; el Bósforo monumental la separa de Europa y el estrecho de los Dardanelos la acerca a Asia. Es Anatolia, un nombre que se usa muy poco para nombrar la península que se convirtió en el núcleo central de la nueva República de Turquía, la que Kemal Atatürk fundó en 1923. Es también, para muchos, el sitio de sus orígenes: como para Osman Kalin, un turco que nació en sus predios a finales de la década 20 del siglo XX. Un hombre de campo, sin mayores esperanzas, absorbido por la inestabilidad político militar - que no es cosa nueva ni en su tierra ni en ninguna otra – forzado a emigrar a Alemania, en algún momento cercano a 1947, cuando los destrozos de la guerra clamaban a gritos por ayuda y el recién instaurado nuevo gobierno alemán abrió sus fronteras a los turcos buscando mano de obra barata.  Osman, como cientos de otros, se instaló en Kreuzberg, el “pequeño Estambul” de Berlín (hoy su barrio más alternativo y pintoresco)  y comenzó a vivir de lo que buenamente producían sus fuertes manos o su habilidad para la construcción; pero, nunca olvidó su necesidad de trabajar la tierra. Para Osman y su familia la vida iba bien. Para Alemania, no tanto.
En 1961, sin que ninguno de ellos pudiera entenderlo, el barrio de Kreuzberg se vio separado de su entorno habitual por un muro de concreto que no se podía atravesar. La vida de los alemanes quedo físicamente dividida en dos porciones concebidas en su momento como irreconciliables. Osman, todos los días se acercaba tanto como se lo permitían y veía el muro. Escudriñaba sus rincones y sentía inútil su existencia. Desde su casa, buscando quizás una explicación, alcanzó a divisar un cercano pedazo de tierra yerma, que parecía una equivocación en el diseño del muro. Fue hasta el guardia y preguntó quién era dueño de esa pequeña parcela de 500 metros.  - “Niemandsland” -  fue la respuesta que obtuvo. Preguntó muchas veces más, muchos días más y siempre obtuvo la misma respuesta: “Niemandsland” (tierra de nadie)
Los constructores del muro, para ahorrar materiales y simplificar el trabajo, intentaron hacer una pared en línea recta tanto como se los permitiera el terreno;  esa esquina de Kreuzberg era una curva perfecta en las vecindades de la Iglesia de Santo Tomas, curva que juzgaron insignificante; pero, que en la complicada legislación que permitió la existencia de ese muro ignominioso, pertenecía a Alemania del Oeste aunque estuviera en el “otro lado” o fuera de sus límites e incluso no estuviera bajo el rigor del concreto impenetrable; la casa del señor Kalin era lo más cercano a su jurisdicción y eso era Alemania del Este,  Dejada por fuera, burocráticamente, sin embargo, la pequeña parcela que él veía desde su casa no podía ser reclamada por ninguna de las dos Alemanias; en su ingenuidad pragmática de campesino que ama la tierra, Osman pensó que mejor sería darle algún provecho y un día, sin que nadie se lo impidiera, empezó a plantar lechugas, más tarde, espárragos, luego algunas otras plantas de su tierra y un jardín de girasoles que es famoso en la ciudad.  Durante años, dedicó sus mejores esfuerzos a mantener impecable un huerto del que se beneficiaba su familia, todo el que necesitaba algo y los militares que, de cuando en cuando, molestaban su existencia creyendo que mantenía un túnel secreto.
-           - Le daba tomates y algunas otras hortalizas y con eso se calmaban, se iban y no regresaban hasta varios meses después – cuenta siempre una de las hijas que recuerda vívidamente los años del muro.
Un día, el hacendoso turco comenzó a recoger la basura que mucha gente dejaba tirada alrededor de ese pedazo de tierra sin dueños, reciclándola de la mejor forma posible: construyó una “Baumhaus an der Mauer” o lo que es lo mismo, una “casita en el árbol” utilizando para ello hasta la armazón y los materiales aislantes que obtenía de viejos colchones abandonados como basura. Nunca fue más allá de sus predios: todo lo que usó para la construcción de la icónica casita lo obtuvo en su tierra de nadie. Entonces, terminada la construcción, se instaló a vivir en ella. Ese pedazo de tierra sin amo se le hizo indispensable a su corazón; aunque, gracias a la suerte de su arduo trabajo como inmigrante y encadenado como estaba a los recuerdos de la lejana Anatolía, comenzó a pasar los duros inviernos alemanes en una estupenda casa que había construido en el pueblo en que nació. Cuando lo hacía, dejaba el cuidado del huerto en manos de uno de sus mejores amigos.
Entonces cayó el muro. Se descubrieron rincones que los alemanes nunca habían visto o tenían olvidados y la tierra, esa posesión maravillosa, empezó a tener dueños: gente que estaba dispuesta a lo que fuera por reclamar la propiedad de lo que habían tenido “antes”. El sueño de Osman Kalin comenzó a peligrar, los habitantes de Kreuzberg divididos por opiniones encontradas sobre la casita en el árbol, no lograban tomar una decisión respecto a permitirle a un inmigrante turco, musulmán, la propiedad de la pequeña parcela que en definitivas pertenecía a la Iglesia de Santo Tomas. El gobierno de Berlín reunificada  amenazaba con derruirla para atravesar el trazado de una carretera. La solución, salomónica, vino de la curia romana: Kalin y su familia (el viejo agricultor tan atemorizado por perder sus pertenencias pegó con cemento al piso de la casa todo el mobiliario, incluyendo electrodomésticos) habían tratado esa tierra con esmero digno de reconocimiento: emitieron un título de propiedad a su nombre. De nuevo la complicada legislación alemana (esta vez la que entró en uso para evitar desaguisados como un nuevo muro) vino en su ayuda y Kalin recuperó su huerta y su Baumhaus an der Mauer.
Pero, el final feliz estaba lejos de llegar. El amigo del alma a quien este señor confiaba el cuidado de su huerta cuando viajaba a su pueblo en Turquía también se había hecho ilusiones de propietario sobre la parcela: se armó la marimorena. Obtenido el derecho de propiedad a nombre de uno de los dos (Osman Kalin, el fundador inicial) comenzó el pleito entre los patriarcas de dos familias que se consideraban una sola y la amistad entre ambos viejos acabó en malos modos; no  por el valor comercial del terreno,  sino por lo que significaba el trabajo que ambos habían hecho para restituirle la vida. La solución que encontraron entonces fue producto de un aprendizaje de años: Construyeron una cerca que divide el huerto en dos porciones, reservando para Osman el árbol que sostiene la casa en la que crió a sus hijos e hizo feliz a sus nietos.
Han pasado algunos años. La guerra fría ha terminado. Ambos parceleros han envejecido y aun son enemigos: el huerto de Osman es el único pedazo de tierra urbana que hoy, en Berlín, continúa dividida en dos porciones. Ni Osman pasa para el lado que su amigo reclama como suyo, ni el amigo hace otro tanto. Así mantienen una frágil paz. Los recuerdos de Anatolía, de las guerras, del muro e incluso de sus pleitos de tres décadas empiezan a ser borrados por el Alzheimer de ambos protagonistas; pero, hoy, en una calle de Kreuzberg, un resabio del muro de Berlín espera por la construcción de otros muros que hagan más estrechas las fronteras de un mundo que, alguna vez, también fue de nadie.
Es una suerte que los hijos de ambos, hermanados por la costumbre de muchos años, se sientan en las afueras del huerto a reír de la testarudez de este par de ancianos y venderle refrescos fríos a los paseantes que han convertido el huerto de Kalin en un importante atractivo turístico, mientras buscan afanosos una reedición de la gesta heroica que devolvió la dignidad republicana a su tierra de adopción. Es una pena que esa gesta heroica parece traspapelada entre costosos vestidos de Ralph Lauren y cajas de regalo de Tiffany and Co. 

sábado, 31 de diciembre de 2016

QUE VENGA!

                          
 Véngase pronto que hoy estoy necesitando bienestar
                           Alivio que cure mis penas con solo su mirar
                          Vengase de prisa, mire que estoy deseando
                           Construir un nido de preciso encanto...
                           (BACANOS / LOS PELAOS)
Un par de días antes del jolgorio obligado que significa despedir un año, fui invitado a una pequeña celebración por alguien a quien quiero mucho aunque veo poco. Un amigo de esos que uno quisiera tener adherido a su vida, pero no lo hace por zoquete. Fue una reunión muy pequeña, muy informal. Alguien llevó un par de botellas de ron (antes habríamos llevado whisky)  alguien más un par de  Pepsis (las de ahora son light, a juro) yo puse algo y por ahí aparecieron limones para unas Cubas Libres perfectas que nos tomamos como agua (yo que no consumo nada de alcohol, me tome cuatro) De pronto, la conversación agradabilísima se enfiló hacia nuestro único tema, Venezuela. No voy a contar detalles; pero esa noche, más que ninguna otra del año que está por terminar dentro de unas horas, me plantó cerca de la posibilidad de recuperar la fe. No quiero desmerecer otros encuentros, no quiero que ninguno de mis amigos se sienta ofendido por no hacer de alguna de sus noches del 2016 una ocasión memorable; pero, la noche del 29 de diciembre se me grabó a fuego en las entrañas. La noche del 29 de diciembre fui capaz de perdonar al horrible 2016 y sentir que, aunque nada de lo acontecido esa noche pase de ser un recuerdo vivo que me acompañe por el resto de mi vida, es posible encontrar una vía para sanar. Eso me basta. Puesto a hacer una lista de deseos para 2017 repetiré como un mantra lo que dijo uno de los asistentes a esa reunión (una persona excepcionalmente valiosa a quien espero poder adoptar hasta que la muerte nos separe) “que venga, que tenga, que convenga y que me sorprenda”. Es cierto, yo no agregaría nada más. ¿Para qué? Ya estuvimos ante un año en el que el dolor fue moneda de cambio. En el que la vida se la jugó duro en nuestra contra, en que las múltiples alegrías se desvanecieron en el esfuerzo de vivir y en el que perder, si es por algo, significo mucho más que perder el juego.
Mi amigo, el anfitrión de esa noche, me llama Carlitos – desde que me conoce - es la única persona del mundo que decidió diminutivizar mi nombre, quedándose con el segundo, posiblemente porque compartimos el primero. Es un tipo cauteloso, desconfiado y excesivo. Es también un hombre trabajador y modesto. Es un lujo. Tiene risa fácil y humor ligero, sus invitados de esa noche también. En algún momento de la conversación,  ya al filo de varios tragos, me recordó que yo no tenía razones para quejarme, que mi año había sido bueno y productivo. Fue un sacudón; tengo tendencia a creer que no es así, quizás porque el año 2016 me trajo uno de los dolores más grandes de mi vida, al arrebatarme a mi indispensable Cheo Vaisman dejándome para siempre – inconsolable -  sin el más importante interlocutor de mi cotidianidad.  Quizás porque cerró amenazando la salud y la tranquilidad de mi familia. Quizás porque la economía personal se descalabró lastimosamente. Quizás porque vi costuras maltrechas en personas que nunca mostraban sus miserias hasta que les tocó ser tan venezolanos apaleados como yo. Quizás porque me robaron varias veces, quizás porque una vez más tuve que conformarme con quedarme en casa un verano en el que podía, como antes, estar caminando por Paris. Quien sabe por qué. Tengo tendencia a creer que el 2016 fue,  de golpe en golpe, mostrándose como un año horrible, hasta que Juan me sentó en una silla y me recordó que soy de los que no puede quejarse de nada. “un grupito, Carlitos, un grupito chiquito de gente al que perteneces tu y yo y alguna poca gente que conocemos” me dijo. Sin decirlo, Juan me sentó de golpe en la obligación de seguir haciendo que el año, que cada año,  sea lo que yo quiera que sea, por encima del imponderable dolor de los golpes del destino, que no son otra cosa que eso,  aun siendo incomprensibles.
Asi pues, decido aprenderme las palabras de Juan y agradecerlas mientras me copio las que dijo el otro,  nuevo amigo del alma de muy  reciente data, para repètirlas como mantra para un año que será difícil, duro. Un año que será una locura inexplicable, un año que traerá frustración, angustia, escasez, hambre, enfermedades y muchas ganas de salir corriendo. Un año en el que,  posiblemente, no tengamos más opción que poner distancia con esta tierra y esta casa para  intentar crecer en otro suelo abonado: “que venga, que tenga, que convenga y me sorprenda” En esta tierra incierta, el problema más grave es que no tenemos otro año al que ir; nos toca el 2017 y su carga de malos presagios. ¿Será imposible voltear la tortilla?
Yo creo que no. Yo creo que podemos hacer un esfuerzo personal para amortiguar el golpe. Aunque no tenga la receta, creo que “ponernos creativos” y enfrentar los vientos y las mareas – que serán muchos y muy duros – sin necesidad de resignaciones, renuncias o abandonos puede ser útil; pero, solo  si rectificamos la ruta, una cosa que siempre se puede. No se trata de hacerlo para el colectivo si no somos capaces primero de hacerlo dentro de nosotros. Nuestro trabajo no es hacia afuera, nuestro trabajo debe ser, primero y por encima de todo, hacia lo que nos brinda el empeño de vida que necesitamos para vivir. Como en esa pequeña fiesta de navidad del 29 de diciembre, en la que nos regalamos el mejor ánimo un grupo muy pequeño de personas aleatoriamente escogidas por la vida.
De modo que - duro y parejo - los invito a darse con el año: es siempre una ocasión de futuro, es siempre una ocasión de verdades. Los invito desde mi gratitud más sincera: muchos de ustedes han sido una fiesta en mi vida, me han leído, me han acompañado al teatro, me han prestado su apoyo, están pendientes de mí y de mis inventos. Muchos de ustedes han llenado mi vida de alegría, han extendido sus manos, me han sentado a su mesa. Muchos de ustedes han sido mis cómplices y han comprendido el dolor irrepetible de ponerle el pecho a las balas del destino. Muchos de ustedes me han querido lo suficiente como para que yo lo sienta, han sido artífices de bienestar y abrazo de compañía. Muchos de ustedes han estado presentes en otras fiestas de amor.  Los que no, importan menos, no soy yo el que pierde cuando alguien que se dice amigo decide mostrar su peor rostro al mostrar su ausencia (cosas que pasan, dijera Celinita)
Que se vaya el 2016, que me deje la presencia amada de mis muertos, de mis horas menguadas, de mis sustos y mis desazones para saber que estoy vivo y aprendiendo, que no borre el surco de mis lágrimas, ni seque su caudal.  Que deje también el ruido de los aplausos, el chasquido de un beso en la mejilla recibido al pasar, la mano estrujada por el apretón del pana, la costilla adolorida por el abrazo, la sabana arrugada  por el amor, la sonrisa del chiste oportuno, el humor de mis amigos, la fuerza del escenario, la palabra escrita, la vida de todos contada por cada uno, la imagen precisa, la oración perfecta. Que me deje la dicha interminable de ser tío y mantenga la alegría de la Guayandina y la memoria de la Quinta Mis Nietos, intacta en mi devenir. Que sume canas, que sume ganas y traiga amores. Que nos enseñe a recibir y enfrentar la tormenta. Que me enseñe a saber, hasta que la muerte nos separe, que es solo con gente, como se aprende a vivir con gente.
Que se lleve la hiperbólica manía de ser más que todos en el rasgar de la mala nueva que no es tal y que nos enseñe a ser colectivo, desde lo más intimo de una fiesta informal de poquiticos,  en el que cada uno ponga algo, para poner vida.
Que venga, que tenga, que convenga y nos sorprenda!!!

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